Skip to content

Cultivar la Amabilidad

Hay tantas cuestiones que tratar cuando hablamos de meditación, que, la verdad, no sé por dónde empezar. Al fin y al cabo, familiarizarse con la naturaleza de la mente implica tomar conciencia clara de la Vida con mayúscula, que se compone principalmente de las cosas cotidianas, que son las que marcan la existencia. No hace falta, creo yo, andar buscando experiencias extraordinarias, porque la verdadera trascendencia se encuentra en lo más cercano.
Últimamente me estoy fijando en un aspecto que, al menos yo, dejo de lado sin darme cuenta, no solo en la meditación. Me refiero a la Amabilidad. Lo pongo con mayúscula, no porque me haya dado un ataque de “mayusculitis” (como decía mi querida amiga Carmen Roig), sino porque quiero distinguir este concepto de algún modo, separándolo de la idea de cortesía vacía.
“Amabilidad” tiene obviamente la misma raíz que amor. Este concepto creo que es importantísimo cuando nos referimos a nosotros mismos. En la meditación, tantas y tantas veces, nos ponemos metas, nos juzgamos, nos exigimos y, claro, dejamos de amarnos, dejamos de ser “amables” con nosotros. Llegamos a ponernos tan rígidos y solemnes que nos perdemos en lo que “deberíamos hacer”, olvidando la experiencia en sí.
Me parece que la pereza para meditar muchas veces se alimenta de nuestra falta de Amabilidad con nosotros mismos. Y, como decía, la meditación no es una escepción, una actividad ajena a lo cotidiano, por eso esta misma carencia nos lleva a caer en hábitos que nos perjudican frente a los que nos benefician, aún siendo conscientes de ello.
Y, dicho esto, ¿qué hacemos? Pues ponernos manos a la obra con lo que tenemos más cerca, con lo que somos ahora: nuestro propio cuerpo y nuestras propias sensaciones. Propongo algo sencillo para cultivar esta Amabilidad desde la sensación, que es algo que cala con mucha profundidad en nuestra mente.
Sentémonos con la espalda recta, en una posición que nos resulte lo suficientemente cómoda para estar tranquilos, al tiempo que mantenemos la atención sin desmoronarnos. Ni tensos ni derrumbados, con una postura digna y elegante, abiertos a lo que pueda surgir.

Con una primera inspiración, giramos suavemente los hombros hacia abajo y hacia atrás, permitiendo que el pecho se abra, sin estridencias; no marcialmente, sino con la alegría y la cuiriosidad de abrirnos a la experiencia.
Con esta actitud, comencemos a observar las sensaciones del aire al entrar y al salir de las fosas nasales, sintiendo como cada una de nuestras inspiraciones es una caricia que entra en nuestro cuerpo, única e irrepetible, que nos da la vida. Igualmente al sentir cada espiración, dejamos salir el aire como otra caricia que enviamos conscientemente a nuestro entorno.
Con esta actitud cultivamos la Amabilidad sin diferenciarnos de lo demás. Cada respiración nos conecta y nos acaricia. Nos amamos y amamos lo que respiramos, sin separación, sin diferencias.
Esta propuesta no tiene por qué llevar demasiado tiempo, pero sí exige atención y cuidado. Todos los que nos hemos acercado a la meditación conocemos bien que la mente quiere siempre distraerse. No pasa nada porque surjan pensamientos, es lo normal, lo único que hay que hacer es, con una sonrisa interior, procurar no enredarse en ellos y devolver la atención a estas sensaciones.
También es importante mantener el tiempo de observación que nos hayamos fijado previamente, aunque sean cinco minutos, porque así cultivaremos una sana disciplina que nos será muy útil en otras muchas facetas de la vida.
Espero que estas palabras puedan ser beneficiosas, sin olvidar que “la luna es lo que importa”.

Anuncios

La Caída

Hacía tiempo que no me daba por revolver la “cybergaveta” donde guardo algunas de las cosas que escribí hace lustros. No es que haya mucho que releer, porque, como ahora, la mayoría terminaban en la papelera (no en la virtual, que entonces no tenía ordenador).

No tengo mucha idea de por qué unos textos se han salvado año tras año y otros no. Pero, entre los que han resistido a mi caprichosa censura está el que transcribo a continuación.

Está fechado el 2 de febrero de 1989. Por más que lo intento, no logro recordar qué le podría estar pasando a aquella Marymer veinteañera para escribir esto. Desde luego me reconozco en el tono y en los sentimientos. Todavía nos parecemos, aunque ya no nos gusten exactamente las mismas cosas… O tal vez sí…

Morirás de miedo antes de despeñarte. No te puedes sujetar ahí ni un minuto más. ¡Afronta tu destino con valentía y atrévete a mirar al vacío que te espera!

Pero no eres capaz de hacerlo. Apuras los segundos agarrotando los dedos entre las grietas escurridizas de las rocas… Da igual. Tus esfuerzos son inútiles, porque de todos modos vas a despeñarte.

Los picos de las rocas te destrozarán. ¡Serás el festín especial de las aves rapaces y de las alimañas!

?Por qué no miras un segundo a tus pies y luego te dejas arrastrar por la fuerza de la Madre Tierra, que te llama para acogerte otra vez entre sus brazos cálidos?

***

Te has quedado de rodillas en el suelo, ridículo, pidiendo perdón a un dios secreto que te ha permitido seguir entero hoy a pesar de tu estupidez.

Sí. Sigues viviendo, pero, a partir de ahora, sabes que eres un cobarde, que no fue capaz de afrontar su destino, de mirar bajo sus pies y ver que solo le separaban unos centímetros de la hierba de un repecho de la montaña.

A partir de ahora, sí, vivirás, pero de rodillas.

https://marymer.wordpress.com/2015/10/18/las-dakinis-del-siglo-xx-2/

Croisantes impermanentes (para vagos e impacientes)

06042013056El título no es un insulto hacia quienes opten por probar a hacer esta Pseudorreceta o, al menos, no lo es en la medida en que yo tengo bastante inclinación a la vagancia-aunque soy una “vaga contrariada”, como dice de sí mismo un buen amigo mío- y, por supuesto, como ya he confesado en otras entradas, la paciencia es otra de las virtudes que no me adorna ni de lejos.

Por esto y porque me gustan los croisantes, y es casi una utopía encontrarlos verdaderamente ricos a la vuelta de la esquina, me embarqué en la tarea de hacerlos yo, pero sin mucho lío.

Lo primero que hay que tener es una de esas bases estupendas de hojaldre preparado, que se venden por todas partes y que son una bendición, porque -al menos por ahora- servidora no se atreve con hacer esta masa. Ya veremos más adelante…

Teniendo esto, el asunto es coser y cantar: lo primero es cortar la masa en triángulos, si la base es redonda, saldrán cuatro, con uno de los lados curvos, pero esto da igual.

Pues bien una vez que tenemos la masa cortada en triángulos lo que hay que hacer es enrollarlos a partir de la base y, una vez hecho el rollito, juntar las puntas para obtener la forma de luna en creciente.

Antes de enrollarlos, se les puede poner un relleno. Yo metí en uno de ellos una onza de chocolate del de hacer a la taza, en otro unos arándanos con perlitas de chocolate de fundir, en otro un poco de mantequilla… en fin, que cabe casi cualquier cosa que a uno se le ocurra.

Una vez preparados, se ponen, bien en la bandeja del horno sobre un papel de hornear (que suele venir con la base de hojaldre), bien sobre una bandeja de silicona para horno, y se pintan por encima con un almíbar.

Y… ¿cómo hacemos el almíbar? Pues, haciendo gala de mi gusto por lo rápido y cómodo, tomé una cucharada de miel, le añadí un poquitín de agua caliente y lo mezclé bien. Esto hizo perfectamente el papel de almíbar porque el resultado fue estupendo.

Antes de meter los croisantes en el horno, este ha de estar precalentado a 180 grados. Luego, con tenerlos ahí unos 15 minutos… ¡ya te los puedes zampar!… Bueno, hay que esperar un pelín para no quemarse, pero poco más.

Los hice por primera vez, hace ya tiempo,  para merendar con unos amigos y desaparecieron -los croisantes, se entiende- en un visto y no visto. ¡Lo que es la impermanencia de los fenómenos de la realidad!

 

Entre mis recuerdos

Sin cruzar la puerta,
buscar por las aceras.
Volver a casa, volver a casa, volver a casa…

Tan lejos de casa,
desorientada,
buscando una referencia o un ancla gigante,
para luego seguir navegando.

Qué triste estar tan lejos de casa,
Qué nostalgia del Amor verdadero,
Qué frío de estación abierta…

 

En zapatillas,
seguir escribiendo, descalza,
sin salir de casa.
Sin haber salido de casa.
Y tan lejos de casa.

Hoy leyendo un poema de James Whitcomb Riley en el que se habla de esto, de volver a casa, como el reencuentro con todo lo bello, lo genuino y lo puro de la niñez y la juventud, me han venido a mí estas frases. Tal vez nos pasemos la vida perdiendo el tiempo en búsquedas inútiles hacia adelante y hacia atrás.
El poema es precioso, dulce y melancólico, pero esas dulzuras y esas melancolías son embriagadoras como el riquísimo vino de Oporto. Son una anestesia muy efectiva, pero, al final, dan dolor de cabeza cuando se pasa el efecto.
¿Volver a casa?… ¿Tan lejos de casa?… No lo sé. tal vez no esté una tan lejos. Lo mismo es que solo se ha estado un poco desorientada.
Nada está tan dentro de uno mismo como la paz y la felicidad. Reencontrarlo es volver a casa. y a eso también creo que se refiere el poema de Whitcomb Riley.

Rosa Blanca

rosa blanca

Un plenilunio

de pétalos de rosa.

Estela de luz.

 

 

https://marymer.wordpress.com/2017/12/24/el-sueno-de-mucalinda/

 

https://marymer.wordpress.com/2017/09/30/para-mercedes/

Por la Revolución de los Claveles

¡Se fundió el hierro

al fuego de claveles!

Lisboa en abril.

La Revolución de los Claveles me emociona. Aunque no sé mucho de Historia Universal (ni mucho de nada), me parece que no abundan las revoluciones así en ninguna parte y en ninguna época.
Hace tiempo me pasaron una película basada en aquellos hechos. Creo que se titulaba “Capitanes de abril”. La verdad, no me pareció especialmente buena, pero me conmovió. Tuve que retener las lágrimas más de una vez mientras la seguía. Lágrimas de emoción por la valentía y la generosidad de aquellos que se la jugaron por los demás, con un cuidado exquisito por no hacer daño, por no sumar violencia al horror y a la oscuridad, saliendo de la sombra con luz clara y no con fuego de metralla.
Casi treinta aaños atrás oí por primera vez la expresión: “… me reconcilia con la vida”. Pues eso me pasa a mí con la Revolución de los Claveles y, como no, con la gente que hoy se la juega para salvar a los que se ahogan en el mar huyendo de la guerra y de la esclavitud.
En esos casos siento un profundo agradecimiento por compartir este mundo con personas tan valiosas, con verdaderos Bodhisatvas.
Creo firmemente que la bondad llama a la bondad y la integridad a la integridad, pero hay tantas causas y condiciones adversas, tantas interferencias, que se pierde a veces la onda y uno se “desintoniza” y parece que confunde el rumbo. Pero, con un poco de atención y verdadero interés, siempre se vuelve a esa guía interna, a esa naturaleza clara; bien con el recuerdo de una revolución con nombre de flores, bien siendo testigo de cómo hoy mismo hay quienes se arriesgan a ir a la cárcel por salvar la vida de quienes buscan refugiarse en esta Europa que les está dando la espalda.

Ojalá pueda yo misma también sumarme a esta corriente de bondad y sabiduría, y no apartarme de ella.

¡OM MANI PADME HUM!

https://marymer.wordpress.com/2016/04/25/las-calles-de-la-alfama/

https://marymer.wordpress.com/2012/09/21/hablando-de-trabajo-o-de-claraboya/

 

… Y, aunque esto vaya de claveles, no puedo dejar de recordar la frase de Macedonio Fernández: “Hay que regocijarse de que las espinas estén recubiertas de rosas”.

Meditación. “La luna es lo que importa” (Presentación)

Tengo el propósito de comenzar una serie de entradas tratando el tema de la Meditación. Mi aproximación tiene que ser desde el punto de vista de las dificultades que tenemos los que buscamos experimentarla.
Pueden conocerse distintas prácticas, varios métodos que se dirijan a este fin, pueden haberse ejercitado durante años, pero esto no proporciona la experiencia en sí. Las técnicas y las prácticas no son la meditación. El dedo que señala la luna no es el objetivo, queremos ver la luna. Hay personas que se la encuentran casi sin que se la señalen, y hay otras que corremos el riesgo de quedarnos fascinados con la forma del dedo. Esto último es bastante normal porque nuestra mente para “experimentar” algo quiere “hacer algo”, y se fascina con la acción. De ahí el título que le he dado a esta serie de artículos que empiezo hoy.
Nuestra mente más superficial y “saltarina”, ante todo, parece que no quiere aburrirse. La actividad y el movimiento la fascinan, y no se resigna a permanecer sin más.
Hablando de “dedos”, o técnicas, las prácticas dirigidas al desarrollo de la “conciencia plena” actualmente me parece que son las más populares. Considero que se trata de un recurso magnífico y, en verdad, como objetivo, nada fácil de alcanzar. Pero, eso sí, creo que se trata de un recurso, un medio, no un fin en sí mismo, si estamos hablando de Meditación con mayúsculas.
Como decía, yo no puedo dar claves importantes, porque no las tengo, pero sí, desde mi experiencia, desde la búsqueda y la reflexión, quiero exponer con qué dificultades me he encontrado y me encuentro, y la manera en que intento resolverlas.
Espero que esto pueda ser de utilidad a quienes lo lean y, por qué no, a mí misma también, porque el escribir y desarrollar estas reflexiones me puede dar luz en algunos de los laberintos en los que me pierdo. Por otro lado, también espero que, si alguien lo considera oportuno, pueda contribuir con sus propias reflexiones. Ni que decir tiene que, no siendo una maestra en absoluto, mis explicaciones pueden tener carencias o errores, que estoy abierta a subsanar, si fuera necesario.
Deseo de todo corazón que estas palabras puedan contribuir a motivarnos para buscar un despertar auténtico, donde podamos permanecer libres y felices, experimentando nuestra verdadera naturaleza, nuestra Mente Clara.
¡Gracias!

 

Folía

Cumpliendo abriles,
Soplas sobre las flores,
y aún más se encienden.

Primavera dichosa,
fiesta de la locura.

Bizcocho de granada (con un haiku como guinda)

Hace mucho tiempo que no alimento este “cajondesastre” con alguna receta. No es que no me haya puesto “con las manos en la masa”, sino que como esto mío realmente son “variaciones sobre el mismo tema”, se me hacía demasiado repetitivo escribir cada una de ellas. Marymer repostera sigue activa, aunque habitualmente no deje testimonio escrito de sus andanzas. Sin embargo, en este caso, como me han pedido que anote la receta, aprovecho para incluirla hoy aquí.

 

INGREDIENTES

3 huevos.
1 yogurt natural (mucho mejor si es casero).
120 gr. de mantequilla.
200 gr. de azúcar moreno.
20 gr. de azúcar vainillado.
240 gramos de harina (integral y blanca a partes iguales).
10 gr. de polvo de hornear (tipo Royal).
2 cucharadas soperas y colmadas de granada en polvo.
2 cucharadas soperas de semillas de sésamo.
2 cucharadas de pomelo deshidratado en daditos.
6 fresones deshidratados.

ELABORACIÓN

En la cubeta de la batidora o mezcladora pongo los huevos, el yogurt, el azúcar y la mantequilla, esta última tiene que estar blanda y cremosa, para que mezcle bien con el resto de los ingredientes.
En una tacita se mezcla y se diluye la granada en polvo en un poco de agua tibia, aproximadamente la cantidad de un vaso de chupito. Esto se añade también al contenido de la cubeta, que se va batiendo a velocidad lenta y constante.
Previamente hemos mezclado bien la harina con el polvo de hornear y lo vamos añadiendo a la masa, sin dejar de batir.
Por otro lado tenemos preparados los daditos de pomelo y los fresones deshidratados, cortados en trocitos, así como las semillas de sésamo. Y entretanto no olvidamos ir precalentando el horno a 190 grados.
Cuando la mezcla está bien batida, la volcamos en un molde adecuado. Yo utilizo uno de silicona, así que no preciso engrasarlo.
Finalmente, antes de introducirlo en el horno, le añado los trocitos de pomelo y fresa de manera aleatoria y, por último, también dejo caer por la superficie las semillas de sésamo.
Con una espatulita introduzco ligeramente la fruta y las semillas en la mezcla, para que se integren bien en la cocción.
Y… ¡Al horno tres cuartitos de hora!
El resultado es tan rico como saludable.

¡A ver si os gusta!

 

Este bizcocho de granada, tan frutal y colorido, armoniza con la primavera que debería haber llegado ya. A ver si con él la invocamos para que se aparezca de una vez por todas, que este año el invierno está remoloneando por aquí más de la cuenta.

 

Con ojos verdes,

la primavera aguarda.

Sigue lloviendo…

 

Hinamatsuri 🎎. momo no sekku

Mañana es Hinamatsuri, el Festival de las Muñecas.
El tercer día del tercer mes se celebra en Japón el día de las niñas. Se colocan cuidadosamente muñecas, a veces muy antiguas, heredadas generación tras generación, que reproducen personajes de la corte imperial.

Esta es una tradición muy antigua que procede de la era Heian. Por entonces las muñecas eran de factura efímera, hechas de papel. Se colocaban en barquitas iluminadas que se dejaban flotando en el río. Ellas se llevaban consigo todo lo malo, alejando su triste carga siguiendo la corriente.

En Hinamatsuri exponer las muñecas primorosamente da suerte a las niñas de la casa. Pero, eso sí, no hay que dilatar el tiempo de presentación de las muñecas porque, en ese caso, las pobres niñas no se casarán…
Claro, con la diferencia horaria, algunas en Madrid nos hemos enterado demasiado tarde y nos hemos quedado para vestir muñecas en Hinamatsuri. ¡Qué le vamos a hacer!

A esta fiesta también se la conoce como la de los melocotones, porque los altares donde se colocan las muñecas se decoran con flores de melocotonero, que se identifican con lo femenino.

De su belleza,
cuantas ramas floridas
mueren sin fruto.

Melocotones rojos,
sin planetas ni soles.

Mejillas de terciopelo y estallidos de líquida dulzura, que tantas veces se pierden antes siquiera de ser encontrados ni saboreados; porque la belleza es tan efímera y, tal vez, tan estéril.

En un solo segundo en el altar de la belleza se sacrifica la vida, se derrocha la energía. Y, cuidado, no se debe ni pensar si vale la pena hacerlo.

Invierno adormecido

Nacen gorriones

en los almeces grises.

El invierno duerme.

 

nigatsu ni (En el segundo mes…) 🗓

Sin ser otoño,

la primera hoja vuela

del calendario.

Esta aguanieve

despierta las raíces

del roble seco.

Flores de nieve
acarician el suelo
y se deshacen,
salpicando el asfalto
de pétalos de hielo.

Tras la nevada:
¡Albórbolas de invierno
entre las ramas!