Saltar al contenido

¡“Porfito”, que no llueva en Tanabata! 🙏🏻 😉n

Vuelan las grullas
sobre el amanogawa
¡Qué larga espera!


¿Lloverá la noche del siete de julio? ¡Por favor, no! ¡Por favor, no!
El séptimo día del séptimo mes (shichigatsu no nanoka) es una fecha mágica. Si nos pusiéramos rigurosos (que no lo vamos a hacer), tendríamos que tener en cuenta que este día y este mes se corresponden con un calendario que no es el gregoriano. Pero, para la magia y para el amor, ¿qué más dará?, digo yo.
Tanabata es la noche de las estrellas, y no porque se trate del título de un programa de variedades de sábado por la noche, a lo José María Íñigo. Es la noche de verdad de las estrellas porque, si no llueve, Orihime y Hikoboshi pueden unirse. ¡Y están todo el año separados! El río Amanogawa, La vía Láctea, se lo impide.
Cuenta la historia china, recogida devotamente en el Japón Heian, que la princesa Orihime (estrella Vega), hija del Dios del cielo y tejedora de las ropas de los dioses, vivía tan dedicada a su trabajo que no tenía tiempo para el amor, y estaba muy triste. Ya lo decía Lorelei Lee (Marilyn Monroe) en “Los caballeros las prefieren rubias”: si una chica no tiene dinero (o tiene que trabajar mucho, digo yo), no tiene tiempo para el amor.
Por otra parte, al otro lado del río Amanogawa (la Vía Láctea) vivía un joven pastor de bueyes, Hikoboshi (Altair), muy apuesto y muy trabajador también. Para arreglar la situación el padre de la estrella-chica los presenta y…. ¡Pataplán! Se enamoran a primer destello. Y, como suele suceder, empiezan los problemas.
Orihime empieza a preferir tejer sus brazos con los de Hikoboshi y dejar a un lado el telar. Y no digo nada de los bueyes del “estrello”, que andan flotando por las nubes, en todos los sentidos.
Y el dios del cielo se cabrea pero bien. Se olvida de que fue él el que la lio y les condena a vivir separados, cada uno a un lado del Amanogawa. ¡Ay que fastidiarse con la explotación divina!
Pero Orihime llora y protesta (de Hikoboshi no se dice nada, que debía de ser un celestial soca de mucho cuidado), y su padre concede que se vean una vez al año: el séptimo día del séptimo mes. Desde luego, tampoco es que la gracia sea mucha, pero se conforman. Como dice ahora la gente: “Es lo que hay” (y mira que odio esta expresión).
Y… ¡¡¡Tachán!!! Llega el día D. Pero… ¡Horror! ¡Orihime no puede pasar, ni el soca de Hikoboshi tampoco! Otra vez nuestra diosa-estrella llora y protesta. Esta vez son las grullas quienes van en su auxilio. Le dicen que formarán un puente con sus alas cada noche del séptimo día del séptimo mes para que puedan encontrarse los amantes, siempre y cuando no llueva, que parece que a las grullas les molesta que se les deshaga el arreglo de las plumas, como si lo llevasen de peluquería, o qué sé yo.
En fin, con tantas condiciones, ahí llevan Orihime y Hikoboshi, ni se saben los siglos, viéndose de año en año, y si no llueve.
Yo les tengo compuesto mi haiku y estoy en ascuas: “Virgencita, que no llueva; Virgencita, que no llueva…”, que el año pasado cayó un tormentón tremendo. Luego paró, pero no sé qué hicieron las grullas y me da mucha lástima de estos dos enamorados, tan panolis y tan formales, sin salirse nunca de su órbita.
¡Y con el año pasado por agua que llevamos!

Cacerolas Huecas (Tanka y más)

 

Mentes pequeñas,
ahítas de miedo,
doblan a odio.

Son cacerolas huecas,
rabiosas y tristes.

***

¡Qué pena me da este barrio tan bonito, que a las nueve se llena de cacerolas ruidosas y huecas!

Cacerolas convertidas en cencerros llamando al odio, la rabia, la insolidaridad; clamando porque venga algún pastor con “mano dura” que ponga orden y traiga la salvación por la fuerza de la autoridad “de toda la vida”.

¡Qué indigno que clamen libertad aquellos que desprecian todo lo que consideran que no se les parece! ¿Libertad de qué? ¿Libertad de no perder sus privilegios y su estrechez de miras?

¿Dónde está la libertad de las cuarenta mil personas que se mueren de hambre en el mundo todos los días? ¿Se acuerda alguno de estos de ellos cuando aporrean sus ollas vacías? ¿Se acuerdan de los que hoy querrían que sus cacerolas nunca sonasen a hueco?
No. Yo creo que no se acuerdan. Esas cacerolas huecas que están sobre sus hombros redoblan al unísono de las que tienen en sus manos, ambas repletas de rabia, odio, miedo e ignorancia. Todas ellas cosas dolorosas y embrutecedoras que solo sirven para hacer daño y ruido.

¡Como Gabriel Celaya, hoy “maldigo la poesía concebida como un lujo“!

Ojalá la Poesía siga siendo un arma de futuro.

Ojalá la palabra no deje nunca de serlo.

Los seres humanos pueden pensar, pueden hablar, pueden comunicarse cuando no renuncian a la racionalidad para convertirse en borregos con cencerro o en mastines al servicio de algún pastor que, mientras tanto, está tan tranquilo en su casa con sus dineros en un dorado paraíso fiscal, a muy buen recaudo.

Repito hoy: ¡Maldigo la poesía concebida como un lujo!

Esta mañana yo no puedo callarme más. Pido a los dioses, a los budas, a los bodisatvas, a lo que sea, que todos los seres abandonen la ignorancia, la estrechez de mente y la indiferencia ante el sufrimiento de los otros. La verdadera felicidad solo es posible con el bien de todos porque, aunque no nos demos cuenta, nada, absolutamente nada nos es ajeno.

***

No es bueno que el roble esté solo

Además de los recuerdos, de mi madre me quedan muchas cosas tangibles e intangibles: sus pendientes favoritos (regalo de mi padre), su muñeca bruja de trapo (regalo mío), su alianza de casada (que no me quito jamás, ropa que ella me confeccionó (era una auténtica maestra) y otros muchos objetos preciosos. Pero, ante todo esto, permanece muy viva su presencia en mi corazón.
Y, dentro de las cosas intangibles que me ha legado, está el don de cuidar de las plantas. Sé que es difícil de creer, pero hasta la muerte de mi madre, a mí se me amustiaban casi hasta los cactus.
En el tanatorio donde la velamos nos entregaron cuatro o cinco robles recién nacidos, como criaturitas vegetales entre mantillas de cartón y plástico. Yo me quedé con dos de ellos, con muy poca fe en mis posibilidades de sacarlos adelante. Pero me equivoqué.
Los dos roblecitos cayeron en mis manos el 1 de octubre del 15. A las pocas semanas se convirtieron en dos pequeños palitroques plantados en sendas macetas: una pena.
Sin confianza en mí como niñera ni en el reino vegetal ni en el animal (ya no digamos en lo que se refiere a este género nuestro… el humano), observaba los palitos aparentemente sin vida. Sin embargo, en febrero comenzaron a salirles unas diminutas yemitas aterciopeladas… ¡Milagro! ¡estaban vivos!
Con sus más y sus menos, con ataques de hongos oportunistas, con cuidados y mimos, los dos salieron adelante.
Hace dos años uno de ellos fue trasladado a vivir y crecer en Asturias en un hermoso prado propiedad del padre de un querido amigo. Allí sigue, muy cerca de una bonita cabaña de madera, donde se reúne la familia en cuanto templa el aire y el sol hace brillar el verdor de ese rincón, verdadero “locus amoenus” en medio de Valdés. ¡Ojalá siga bien y pronto pueda yo comprobarlo!
El otro roblecito sigue aquí conmigo, en una maceta situada en el alféizar de la ventana de la cocina. Este pobre ha pasado mucho y siempre temo que no soporte un invierno más. Pero, como mi madre, es más fuerte de lo que parece: tiene una mala salud de hierro. Además, como ella, se mantiene erguido y muy digno en su pequeñez. Se le podría decir “alto”, sin pensar ni en proporciones ni en medidas, como decía en su poema pablo Salinas.
Otra cosa que le pasa a este roble es que tampoco le gusta estar solo. Primero fueron unas semillas de limón, que dieron lugar a tres limoneritos que hubo que trasplantar, claro está). Después fue una tomatera que amenazaba con meterse en la cocina, al igual que un par de plantas de melones que llegaron a colonizar el alféizar casi por completo. Con o sin intención, todo lo que cae en esa maceta germina con fuerza.
Ahora mismo tiene a su lado otra planta también alta, más flexible y frágil, que no tengo ni idea de lo que es. La otra mañana, al regarlas pensé: “debe de ser que no es bueno que el roble esté solo… Y más aún: tal vez no sea bueno que nadie esté solo, completamente solo”. Yo no me había dado cuenta hasta ahora. Por fin lo he comprendido. Soy dura de mollera. Él ha tenido la paciencia de repetírmelo a su manera, machaconamente, a fuerza de albergar en su “maceta de acogida” a cualquier semilla de paso que quisiera un poco de tierra donde brotar.
También me lo decía mi madre…: “vaaaale… Entendido… Ya os he oído a los dos”.

***

Otros momentos del roble:

Conuco urbano (Tanka): https://marymer.wordpress.com/2017/05/29/conuco-urbano-tanka/

Hojas de roble (Tanka): https://marymer.wordpress.com/2016/10/31/hojas-de-roble-tanka/

Ternura (Tanka): https://marymer.wordpress.com/2017/03/05/ternura-tanka/

Nigatsu ni (en el segundo mes): https://marymer.wordpress.com/2018/02/05/nigatsu-febrero/

Aware (Tanka)

 

Cada latido
es un dolor agudo.
Pesa la nada
más que cien cordilleras
aplastando un gorrión.

Sin calcetines

Sin calcetines,
sumergidos en brisa,
mis pies desnudos.

fuyu no haiku

ciudad de invierno

***

1. Chimenea

Llamas domadas
vibran dentro del hogar.
Fuera, la noche.

***

2. De qué callada manera

Aún no se ha ido.
Con su gabán oscuro,
soplando vientos,
resiste a las sonrisas
y a los vuelos de flores.

Adusto Invierno,
cada marzo rendido,
al primer beso
y a la promesa incierta
de una tal Primavera.

***

3. Ojos verdes

Con ojos verdes,
la primavera aguarda.
Sigue lloviendo

***

4. Momo no sekku

De su belleza,
cuantas ramas floridas
mueren sin fruto.
Melocotones rojos,
sin planetas ni soles.

***

5. Invierno adormecido

Nacen gorriones
en los almeces grises.
El invierno duerme.

***

6. Ternura

¡Oh, joven roble!
Con qué ternura brota
el terciopelo
de un corazón tan vivo
que adelanta al invierno.

***

7. Nigatsu ni

Sin ser otoño,
la primera hoja vuela
del calendario.

***

8. Aguanieve

Esta aguanieve
despierta las raíces
del roble seco.

***

9. Pétalos de hielo

Flores de nieve
acarician el suelo
y se deshacen,
salpicando el asfalto
de pétalos de hielo.

***

10. Albórbolas de invierno

Tras la nevada:
¡Albórbolas de invierno
entre las ramas!

***

11. Primavera en enero

Al calendario
hoy le han salido hojas…
¿Es primavera?

***

12. Mañana de reyes

En el recuerdo,
espera deslumbrante,
hoy, mi muñeca.

***

13. Cristal de hielo

¡Oh, noche fría!
Brotando de la frente
cristal de hielo.

***

14. Fuyu no ume

Hay corazones
como ciruelas secas,
de tanto llanto.

***

15. Manos frías

En el invierno,
se me enfrían las manos,
no el corazón.

***

16. El frío de hoy

El frío de hoy
conservará con vida
la primavera.

***

17. Sol frío

El vidrio helado
y las palmas vacías…
¡Qué sol tan frío!

***

18. Tierra helada

Con el deshielo
me arrastrarán las aguas…
Soy tierra helada.

***

19. Despertar de invierno

Al despertar,
el frío de las calles
parece sueño.

***

20. Luz de febrero

Luz cantarina:
¡se anuncia en los cristales
la primavera!

***

21. Fin del invierno

Abrí el balcón
y se escapó el invierno
antes de tiempo.

***

22. Diamante

Radiante y frío,
un diamante en el cielo
con luz de nieve.
¡Hay que abrigarse el pecho
Con las manos desnudas!

***

23. Aguas de enero

Aguas de enero:
El tiempo se derrama
y va calando…

***

 

El sueño de Mucalinda

Mucalinda 3

Me llamo Mucalinda. Soy muy vieja. Muy, muy vieja y estoy muy cansada. No sé cuánto hace que estoy aquí. Perdí la noción del tiempo cuando dejé de ver. Mis ojos nunca me sirvieron de mucho para distinguir formas precisas, pero sí para no confundir el día con la noche. Nosotros somos de hábitos diurnos y, cuando yo cazaba, en los tiempos en que aún era joven y vivía como todos, cuando me dejaba llevar por mi instinto, cuando aún no había atisbado mi naturaleza profunda, las imágenes difusas y los olores intensos regían el mundo. Mi mundo.
Después, tras aquel momento que los hombres recuerdan y han recreado tantas veces, mezclando en él sus sueños y sus deseos, nunca pude ser la misma. Ellos me han dibujado, me han modelado, me han esculpido y, ante todo, me han idealizado junto con Él, en aquel momento que aún hoy no puedo entender, ni con mi mente más clara, aquella que aún solo presiento; tal y como me sucedía cuando olía una presa lejana y recibía la vibración en mi vientre de sus movimientos sigilosos. Yo sabía que estaba ahí, que pronto sería para mí, siempre y cuando siguiera atenta y no me anticipara.
Ahora estoy así, atenta y paciente desde hace mucho tiempo, pero cansada y también confundida, añorando de cuando en cuando mi naturaleza primaria y vital, aquella más sencilla, aquella llena de instinto, aquella que a veces sigue aflorando pero cada vez con menos fuerza, porque ya no puedo ser la misma Mucalinda que devoraba a sus presas y se enfrentaba a muerte con sus atacantes. Aunque tal vez sería más cierto decir que, desde aquellos días, me convertí en Mucalinda, en un individuo real e imaginario, pero individuo con nombre y con conciencia de sí mismo.
Soy ya muy vieja y sé que el conocimiento último me dará la paz y la felicidad pero, ¿cuándo lo lograré?, ¿cuándo llegará tal realización?… Entretanto estoy cansada. Llevo mucho tiempo meditando y esperando. He renunciado a la tensión de cazar y no ser cazada, al miedo y la rabia, al deseo y la aversión, pero sigo siendo una cobra, una verdadera cobra, extraordinariamente grande, aunque con pocas fuerzas ya, que fue un hermoso ejemplar de lo que los hombres han dado en llamar “cobra real”. Yo fui más que digna de ese apelativo, majestuosa y flexible, temeraria y mortífera. Sin embargo, lo que no soy y nunca fui, a pesar de los sueños de los humanos, es un naga. Los nagas no existen, se los han inventado los hombres como tantas y tantas cosas. Los seres humanos -que tan inteligentes se suponen- viven tan sometidos como nosotros a los vendavales de la ansiedad y el deseo. Viven sin mirar a pesar de que ellos ven más. No saben apreciar la belleza de la realidad, su magia cotidiana y, por eso, necesitan inventarse mundos paralelos con nagas, elfos, dioses y demonios. Este es el motivo de que yo quiera contar mi verdadera historia a quien quiera escucharla, ya que la que ellos han transmitido y reinventado es la suya y no la mía. Ellos la han soñado, tal y como pensaban que sería. Han contado y escrito la historia, han creado la leyenda y luego se han olvidado de Mucalinda. Conque ahora soy una vieja olvidada. Nada más que eso: una vieja olvidada que no puede ser lo que fue y que no ha llegado a ser lo que aspira a ser.
Mi nombre, Mucalinda, a muchos les llenará de inspiración y reverencia, mientras que para otros no será más que una palabra extraña. Pero, salvo él y yo, nadie más sabe qué pasó realmente en Bodhgaya. Por aquel entonces yo llevaba días arrastrando ramas y hojas para preparar el nido donde nacerían mis crías. Cuando ya estuvo listo, me enrollé encima agotada. Arrastrarse de un lado a otro enganchando ramaje con la cola y llena de nuevas vidas creciendo dentro, no es nada fácil. Nada. Además, necesitaba un gran nido donde albergarme con mis huevos, hasta que tuviera que abandonarlos. No me juzguen. No soy una mala madre. Precisamente por eso debía dejar el nido a tiempo. Mi instinto depredador terminaría con ellos como con cualquier presa fácil. Así que, ante el hambre y el cansancio tras preparar el nido y desovar, tenía que buscar comida fuera de la familia. Tanto trabajo para las crías, para darle vida a la vida, se quedaría en nada. Por fin era el momento de irme y dejar que aquellas surgieran solas al mundo sin la amenaza inmediata de su propia madre.
Entonces fue cuando percibí un olor inquietante. Me olía a humano y eso no me gustaba.
Como alimento los hombres no eran nada bueno y siempre se corría peligro a su lado. Era mejor enfrentarse a una pitón o a una víbora cornuda, antes que a un hombre. Eran -y siguen siendo- unos rivales traicioneros y taimados. Permanecí alerta, inmóvil. Intenté fijar mi mirada en aquella dirección, pero -como ya dije- mi vista nunca fue buena, ni siquiera entonces que aún era joven. Sentí la sutil vibración del suelo cuando se acercaba con pasos serenos y seguros. Seguí ahí, alerta, enroscada sobre los huevos vibrantes de vida y temí que no iba a poder marcharme a tiempo de dejarles existir. Sin embargo, a medida que aquel ser se acercaba, empecé a sentir un extraño abandono y una imperiosa necesidad de quedarme ahí, esperándolo, como si supiera de antemano que mi presencia tendría un sentido especial en un momento inmenso. Fue así como sucedió. Aquel hombre extraño se sentó tras de mí, al otro lado del árbol donde yo había preparado el nido. Supe, no sé cómo, que él sabía que yo estaba allí y no experimentó ningún temor, ninguna aversión. Misteriosamente yo participé de esa corriente de confianza.
Y, de pronto, una idea se impuso en mi mente: “no me moveré hasta que no encuentre la clave para erradicar el Sufrimiento”. ¿Qué era eso? ¿Esa idea era mía? No. Seguro que no. De algún modo aquel ser estaba compartiendo conmigo sus emociones y sus pensamientos, casi inaccesibles para mí entonces, pero con los que comencé a intuir la identidad de nuestra naturaleza última. Conque, si él encontraba aquello que buscaba, las cosas no serían igual no sólo para él, sino también para mí. Comprendí que tenía que protegerlo, con mi vida si hiciera falta. Él, en apariencia, era mucho más vulnerable que yo.
Pasó un día con su noche y otro y otro y… ¡Horror! Nacieron mis pequeñas crías. ¿Qué iba a hacer ahora? Tenía hambre. Mucha, mucha hambre y era tan fácil tragarse cualquiera de esos pequeños cuerpecitos recién salidos a la vida. Era tan fácil, pero no podía. ¿Tenía sentido pasar hambre enroscada encima de montones de comida?… Pero ahora esas crías, sin saber cómo, habían dejado de ser comestibles para mí. ¿Qué estaba pasando? ¿Qué era lo que contravenía de ese modo mi instinto vital?
No lo sé. No sé cómo, yo había empezado también a despertar a algo que no sabía lo que era y que aún no sé en realidad. Experimenté claramente que las vidas que se agitaban debajo de mí también participaban de una naturaleza tan radiante como la de aquel ser que se sentaba tras de mí, y eso ya no podía obviarse de ninguna manera.
Siguieron pasando días y noches y aquel ser, aparentemente débil y vulnerable, se enfrentaba sin miedo ni violencia a obstáculos y peligros inimaginables, más allá de la muerte y el dolor que pudieran infligirle las fieras y los otros hombres, más allá de la mordedura de los tigres y la punta de las flechas envenenadas. Eran amenazas terribles que hubieran hecho temblar el cuerpo de un dragón de cien cabezas, porque anidaban en sus hombros y querían enraizar en su mente como malas hierbas, destructoras de toda razón y de todo amor. Se presentaban con mil formas aterradoras, que yo podía percibir a través de su mente, pero de las que no podía defenderle.
Me sentía absurdamente inútil. ¿Iba yo a defenderle? ¿Cómo? Él era mucho más fuerte que yo, invulnerable, porque no tenía miedo. Nada podía hacerle daño porque no sentía ni apego a su propio cuerpo ni a su propia vida. Sólo las distracciones de su mente, las imágenes fantasmales y las dudas podían arrancarle de su propósito. Esos eran sus verdaderos enemigos. Y yo presencié cómo los ignoraba uno a uno. Aparecieron hermosas jóvenes, cargadas de guirnaldas de flores y de bandejas llenas de suculentos manjares cuyas danzas no hacían vibrar el suelo. Ni aquellas flores ni aquellas pieles tersas y doradas transmitían ningún aroma real. Sus figuras se confundían con las sombras de los árboles. Yo sólo podía percibirlas pues a partir de las imágenes de la mente del hombre. Eran espectros seductores, perceptibles sólo para él y sólo contra su propósito.
Pero aquello fue poco, comparado con las legiones de monstruos pestilentes, bandidos armados de enormes puñales y fieras voladoras de aceradas garras que se abalanzaban sobre él y desaparecían justamente cuando iban a desgarrar su piel con los dientes, a clavarle las afiladas armas o las infectas garras. Todos aquellos espectros desaparecían ante la ecuanimidad del hombre. Los fantasmas que emanaban de su mente burda, que aún pugnaba por adueñarse de su voluntad, se disolvían en la compasión y la sabiduría de la mente clara, como miel en agua hirviente. Inmunes al aferramiento y la aversión.
Sin embargo, yo continuaba sin creer realmente en sus fuerzas. Le sentía tan vulnerable físicamente y comprendía tan poco de la fuerza de la mente, que no confiaba en sus posibilidades de protegerse de los “verdaderos” peligros, los del mundo físico. Seguí alerta, cada hora, cada instante. Y, en una mañana de calor sofocante y pegajoso, me llegó inconfundiblemente el olor acre e intenso de un gran felino que buscaba alimento. Seguí con atención, bajo mis anillos, los sigilosos pasos que se acercaban. Era un enorme tigre.
¡Por fin un desafío para mis habilidades y mi fuerza! Deseaba serle útil, quería hacerme valer ante él, darme a conocer en toda mi plenitud para que me valorase y me reconociese como su guardiana y su seguidora. Quería convertirme ante él en un ser especial. Según la fiera se nos aproximaba, me iba preparando, ansiosa por entrar en acción, con los sentidos alerta y los músculos dispuestos. ¡Iba a ser una lucha a muerte! tenía que salir victoriosa más por él que por mí: su objetivo nos trascendía.
Cuando el tigre ya estuvo tan próximo como para que los ojos del hombre y los del felino se hubieran encontrado frente a frente -si aquel se hubiera dignado a abrirlos- dejó de olerme a hambre y muerte. ¿Qué estaba pasando? Sorprendentemente el gran tigre se había tendido a sus pies, con la misma docilidad que el gato de un príncipe de Persia. Como yo misma, el felino había sido subyugado por la fuerza de la mente de aquel extraño ser. Comprendí que se quedaría también para velar su meditación. Me invadió entonces un sentimiento de ira y de rabia: había perdido una ocasión magnífica de presentarme como un ser especial, llena de fuerza y valor. Tuve esa terrible emoción que contamina y destruye la paz de los hombres: la envidia y los celos. No iba a ser yo pues la elegida, el único ser unido al hombre, su búsqueda y su hallazgo. No sé lo mucho o poco que duraría en el tiempo aquella mala semilla que intentaba enraizar en mi mente, pero sí sé que no lo logró. Estoy cierta en que fue una vez más él quien me compadeció y nos salvó a los dos de un enfrentamiento fatal, porque con un resplandor indescriptible mi mente y la de la fiera se unieron en un abrazo de identificación total, nos fundimos y nos mezclamos, con un objetivo desconocido y claro a la vez. Ambos velaríamos por él, participaríamos de su descubrimiento y protegeríamos a aquel que, sin duda, no necesitaba de nuestra protección.
Otro hecho extraño es que, iban pasando los días con sus noches y ninguno comíamos ni bebíamos. Al principio tuve hambre y volví a temer por mis crías, pero, si el hombre podía mantenerse así sin más, yo también. El día que la fiera se nos unió mi zozobra por las pequeñas cobras ya había pasado. Mi ansiedad por el hambre había desaparecido y, además, poco a poco, ellas se habían ido deslizando fuera del nido, buscando por instinto su propio sustento. En cuanto a la fiera, supongo que pasaría por lo mismo que yo, pero nada hizo. Formábamos un raro grupo irracional y armonioso, más allá de la comprensión mundana.
¿Cómo nos mantuvimos tantos días? Aún no lo sé, porque, pasado aquel momento, al menos yo, tuve que volver a sustentar mi cuerpo con el alimento diario, aunque este ya no volvió a ser ni tanto ni el mismo. Pasado aquel tiempo, nunca más cacé para comer. Cuando no había otra cosa, me mantenía de raíces, hojas, frutos, troncos y, en ocasiones, con los restos de algún otro ser que hubiera desechado cualquier depredador. Tengo que reconocer que aquella dieta, aunque era la que mi mente quería, al principio debilitó mi cuerpo. En todo caso, mi instinto cazador se había apagado por completo, pero no importó porque algunos hombres, los seguidores de aquel al que yo sigo, empezaron a venerarme y a hacerme ofrecimientos, especialmente de comida, cada vez más sustanciosa. Supongo que se fueron dando cuenta de que, aún para ser una cobra, estaba demasiado delgada. Entre las ofrendas a veces había restos de otros seres, que comía, y como, aunque este alimento necesario, me repugna. También he de confesar que, desde que los humanos empezaron a procurarme sustento, probé manjares exóticos y complejos, que me llenan de placer. Los pasteles de miel y anacardos, los arroces hervidos con mantequilla y cardamomo, la leche de vaca cuajada con canela, tantas y tantas cosas que compensan con mucho la energía vital de la sangre y las vísceras de la víctima recién cazada.
Solo soy una vieja. Qué fácilmente me enredo en detalles nimios que asaltan la memoria. No quiero seguir por ese camino y desviarme de la historia de aquel gran momento. Como saben los que me recuerdan falta el episodio que hizo patente mi presencia. Cuando yo había perdido ya todo interés personal, cuando no sentía apego por mi propia imagen y no precisaba sentirme especial y valorada, surgieron las causas y las condiciones para que hoy sea Mucalinda. Hasta ahora, en mi relato no hay más que un hombre que busca tenazmente cómo destruir las cadenas que le atan al sufrimiento, un tigre que le guarda a sus pies y una cobra real que le vigila a sus espaldas. Pero, que tal cobra sea Mucalinda se debe a que, la tarde de un día de terrible calor el cielo se derramó en una tormenta como un torrente. Empezó a llover e instantáneamente me invadió una profunda compasión hacia el hombre. Me deslicé rápida, por primera vez no para atacar o para defenderme, sino para envolver con mi cuerpo el del hombre y extendí el cuello para cubrir su cabeza. Mis vértebras curvadas y planas, tantas veces desplegadas en ataque mortal, se convirtieron en un capuchón elástico, en una protección en vez de en una amenaza. Permanecimos ahí mucho tiempo, formando una hermosa y rara estampa: el hombre, el tigre y yo. Esto y sólo esto ha sido lo que más ha llamado la atención de los hombres, pero no es lo más importante. Fue un momento indefinido que podría haberse quedado en nada más, si nadie más lo hubiese presenciado. Tal vez eso hubiera sido lo mejor, que nadie nos hubiera visto entonces y seguir con mi existencia trasmutada y anónima, pero no fue posible.
Pensándolo bien, no estábamos tan lejos de los campos de cultivo. Yo procuraba siempre mantenerme a buena distancia de las zonas habitadas por los seres humanos, pero la tentación de poder atrapar fácilmente las serpientes ratoneras casi a la vez que a sus víctimas, era demasiado fuerte para mi instinto. Conque, cuando ya la lluvia fue más débil, mezclado al olor de la tierra mojada, me llegó el aroma dulce y fresco de un tierno humano. Cuando estuvo más cerca, pude darme cuenta de que se trataba de una joven, envuelta en telas de vivos colores amarillos y dorados, aún húmedas, que cubrían su figura pequeña y delicada. Nos miraba con curiosidad, pero sin miedo alguno. Eso me extrañó, porque ni los tigres ni las cobras suelen dejar impasibles a los humanos. Sus ojos eran extraños, refulgían con rayos verdes como los de un felino alerta, lo que me hizo recordar que el tigre también estaba allí y, en cualquier momento, podría recuperar su naturaleza de depredador y asaltar a la muchacha. ¿No podría suceder que yo también lo hiciera? No. no. Yo no era una cazadora de humanos, solo les atacaría si me viera obligada y, ahora, tal vez ni eso…
… ¿Pero dónde estaba el tigre? En aquel momento de confusión había desaparecido. ¿Se habría apartado de su presa para no devorarla? No he sabido de cierto lo que sucedió, y quizá no deba yo verter aquí mis suposiciones, como una vieja chismosa. Guardaré silencio, pues no es mi historia, sino la de aquel misterioso compañero. Sólo diré que la muchacha de raros ojos de felino y cuerpo de gacela seguro que no hubiera corrido ningún riesgo a su lado… Creo que compartían muchos rasgos la una con el otro. En todo caso, son cosas que la mente de una vieja cobra no se puede explicar.
Siento un profundo apremio. Tengo que terminar mi testimonio enseguida. Me voy dando cuenta de que me queda poco tiempo aquí, con esta mente y con esta forma, ya tan gastada. Pero no, el final no puede ser aún. El Despierto confiaba en mi plena iluminación, en que, como él, lo lograría. ¿Será antes de dejar esta piel para siempre? Si él estuviera aquí… Si pudiera guiarme en este momento final… Pero debo confiar en que no hay separación posible: aquel lejano día de la tormenta, ambos nos fundimos en un solo ser…
¡No, no, vieja tonta! No te enredes en tu propia cola. No vuelvas a atraparte en tu propio ego. ¿Es que no aprenderé nunca?
La experiencia inefable que nos traspasó a todos los que permanecimos allí desbordando infinitud, era mucho más que una “fusión” de individualidades, fue la comprensión perfecta de la no existencia de separación alguna. Y, para esta pobre mente, supuso un relámpago de sabiduría suprema. Lo triste es que no pude mantenerlo y mucho menos reproducirlo. No obstante, con la esperanza de lograrlo, desde ese día no me separé nunca más de él. Me deslizaba siempre en su entorno, escuchándole y deleitándome con su presencia, aspirando a impregnarme cada instante de Sabiduría y Compasión.
No sé por qué, pero me asaltan ahora los destellos verdes de los ojos de la muchacha. Vuelven ahora a mi memoria como si fuese hoy, relampagueando en su rostro, mientras permanece sentada elegantemente frente a nosotros, esperando. Y, cesada la lluvia, cuando los colores y los aromas del aire se vivifican, suavemente empiezo a recogerme, a dejarle cuidadosamente libre de mi abrazo protector. Él abre infinitamente los ojos, como nadie los ha abierto nunca antes y ya es para siempre el Despierto. No me hizo falta entonces ver su rostro para saberlo: sus ojos se habían convertido en el faro de su mente y ella iluminaba a todos los que estábamos cerca, inevitablemente, marcando el camino para la cesación completa y última del sufrimiento.
Yo estaba traspasada, aturdida, pero la muchacha dorada, de ojos de tigre y cuerpo de gacela parecía saber muy bien qué había que hacer. Sacó de una cesta un cuenco de leche y se lo colocó a él respetuosamente en las manos, con una sonrisa amplia, pura, endulzando el momento con una ternura infinita.
Y, enseguida, ante mi sorpresa, sin miedo ni reserva alguna, sacó otro cuenco de leche y me lo puso delante a mí también con la misma sonrisa compasiva y amable. Esa fue la primera vez que un humano me alimentó y, tras esa, vinieron muchas más, pero creo que nunca sentí tanta calidez y tanta dulzura en un ofrecimiento como frente aquel cuenco de leche y miel.
Y ahora muchos al leer esto dirán que no fue así, que en tal o cual sitio, en tales o cuales escrituras, tal o cual maestro dijo esto o aquello, pero no me importa. Yo estuve allí, viví lo que pasó y lo sentí en el cuerpo y en la mente, y sembró en mí la semilla del despertar.
Cuando ya hubimos nutrido nuestros cuerpos, la sigilosa muchacha recogió los cuencos, los guardó en la cesta, se levantó y se alejó sin hacer ruido, después de haber inclinado la cabeza en señal de respeto ante él y, lo que fue más sorprendente, ante mí. Han pasado muchos años, he recorrido tras el Despierto muchos caminos; he permanecido con él en retiros silenciosos, en ruidosas concentraciones de seguidores y curiosos; bien oculta, bien a la vista de todos, y jamás me han dejado, ni velando, ni soñando, los ojos verdes de la muchacha tigre.
Me vence el cansancio, por hoy me vence. Es extraño, siento una presencia conocida…
¿Tigre, estás ahí? ¿Has venido?…
Cómo me engañan los sentidos. Soy una vieja cobra perdida entre sus recuerdos. Si mañana sigo siendo la vieja Mucalinda seguiré soñando esta existencia, meditando…

******

Acaba de amanecer y ya comienzan las obligaciones. La muchacha se despereza, estira sus piernas flexibles, se envuelve en el chal amarillo dorado y sale a contemplar la aurora. Las tareas están establecidas desde hace años. Su abuela le había enseñado bien todo lo que había que hacer. No era mucho, pero era inexcusable seguir las instrucciones todos los días paso a paso.
A pesar de lo extraña que había sido la noche, se sentía descansada. Había soñado con el naga que estaba a su cuidado. No recordaba bien, pero en el sueño no era un macho de cobra real, sino una hembra. ¿Cosas de los sueños? Mucalinda era nombre de varón, y ella sabía que el naga era eso, un naga, no “una naga”. Qué cosas tan extrañas se le estaban ocurriendo…
La abuela insistía tanto en que había que cuidar bien a la vieja cobra, tan dulce e inofensiva, que la muchacha, antes que el peso de la responsabilidad, sentía un cariño profundo, una genuina compasión, hacia aquel ser ya tan viejo, que apenas mantenía un hilo de vida. Mucalinda se estaba apagando poco a poco y la muchacha se daba cuenta. La cuidaba con mimo y observaba cualquier pequeño cambio en su aspecto que pudiera significar un paso más en su camino hacia otra encarnación.
Con la abuela fue diferente. Habían estado siempre juntas y siempre la había visto igual: pequeña, enérgica y bondadosa. Ambas se reconocían en sus miradas verdes y felinas, raras para todo el mundo y para ellas mismas. Nadie más compartía ese rasgo. La abuela le contó que su madre no era igual que ellas. Pertenecía a la vida mundana y por eso se fue tan pronto. Sus ojos eran negros y profundos, como los del abuelo, que también la había dejado, antes aún de que naciera la hija que esperaba. Eso la abuela lo contaba con una amplia sonrisa, porque desde que conoció al Despierto se había liberado del aferramiento y la aversión, y nunca sintió como “suyo” al padre de la hija que nació de su vientre.
Ellas dos se sabían diferentes, mujeres tigre que vigilaban los preciados tesoros de sabiduría que les fueran encomendados y custodiaban y mimaban a Mucalinda. Esa era su función externa. La interna era otra cuestión, sus prácticas y meditaciones eran secretas y profundas, transmitidas en susurros y realizadas en soledad.
La abuela murió de pronto, pero no tanto como para que no le diera tiempo a prepararse. Un atardecer llamó a su nieta y le explicó que se quedaría sola, a cargo de todo. Ya podía y sabía hacerlo y su tiempo en esa forma humana se estaba terminando. La abrazó, le sonrió y se sentó en meditación a esperar…
De eso hacía ya más de dos otoños, y aún la echaba mucho de menos. No había perfeccionado tanto como quisiera el desapego y buscaba a cada paso algo que le mostrase una chispa del fluir de conciencia de la abuela en otra nueva vida.
Tomó el cuenco de la ofrenda diaria, lo llenó de leche, la espolvoreó con canela y la endulzó con miel. Se sentía extraña. Había algo diferente en el mundo que la rodeaba y en su interior. Tantos años de meditación y de retiro habían agudizado sus percepciones y ya notaba que ese estado mental no eran las secuelas de un sueño.
Se acercó a la estancia donde reposaba Mucalinda. Era un lugar fresco y perfumado de incienso. La luz era tenue, pero, aún así, se dio cuenta de que el cuerpo de Mucalinda estaba más desmadejado todavía que el pasado atardecer. Se acercó muy despacio, sin ganas de ver lo que le esperaba, y comprobó que la cobra yacía sin vida. Se sintió de pronto tan sola, tan abatida. Parecía que todas las enseñanzas recibidas no habían servido para nada. Resonó en su mente lo que la abuela le repetía:
–El Despierto nos decía: “El dolor es inevitable, pero el sufrimiento no lo es. Es opcional. Podemos liberarnos del sufrimiento y liberar a los otros seres también”.
Sería cierto, pero ella ahora sentía una pena tan profunda…
Mientras tocaba suavemente la coronilla de Mucalinda comenzó a recitar entre lágrimas: “tayata om bekandse bekandse maha bekandse randsa samud gate soha. Tayata om bekandse…”.
Permaneció repitiendo el mantra y llorando en silencio casi todo el día. Al atardecer, transida de pena, se levantó y se dispuso a salir. Al darse la vuelta, de repente, se encontró con unos ojos pequeños y verdes que la observaban desde un rincón. Surgió un relámpago refulgente que invadió su conciencia. Con un destello reconoció a la abuela, al tigre, a Mucalinda, a… a ella misma. La Sabiduría y la Compasión la habían alcanzado. Sus ojos se abrieron a lo infinito, a lo inefable. Todo era igual, y todo había cambiado para siempre.
Se acercó unos pasos, se agachó y tomó al gatito dorado entre sus brazos.

Para Prema, que se empeña en buscarle la magia a todo, mientras yo juego a escondérsela.
Para mi madre, que siempre quiso que escribiese y a la que estoy segura de que este cuento le hubiese encantado.

Bajo los laureles

Apolo y Dafne Bernini

Ahora que duermes, escucha, muchacho.
Entre los susurros del viento y el rumor de las aguas, escucha mis palabras que solo pueden pronunciarse en la lengua de los sueños.
¡Hermoso muchacho, te pareces tanto a aquel que me hizo como soy, que mereces conocer su pena y la mía!
Hace cientos de años, yo era la hermosa Dafne, la esbelta hija del regio río Peneo. Siepre quise ser libre, correr por los valles profundos, internarme en los montes sombríos, trepar a las ásperas rocas templadas por el sol. Mi adorno era mi juventud. Solo ceñía mi pelo castaño con una sencilla cinta blanca y cubría apenas mi cuerpo con la corta túnica verde de las ninfas, ligera como mis piernas.
Sí, muchacho soñador, yo solo anhelaba la misma libertad que disfrutaban las diosas vírgenes, sin imeneo ni en brazos de hombre ni de dios alguno. Tanto se lo pedí a mi padre, el buen Peneo, que por su amor hacia mí me lo concedió, renunciando a su propio anhelo de verme esposa y madre.
¡Mas, ay, los dioses pueden más que la voluntad paterna, y sus pugnas a todos nos alcanzan, aunque seamos inocentes!
No muy lejos de aquí, donde sigue fluyendo tranquilo mi viejo padre, Peneo, Apolo se burlaba de Eros. No le era bastante ser el luminoso hijo de Zeus, el dueño de la salud, la armonía y el arte. No era suficiente que las Musas le sirvieran sumisas. Tuvo que hacer sentir su arrogancia a Eros, y lo pagamos los dos.
Tú, tierno muchacho de cabellos rubios de sol, te pareces tanto a él… ¡pareces un dios! Dormido aquí, en mi regazo… ¡Si pudiera envolverte con aquellos brazos de nieve y acariciarte con aquellos labios! Pero ya no puede ser. No hay vuelta atrás.
Ningún dios soporta las afrentas. Eros se vengó de las burlas de Apolo. Mas, desgraciada de mí, lo hizo en mi pecho. Lanzó con tino su flecha de oro contra Apolo y otra de plomo contra mi corazón.
Fue inevitable. Los dos estábamos cerca. Una limpia mañana de primavera, Apolo paseaba con su lira por estos montes, buscando motivos y armonías nuevas para sus cantos. Me vio, desde lejos, solo un momento y, al instante, quedó prendado, enajenado de amor y de deseo. Corrió hacia mí, llamándome con tiernas palabras, dulces como uvas maduras.
Mas, al darme yo cuenta de su presencia, sin saber cómo ni por qué, surgieron en mí una aversión tan profunda y un pánico tan atroz, que corrí locamente para que no me atrapase. Salté raíces, me desgarré la piel entre las negras zarzas y me desollé las manos trepando por las rocas. Pero él era un dios, mucho más veloz que yo.
Con el corazón latiéndome en las sienes llegué hasta aquí mismo, al lado de mi padre, Peneo, cuyas aguas acompañan aún hoy mi quietud perenne. Le grité desesperada que me ayudara, que me liberase de aquel dios enloquecido que me perseguía. Atento, el buen Peneo escuchó mi súplica y cedió a ella, renunciando al honor de desposar a su hija amada con el gran Apolo.
Un segundo antes de que las divinas manos tocasen mi cabello revuelto, comencé a sentir la pesadez de mis brazos. Las piernas se me enraizaron al suelo y mis rizos castaños se tornaron brillantes hojas verdes.
Apolo enamorado me abrazó con desesperación: “Ya que no puedes ser mi mujer, serás mi árbol. Tus hojas perennes adornarán en adelante mi frente y la de los más grandes”.
Muchacho hermoso, esta historia, aunque tú aún no la conozcas, ha sido contada mil veces por los hombres, esculpiéndola en mármol, pintándola en lienzos y versificándola con palabras hermosas en muchas lenguas distintas. Mas hay algo que ellos no saben, que solo a ti voy a confiarte:
Hubo un detalle inadvertido que para mí lo cambió todo. Al transformarse la suave piel blanca de mi pecho en áspera corteza gris, la maldita flecha de plomo cayó al suelo. Quise entonces gritarle a mi padre que no, que me devolviera a mi figura de ninfa corredora. Pero ya era demasiado tarde. Mis labios se habían abierto en dos pequeñas flores amarillas que no podían pronunciar nada. Mi voz ya no sería nunca audible, salvo, como hoy, en el rumor de los sueños.
Siendo un árbol ya, me estremecí como mujer al sentir su abrazo y su luminosa frente apoyada sobre las hojas que antes fueron mis cabellos. Hubiera dado cualquier cosa por volverme y abrazarle, por devolver sus besos con más besos.
¡Tierno muchacho, cuánto te pareces a él! ¡Cuántos siglos han pasado sin que a nadie haya podido contar el verdadero final de mi historia!
Y ahora, cuando despiertes sobre mi regazo, pensarás que todo esto no ha sido más que el sueño de una siesta bajo los laureles.

Dos asientos vacíos

metro

Pasadas tres horas ya nadie quedaba en el andén.

Dos horas antes había perdido la esperanza por completo, pero no el miedo a desesperar.

Hacía dos horas creía que se había equivocado de estación. Miraba y remiraba los mensajes del teléfono, intentando convencerse de que todo estaba bien, de que no había ningún error.

Cuando llegó al andén, media hora antes de la cita, vio los dos asientos vacíos y su corazón le gritó que continuarían  así siempre.

Ahora sí. Ahora ya tenía la certeza de que el corazón siempre dice la verdad, cuando la verdad duele.

Antes de dar media vuelta para marcharse, miró de reojo: la soledad había ocupado aquellos asientos que no debieron ser nunca suyos.

 

 

Espaciosidad del silencio

La espaciosidad del silencio es algo muy difícil de explicar. Se trata de una experiencia que se toca algunas veces con la punta de los dedos en un momento de claridad.
Sentada en el cojín de meditación, observando la respiración, procurando no salir volando detrás de cada pensamiento, de cada emoción y de cada sensación; en un momento precioso, me doy cuenta de la vastedad del silencio desde donde surgen y se desarrollan todos los sonidos.
Pero, realmente este silencio apenas existe. Es la posibilidad del sonido, de los rumores, de los ruidos intensos y fugaces y de los zumbidos constantes y casi imperceptibles.
La vasta espaciosidad del silencio es como la propia mente. en ella se manifiestan las imágenes, las sensaciones, los pensamientos… En fin, todos los objetos mentales que se reflejan en ese espejo desde el que percibimos la realidad, que tal vez nunca alcanzaremos a conocer.
En ese silencio poblado de sonidos, por un instante puedo asomarme al fondo de un abismo desconocido e incomprensible, pero en absoluto inquietante. Me asomo a un espacio tan amplio como el propio universo, y puedo hasta identificarme con él. es muy poco el tiempo que dura la experiencia, pero ya es una muestra de que es posible, de que es el camino por el que debo seguir avanzando.
Y vuelvo a la respiración, a observar cómo entra el aire por las fosas nasales, cómo sale lentamente, una y otra vez.
¡Qué iguales son todas las respiraciones y qué diferentes también!
Solo respirar. Respirar y observar.
Solo escuchar. Escuchar y observar.
El movimiento de la vida y de la mente se hacen patentes. Todo es irrepetible y transitorio. Yo también lo soy y no puedo sustraerme a ese flujo constante. Si lo hiciera, siquiera si lo intentase, la realidad me pondría en mi sitio, como hace con todos y con todo lo que se le resiste.
Meditar para estar en paz. No por no pensar en nada, no por dejar la mente en blanco, no por permanecer inane, sino por aprender a mecerse en el flujo de la marea de la vida sin ahogarse entre las olas.