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¡No sin mi bolso!

5 05Europe/Madrid enero 05Europe/Madrid 2019

El primero se lo regalaron a los siete años, y todavía lo conserva. Se trata de un bolsito de paja, que entonces no parecía tan pequeño como ahora. Forrado por dentro con un plástico estampado con florecitas, con un botón alargado de madera como cierre, guarda desde hace más de cuatro décadas una colección de muñecos recortables. Cada uno está en su sobre de plástico, con su nombre en un cartoncito (Sonia, Nacho…) y sus vestidos. Los sobres los hizo también ella misma, uno por uno, recortando y cosiendo bolsas de Simago.

Mirando ese volso y su contenido, se podría pensar que la niña era cuidadosa en extremo con sus cosas y mañosa con las labores,  pero no era para tanto. La verdad es que no tenía ni paciencia ni habilidad para los “trapitos” de muestra de costura que las niñas tenían que hacer en el cole. Era una tortura, puntada a puntada, la fila de vainica doble, el punto de cruz y todo lo demás. Aquellos trapitos le quedaban a ella como verdaderos trapajos, manoseados y apretujados de puntadas nerviosas y agarrotadas.

Cosa distinta a aquel rollo de las labores era dibujar y pintar. Ahí su imaginación podía volar más allá de esta estrecha galaxia y del corto tiempo vivido. Así que su madre, que lo sabía,  le hacía los deberes de las labores (y no solo esos…), para que ella pudiera dedicarse a dibujar sus mundos y sus personajes.

Y, volviendo al bolso, ¿qué llevaría en él? Pues un estuche de plástico con un peine y un espejo a juego, de esos que se estilaban en los años setenta, de color rosa caramelo. ¿Quién no tuvo uno de aQuellos peines y espejos cuadrados, con las puntas redondeadas y mango ancho. Esos peines de púas largas y frágiles enseguida estaban mellados.  Daba tristeza verlos así, tan radiantes de color y siempre rotos. Los desperfectos son más ofensivos en las cosas alegres y llamativas, como un rostro hermoso y dulce desencajado por la pena.

También llevaría en él pulseritas de colores, rotuladores Carioca, pasadores y diademas para el pelo y, por supuesto, algún cuento troquelado como la joya más brillante del tesoro.

¿Con qué ocasión y quién le regaló el bolsito? Da lo mismo. Quién sabe. Lo importante es que aquello significó un cambio importante: a partir de ese momento la niña era responsable de llevar y cuidar “sus cosas”. Tener un bolso la elevó al rango de “persona independiente” y claro que ella le otorgó un gran valor a aquel objeto.

A cualquier sitio la niña iba con su bolso. Se acostumbró a no descuidarlo. Casi lo transformó en una parte de su anatomía para el resto de su vida. Con el tiempo, el bolso fue tomando otras formas, colores, tamaños, de acuerdo con las circunstancias.

Desde luego la cartera del cole también era importante para ella. Cada septiembre estrenaba una, y esa era la verdadera campanada del inicio del año. ¡Qué sensación tan intensa y maravillosa la del aroma de los libros nuevos, desencadenado por un torrente de Hojas entre los dedos!

Pero, aunque la cartera pudiera parecer una especie de bolso, no llegaría nunca a su categoría, porque (¡Ay, la vanidad!) todos los niños y niñas llevaban sus carteras; sin embargo, no todos tenían bolso… Eso era solo para chicas y, además, para “chicas mayores”, lo que elevaba infinitamente el rango social de la propietaria. No obstante, es cierto que tuvo alguna cartera especialmente preciosa. Aquella roja con el broche plateado era digna de la protagonista de una aventura literaria.

Y la infancia se la pasó así: de curso en curso y de cartera en cartera; y también guardando a veces  sus tesoros en algún cabás, con forma de cofre mágico con su llave y todo.

En el presente no queda ni una sola célula de aquella niña en la mujer que escribe, pero tiene una vaga conciencia de ser la misma persona. Aquellas manos que dibujaban con destreza y cosían con desgana no son estas que ahora teclean y, al mismo tiempo, misteriosamente parece que sí que lo son. Unas manos niñas madres de unas manos adultas. ¡Qué paradoja!

Con los bolsos pasa lo mismo, aquel pequeño bolso, ahora guardado en una maleta en el altillo, es el antecedente, el precursor de todos los demás.

Al contar la historia propia hay tentaciones de maquillarla, hay necesidad de olvidar y de omitir. Sin embargo, si se cuenta cómo fueron los bolsos, lo que contuvieron y lo que, con el tiempo, se dejó fuera de ellos, el ejercicio de sinceridad es inquietante. Es fácil hablar del bolso de la infancia, de la cartera o del cabás, ¿pero qué pasará más adelante?

 

 

https://www.youtube.com/watch?v=m1vVTLa5G3g

 

 

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From → Espejismos

5 comentarios
  1. Víctor Fernández-Chinchilla permalink

    Qué imaginación!!! Precioso cuento

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  2. marymerfan permalink

    Es increíble cómo nos definen los objetos. Apenas nos cuentas nada de la niña y ya me la imagino por completo… Un texto precioso. Gracias.

    Le gusta a 1 persona

    • ¡Qué bien! ¡Cuánto me alegro de haber logrado lo que dices! ¡Gracias!

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    • Es verdad lo que dices de cómo nos representan los objetos, por eso precisamente un día se me ocurrió pensar que la historia de mi mida es la historia de mis bolsos. A ver sí sigo con ello… La música que he elegido esta vez se debe a que de niña, a veces, me llamaban Pipi, cosa que me sentaba fatal. Hoy, pensándolo bien, me parece que, fuese con la intención que fuese, estaría genial tener algo de Pipi Calzaslargas.

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