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Bajo los laureles

14 14Europe/Madrid febrero 14Europe/Madrid 2020

Apolo y Dafne Bernini

Ahora que duermes, escucha, muchacho.
Entre los susurros del viento y el rumor de las aguas, escucha mis palabras que solo pueden pronunciarse en la lengua de los sueños.
¡Hermoso muchacho, te pareces tanto a aquel que me hizo como soy, que mereces conocer su pena y la mía!
Hace cientos de años, yo era la hermosa Dafne, la esbelta hija del regio río Peneo. Siepre quise ser libre, correr por los valles profundos, internarme en los montes sombríos, trepar a las ásperas rocas templadas por el sol. Mi adorno era mi juventud. Solo ceñía mi pelo castaño con una sencilla cinta blanca y cubría apenas mi cuerpo con la corta túnica verde de las ninfas, ligera como mis piernas.
Sí, muchacho soñador, yo solo anhelaba la misma libertad que disfrutaban las diosas vírgenes, sin imeneo ni en brazos de hombre ni de dios alguno. Tanto se lo pedí a mi padre, el buen Peneo, que por su amor hacia mí me lo concedió, renunciando a su propio anhelo de verme esposa y madre.
¡Mas, ay, los dioses pueden más que la voluntad paterna, y sus pugnas a todos nos alcanzan, aunque seamos inocentes!
No muy lejos de aquí, donde sigue fluyendo tranquilo mi viejo padre, Peneo, Apolo se burlaba de Eros. No le era bastante ser el luminoso hijo de Zeus, el dueño de la salud, la armonía y el arte. No era suficiente que las Musas le sirvieran sumisas. Tuvo que hacer sentir su arrogancia a Eros, y lo pagamos los dos.
Tú, tierno muchacho de cabellos rubios de sol, te pareces tanto a él… ¡pareces un dios! Dormido aquí, en mi regazo… ¡Si pudiera envolverte con aquellos brazos de nieve y acariciarte con aquellos labios! Pero ya no puede ser. No hay vuelta atrás.
Ningún dios soporta las afrentas. Eros se vengó de las burlas de Apolo. Mas, desgraciada de mí, lo hizo en mi pecho. Lanzó con tino su flecha de oro contra Apolo y otra de plomo contra mi corazón.
Fue inevitable. Los dos estábamos cerca. Una limpia mañana de primavera, Apolo paseaba con su lira por estos montes, buscando motivos y armonías nuevas para sus cantos. Me vio, desde lejos, solo un momento y, al instante, quedó prendado, enajenado de amor y de deseo. Corrió hacia mí, llamándome con tiernas palabras, dulces como uvas maduras.
Mas, al darme yo cuenta de su presencia, sin saber cómo ni por qué, surgieron en mí una aversión tan profunda y un pánico tan atroz, que corrí locamente para que no me atrapase. Salté raíces, me desgarré la piel entre las negras zarzas y me desollé las manos trepando por las rocas. Pero él era un dios, mucho más veloz que yo.
Con el corazón latiéndome en las sienes llegué hasta aquí mismo, al lado de mi padre, Peneo, cuyas aguas acompañan aún hoy mi quietud perenne. Le grité desesperada que me ayudara, que me liberase de aquel dios enloquecido que me perseguía. Atento, el buen Peneo escuchó mi súplica y cedió a ella, renunciando al honor de desposar a su hija amada con el gran Apolo.
Un segundo antes de que las divinas manos tocasen mi cabello revuelto, comencé a sentir la pesadez de mis brazos. Las piernas se me enraizaron al suelo y mis rizos castaños se tornaron brillantes hojas verdes.
Apolo enamorado me abrazó con desesperación: “Ya que no puedes ser mi mujer, serás mi árbol. Tus hojas perennes adornarán en adelante mi frente y la de los más grandes”.
Muchacho hermoso, esta historia, aunque tú aún no la conozcas, ha sido contada mil veces por los hombres, esculpiéndola en mármol, pintándola en lienzos y versificándola con palabras hermosas en muchas lenguas distintas. Mas hay algo que ellos no saben, que solo a ti voy a confiarte:
Hubo un detalle inadvertido que para mí lo cambió todo. Al transformarse la suave piel blanca de mi pecho en áspera corteza gris, la maldita flecha de plomo cayó al suelo. Quise entonces gritarle a mi padre que no, que me devolviera a mi figura de ninfa corredora. Pero ya era demasiado tarde. Mis labios se habían abierto en dos pequeñas flores amarillas que no podían pronunciar nada. Mi voz ya no sería nunca audible, salvo, como hoy, en el rumor de los sueños.
Siendo un árbol ya, me estremecí como mujer al sentir su abrazo y su luminosa frente apoyada sobre las hojas que antes fueron mis cabellos. Hubiera dado cualquier cosa por volverme y abrazarle, por devolver sus besos con más besos.
¡Tierno muchacho, cuánto te pareces a él! ¡Cuántos siglos han pasado sin que a nadie haya podido contar el verdadero final de mi historia!
Y ahora, cuando despiertes sobre mi regazo, pensarás que todo esto no ha sido más que el sueño de una siesta bajo los laureles.

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