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estanque nocturno

Lotos pintados
en el estanque negro.
¿De dónde vuelven?

Cuando era niña para mí las flores de loto no existían. Entonces solo había nenúfares (una palabra preciosa). No sé si la correspondencia es exacta entre loto y nenúfar, pero sí que en todas sus variedades estas son flores de plantas acuáticas, que emergen flotantes en aguas tranquilas.
Tranquilísimas y pétreass eran las aguas brillantes y negras del gran adorno que ocupaba la mesa baja, en la sala de espera de la consulta del médico que tanto visité en mi infancia y adolescencia; hasta que pude decidir por mí misma no volver nunca más.
No recuerdo dónde estaba ubicada la consulta, pero desde luego que en un barrio y en un edificio que no tenían nada que ver con los lugares en los que transcurría mi infancia. sobrecogía atravesar aquel portal, pisar aquellos suelos de madera oscura y brillante y sentarse en los enormes sofás. Todo era solemne y ajeno.
La sala de espera, oscura y silenciosa, decorada con cortinoness, cuadros sombríos y muebles pesados, exigía silenncio sin carteles ni reconvenciones. Yo permanecía casi inmóvil todo el tiempo que duraba la espera, con la mirada fija en el centro de mesa, que nunca me atreví a tocar. Tenía aspecto de ser muy pesado. Era grande, parecía una pétrea ensaladera, redonda y maciza, con otra superpuesta en el centro, más pequeña, pero igual de maciza y de negra.
No era bonito aquel engendro. Al menos a mí entonces no me lo parecía; y ahora, en el recuerdo, tampoco. Tal vez pretenndía cierta reminiscencia a laca nanban, pero haría falta mucha generosidad para pensar que siquiera se acercasse a tal cosa. Se trataba de un adorno pretencioso y soberbio, más parecido a un monumento imponente a la ostentación venida a menos. Solo lo salvaban aquellas pequeñas flores de loto, los nenúfares pintados que lo bordeaban y salpicaban; estrellitas delicadas sobre una mole de brillante negrura.
La imagen de aquel centro de mesa ha emergido de las aguas tranquilas de la memoria. Me ha devuelto aquella extrañeza que me embargaba al contemplarlo. Esa sensación de ser una criatura aislada en un mundo ajeno y pétreo, como ese estanque nocturno y misterioso donde es imposible sumergirse, ni siquiera rozarlo, como los nenúfares pintados que supe prohibidos y nunca me atreví a tocar.

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Mañana de Reyes

img_0311En el recuerdo,
espera deslumbrante,
hoy, mi muñeca.

 

El 20 de marzo de 1965 la francesa France Gall, representando a Luxemburgo, ganó el Festival de Eurovisión con esta canción, “Poupee de Cire, poupee de son”. Cinco días antes, aquí en Madrid, en el sanatorio del Valle, en la Ciudad Universitaria, nacía esta Marymer que está escribiendo hoy.

Mi padre cuenta que, para que mis hermanos estuviesen entretenidos y no se sintieran desplazados por la nueva hermanita, compró una tele. no sé si llegaría a tiempo de que viesen en ella como la muñequita de 17 años, France Gall, pasaba por delante de nuestra Conchita Bautista con su “Qué bueno, qué bueno”, que no lo fue tanto como para ganar. Aunque ya sabíamos todos que eso de la Eurovisión no era más que política, que España no ganaba porque no nos querían en el extranjero: envidia y solo envidia, que como aquí no se vivía -ni se vive- en ninguna parte, con este sol, esta alegría ¡y lo bien que se come! ¡Viva Conchita y abajo la gabachita!

 

 

En todo caso, la evocación ha surgido a partir de los recuerdos de las mañanas de Reyes de mi infancia, que eran un destello de ilusión. Mis padres desarrollaban un despliegue de “efectos especiales” para dar vistosidad a los regalos que, sin ser muchos, relucían como estrellas, rodeados de globos, caramelos, serpentinas y envoltorios de colores.

Esta niña de las coletas se quedaba tan impactada ante la magia que había hecho aparecer en el sofá de escay una muñeca enorme (al parecer, fruto, en parte, de los puntos de los envoltorios de las gaseosas: los Reyes Magos eran muy apañaditos), que no se acercaba a cogerla, ni pestañeaba siquiera. Tardaba un rato en hacerse a la idea de que aquello era de verdad, era para ella. Y aquella niña tuvo que hacerse mayor para sacudirse esa perplejidad ante los regalos de la vida.

Hoy, aun sin “efectos especiales”, reconozco como el mejor regalo el Amor, que jamás me ha faltado ni antes ni ahora. A la Marymer niña se le aparecía entonces en forma de muñeca la mañana de Reyes, a la de hoy y la de mañana todavía no se sabe en qué formas se le aparecerá. Eso está por ver. y eso es lo divertido de la vida: la sorpresa… cualquier mañana puede una encontrarse una muñeca en el sofá… ¿Por qué no?

Primavera en enero

Al calendario
hoy le han salido hojas…
¿Es primavera?

Esto de que el año comience en invierno se me hace raro. Tendría ya que estar acostumbrada después de más de medio siglo en este planeta y en este hemisferio, pero no me hago a ello.
Por pusilánimes que se estén volviendo los inviernos madrileños, no dejan de serlo. Es preciosa la luz del sol invernal, pero no es la primavera.
Incluso en la ciudad, se nota cuando vuelve a brotar la vida, por constreñida que esté la pobre en las jardineras y los alcorques, o por atufados de humo y bocinas que estén los trinos.
Ahhora, en enero, lo únnico que aquí renace es el calendario. No será una planta viva y sus hojas cuadradas y pálidas, impresas con letras y números, no tendrán ningún aroma propio ni un verdor lleno de matices, pero son en verdad lo más importante: una sugerente promesa de tiempo y de vida. Ojalá seamos capaces de aprovechar la intangible y delicada savia de estas hojas y, a medida que pasen, sentir que no hemos desperdiciado ni una gota de ella.

“Los cuatro pensamientos inconmensurables” para el nuevo año

Para todos aquellos que lean esto, y para quienes no puedan leerlo, dejo aquí la siguiente adaptación personal de la oración budista de “los cuatro pensamientos inconmensurables”, con cuya recitación termino siempre las sesiones de meditación, con la aspiración de compartir todos los beneficios que haya podido alcanzar en ellas.
Hoy quiero convertirla en felicitación y aspiración para el año nuevo que comenzará esta noche, extendiéndola en el tiempo y el espacio a todos los seres sintientes y compartiendo con ellos todos los logros y toda la felicidad que haya podido alcanzar durante este año que termina.

Que alcancemos la felicidad y sus causas. Y siempre seamos causa de felicidad.
Que nos liberemos del sufrimiento y de sus causas. Y nunca seamos causa de sufrimiento.
Que permanezcamos en ese estado de plenitud y bienestar.
Que vivamos en armonía y en paz, sin apego ni aversión.

Gracias, gracias, gracias.

Tarde de lluvia

¡Cuán dulcemente
los hierros del balcón
van goteando!

El sueño de Mucalinda

Mucalinda 3

Me llamo Mucalinda. Soy muy vieja. Muy, muy vieja y estoy muy cansada. No sé cuánto hace que estoy aquí. Perdí la noción del tiempo cuando dejé de ver. Mis ojos nunca me sirvieron de mucho para distinguir formas precisas, pero sí para no confundir el día con la noche. Nosotros somos de hábitos diurnos y, cuando yo cazaba, en los tiempos en que aún era joven y vivía como todos, cuando me dejaba llevar por mi instinto, cuando aún no había atisbado mi naturaleza profunda, las imágenes difusas y los olores intensos regían el mundo. Mi mundo.
Después, tras aquel momento que los hombres recuerdan y han recreado tantas veces, mezclando en él sus sueños y sus deseos, nunca pude ser la misma. Ellos me han dibujado, me han modelado, me han esculpido y, ante todo, me han idealizado junto con Él, en aquel momento que aún hoy no puedo entender, ni con mi mente más clara, aquella que aún solo presiento; tal y como me sucedía cuando olía una presa lejana y recibía la vibración en mi vientre de sus movimientos sigilosos. Yo sabía que estaba ahí, que pronto sería para mí, siempre y cuando siguiera atenta y no me anticipara.
Ahora estoy así, atenta y paciente desde hace mucho tiempo, pero cansada y también confundida, añorando de cuando en cuando mi naturaleza primaria y vital, aquella más sencilla, aquella llena de instinto, aquella que a veces sigue aflorando pero cada vez con menos fuerza, porque ya no puedo ser la misma Mucalinda que devoraba a sus presas y se enfrentaba a muerte con sus atacantes. Aunque tal vez sería más cierto decir que, desde aquellos días, me convertí en Mucalinda, en un individuo real e imaginario, pero individuo con nombre y con conciencia de sí mismo.
Soy ya muy vieja y sé que el conocimiento último me dará la paz y la felicidad pero, ¿cuándo lo lograré?, ¿cuándo llegará tal realización?… Entretanto estoy cansada. Llevo mucho tiempo meditando y esperando. He renunciado a la tensión de cazar y no ser cazada, al miedo y la rabia, al deseo y la aversión, pero sigo siendo una cobra, una verdadera cobra, extraordinariamente grande, aunque con pocas fuerzas ya, que fue un hermoso ejemplar de lo que los hombres han dado en llamar “cobra real”. Yo fui más que digna de ese apelativo, majestuosa y flexible, temeraria y mortífera. Sin embargo, lo que no soy y nunca fui, a pesar de los sueños de los humanos, es un naga. Los nagas no existen, se los han inventado los hombres como tantas y tantas cosas. Los seres humanos -que tan inteligentes se suponen- viven tan sometidos como nosotros a los vendavales de la ansiedad y el deseo. Viven sin mirar a pesar de que ellos ven más. No saben apreciar la belleza de la realidad, su magia cotidiana y, por eso, necesitan inventarse mundos paralelos con nagas, elfos, dioses y demonios. Este es el motivo de que yo quiera contar mi verdadera historia a quien quiera escucharla, ya que la que ellos han transmitido y reinventado es la suya y no la mía. Ellos la han soñado, tal y como pensaban que sería. Han contado y escrito la historia, han creado la leyenda y luego se han olvidado de Mucalinda. Conque ahora soy una vieja olvidada. Nada más que eso: una vieja olvidada que no puede ser lo que fue y que no ha llegado a ser lo que aspira a ser.
Mi nombre, Mucalinda, a muchos les llenará de inspiración y reverencia, mientras que para otros no será más que una palabra extraña. Pero, salvo él y yo, nadie más sabe qué pasó realmente en Bodhgaya. Por aquel entonces yo llevaba días arrastrando ramas y hojas para preparar el nido donde nacerían mis crías. Cuando ya estuvo listo, me enrollé encima agotada. Arrastrarse de un lado a otro enganchando ramaje con la cola y llena de nuevas vidas creciendo dentro, no es nada fácil. Nada. Además, necesitaba un gran nido donde albergarme con mis huevos, hasta que tuviera que abandonarlos. No me juzguen. No soy una mala madre. Precisamente por eso debía dejar el nido a tiempo. Mi instinto depredador terminaría con ellos como con cualquier presa fácil. Así que, ante el hambre y el cansancio tras preparar el nido y desovar, tenía que buscar comida fuera de la familia. Tanto trabajo para las crías, para darle vida a la vida, se quedaría en nada. Por fin era el momento de irme y dejar que aquellas surgieran solas al mundo sin la amenaza inmediata de su propia madre.
Entonces fue cuando percibí un olor inquietante. Me olía a humano y eso no me gustaba.
Como alimento los hombres no eran nada bueno y siempre se corría peligro a su lado. Era mejor enfrentarse a una pitón o a una víbora cornuda, antes que a un hombre. Eran -y siguen siendo- unos rivales traicioneros y taimados. Permanecí alerta, inmóvil. Intenté fijar mi mirada en aquella dirección, pero -como ya dije- mi vista nunca fue buena, ni siquiera entonces que aún era joven. Sentí la sutil vibración del suelo cuando se acercaba con pasos serenos y seguros. Seguí ahí, alerta, enroscada sobre los huevos vibrantes de vida y temí que no iba a poder marcharme a tiempo de dejarles existir. Sin embargo, a medida que aquel ser se acercaba, empecé a sentir un extraño abandono y una imperiosa necesidad de quedarme ahí, esperándolo, como si supiera de antemano que mi presencia tendría un sentido especial en un momento inmenso. Fue así como sucedió. Aquel hombre extraño se sentó tras de mí, al otro lado del árbol donde yo había preparado el nido. Supe, no sé cómo, que él sabía que yo estaba allí y no experimentó ningún temor, ninguna aversión. Misteriosamente yo participé de esa corriente de confianza.
Y, de pronto, una idea se impuso en mi mente: “no me moveré hasta que no encuentre la clave para erradicar el Sufrimiento”. ¿Qué era eso? ¿Esa idea era mía? No. Seguro que no. De algún modo aquel ser estaba compartiendo conmigo sus emociones y sus pensamientos, casi inaccesibles para mí entonces, pero con los que comencé a intuir la identidad de nuestra naturaleza última. Conque, si él encontraba aquello que buscaba, las cosas no serían igual no sólo para él, sino también para mí. Comprendí que tenía que protegerlo, con mi vida si hiciera falta. Él, en apariencia, era mucho más vulnerable que yo.
Pasó un día con su noche y otro y otro y… ¡Horror! Nacieron mis pequeñas crías. ¿Qué iba a hacer ahora? Tenía hambre. Mucha, mucha hambre y era tan fácil tragarse cualquiera de esos pequeños cuerpecitos recién salidos a la vida. Era tan fácil, pero no podía. ¿Tenía sentido pasar hambre enroscada encima de montones de comida?… Pero ahora esas crías, sin saber cómo, habían dejado de ser comestibles para mí. ¿Qué estaba pasando? ¿Qué era lo que contravenía de ese modo mi instinto vital?
No lo sé. No sé cómo, yo había empezado también a despertar a algo que no sabía lo que era y que aún no sé en realidad. Experimenté claramente que las vidas que se agitaban debajo de mí también participaban de una naturaleza tan radiante como la de aquel ser que se sentaba tras de mí, y eso ya no podía obviarse de ninguna manera.
Siguieron pasando días y noches y aquel ser, aparentemente débil y vulnerable, se enfrentaba sin miedo ni violencia a obstáculos y peligros inimaginables, más allá de la muerte y el dolor que pudieran infligirle las fieras y los otros hombres, más allá de la mordedura de los tigres y la punta de las flechas envenenadas. Eran amenazas terribles que hubieran hecho temblar el cuerpo de un dragón de cien cabezas, porque anidaban en sus hombros y querían enraizar en su mente como malas hierbas, destructoras de toda razón y de todo amor. Se presentaban con mil formas aterradoras, que yo podía percibir a través de su mente, pero de las que no podía defenderle.
Me sentía absurdamente inútil. ¿Iba yo a defenderle? ¿Cómo? Él era mucho más fuerte que yo, invulnerable, porque no tenía miedo. Nada podía hacerle daño porque no sentía ni apego a su propio cuerpo ni a su propia vida. Sólo las distracciones de su mente, las imágenes fantasmales y las dudas podían arrancarle de su propósito. Esos eran sus verdaderos enemigos. Y yo presencié cómo los ignoraba uno a uno. Aparecieron hermosas jóvenes, cargadas de guirnaldas de flores y de bandejas llenas de suculentos manjares cuyas danzas no hacían vibrar el suelo. Ni aquellas flores ni aquellas pieles tersas y doradas transmitían ningún aroma real. Sus figuras se confundían con las sombras de los árboles. Yo sólo podía percibirlas pues a partir de las imágenes de la mente del hombre. Eran espectros seductores, perceptibles sólo para él y sólo contra su propósito.
Pero aquello fue poco, comparado con las legiones de monstruos pestilentes, bandidos armados de enormes puñales y fieras voladoras de aceradas garras que se abalanzaban sobre él y desaparecían justamente cuando iban a desgarrar su piel con los dientes, a clavarle las afiladas armas o las infectas garras. Todos aquellos espectros desaparecían ante la ecuanimidad del hombre. Los fantasmas que emanaban de su mente burda, que aún pugnaba por adueñarse de su voluntad, se disolvían en la compasión y la sabiduría de la mente clara, como miel en agua hirviente. Inmunes al aferramiento y la aversión.
Sin embargo, yo continuaba sin creer realmente en sus fuerzas. Le sentía tan vulnerable físicamente y comprendía tan poco de la fuerza de la mente, que no confiaba en sus posibilidades de protegerse de los “verdaderos” peligros, los del mundo físico. Seguí alerta, cada hora, cada instante. Y, en una mañana de calor sofocante y pegajoso, me llegó inconfundiblemente el olor acre e intenso de un gran felino que buscaba alimento. Seguí con atención, bajo mis anillos, los sigilosos pasos que se acercaban. Era un enorme tigre.
¡Por fin un desafío para mis habilidades y mi fuerza! Deseaba serle útil, quería hacerme valer ante él, darme a conocer en toda mi plenitud para que me valorase y me reconociese como su guardiana y su seguidora. Quería convertirme ante él en un ser especial. Según la fiera se nos aproximaba, me iba preparando, ansiosa por entrar en acción, con los sentidos alerta y los músculos dispuestos. ¡Iba a ser una lucha a muerte! tenía que salir victoriosa más por él que por mí: su objetivo nos trascendía.
Cuando el tigre ya estuvo tan próximo como para que los ojos del hombre y los del felino se hubieran encontrado frente a frente -si aquel se hubiera dignado a abrirlos- dejó de olerme a hambre y muerte. ¿Qué estaba pasando? Sorprendentemente el gran tigre se había tendido a sus pies, con la misma docilidad que el gato de un príncipe de Persia. Como yo misma, el felino había sido subyugado por la fuerza de la mente de aquel extraño ser. Comprendí que se quedaría también para velar su meditación. Me invadió entonces un sentimiento de ira y de rabia: había perdido una ocasión magnífica de presentarme como un ser especial, llena de fuerza y valor. Tuve esa terrible emoción que contamina y destruye la paz de los hombres: la envidia y los celos. No iba a ser yo pues la elegida, el único ser unido al hombre, su búsqueda y su hallazgo. No sé lo mucho o poco que duraría en el tiempo aquella mala semilla que intentaba enraizar en mi mente, pero sí sé que no lo logró. Estoy cierta en que fue una vez más él quien me compadeció y nos salvó a los dos de un enfrentamiento fatal, porque con un resplandor indescriptible mi mente y la de la fiera se unieron en un abrazo de identificación total, nos fundimos y nos mezclamos, con un objetivo desconocido y claro a la vez. Ambos velaríamos por él, participaríamos de su descubrimiento y protegeríamos a aquel que, sin duda, no necesitaba de nuestra protección.
Otro hecho extraño es que, iban pasando los días con sus noches y ninguno comíamos ni bebíamos. Al principio tuve hambre y volví a temer por mis crías, pero, si el hombre podía mantenerse así sin más, yo también. El día que la fiera se nos unió mi zozobra por las pequeñas cobras ya había pasado. Mi ansiedad por el hambre había desaparecido y, además, poco a poco, ellas se habían ido deslizando fuera del nido, buscando por instinto su propio sustento. En cuanto a la fiera, supongo que pasaría por lo mismo que yo, pero nada hizo. Formábamos un raro grupo irracional y armonioso, más allá de la comprensión mundana.
¿Cómo nos mantuvimos tantos días? Aún no lo sé, porque, pasado aquel momento, al menos yo, tuve que volver a sustentar mi cuerpo con el alimento diario, aunque este ya no volvió a ser ni tanto ni el mismo. Pasado aquel tiempo, nunca más cacé para comer. Cuando no había otra cosa, me mantenía de raíces, hojas, frutos, troncos y, en ocasiones, con los restos de algún otro ser que hubiera desechado cualquier depredador. Tengo que reconocer que aquella dieta, aunque era la que mi mente quería, al principio debilitó mi cuerpo. En todo caso, mi instinto cazador se había apagado por completo, pero no importó porque algunos hombres, los seguidores de aquel al que yo sigo, empezaron a venerarme y a hacerme ofrecimientos, especialmente de comida, cada vez más sustanciosa. Supongo que se fueron dando cuenta de que, aún para ser una cobra, estaba demasiado delgada. Entre las ofrendas a veces había restos de otros seres, que comía, y como, aunque este alimento necesario, me repugna. También he de confesar que, desde que los humanos empezaron a procurarme sustento, probé manjares exóticos y complejos, que me llenan de placer. Los pasteles de miel y anacardos, los arroces hervidos con mantequilla y cardamomo, la leche de vaca cuajada con canela, tantas y tantas cosas que compensan con mucho la energía vital de la sangre y las vísceras de la víctima recién cazada.
Solo soy una vieja. Qué fácilmente me enredo en detalles nimios que asaltan la memoria. No quiero seguir por ese camino y desviarme de la historia de aquel gran momento. Como saben los que me recuerdan falta el episodio que hizo patente mi presencia. Cuando yo había perdido ya todo interés personal, cuando no sentía apego por mi propia imagen y no precisaba sentirme especial y valorada, surgieron las causas y las condiciones para que hoy sea Mucalinda. Hasta ahora, en mi relato no hay más que un hombre que busca tenazmente cómo destruir las cadenas que le atan al sufrimiento, un tigre que le guarda a sus pies y una cobra real que le vigila a sus espaldas. Pero, que tal cobra sea Mucalinda se debe a que, la tarde de un día de terrible calor el cielo se derramó en una tormenta como un torrente. Empezó a llover e instantáneamente me invadió una profunda compasión hacia el hombre. Me deslicé rápida, por primera vez no para atacar o para defenderme, sino para envolver con mi cuerpo el del hombre y extendí el cuello para cubrir su cabeza. Mis vértebras curvadas y planas, tantas veces desplegadas en ataque mortal, se convirtieron en un capuchón elástico, en una protección en vez de en una amenaza. Permanecimos ahí mucho tiempo, formando una hermosa y rara estampa: el hombre, el tigre y yo. Esto y sólo esto ha sido lo que más ha llamado la atención de los hombres, pero no es lo más importante. Fue un momento indefinido que podría haberse quedado en nada más, si nadie más lo hubiese presenciado. Tal vez eso hubiera sido lo mejor, que nadie nos hubiera visto entonces y seguir con mi existencia trasmutada y anónima, pero no fue posible.
Pensándolo bien, no estábamos tan lejos de los campos de cultivo. Yo procuraba siempre mantenerme a buena distancia de las zonas habitadas por los seres humanos, pero la tentación de poder atrapar fácilmente las serpientes ratoneras casi a la vez que a sus víctimas, era demasiado fuerte para mi instinto. Conque, cuando ya la lluvia fue más débil, mezclado al olor de la tierra mojada, me llegó el aroma dulce y fresco de un tierno humano. Cuando estuvo más cerca, pude darme cuenta de que se trataba de una joven, envuelta en telas de vivos colores amarillos y dorados, aún húmedas, que cubrían su figura pequeña y delicada. Nos miraba con curiosidad, pero sin miedo alguno. Eso me extrañó, porque ni los tigres ni las cobras suelen dejar impasibles a los humanos. Sus ojos eran extraños, refulgían con rayos verdes como los de un felino alerta, lo que me hizo recordar que el tigre también estaba allí y, en cualquier momento, podría recuperar su naturaleza de depredador y asaltar a la muchacha. ¿No podría suceder que yo también lo hiciera? No. no. Yo no era una cazadora de humanos, solo les atacaría si me viera obligada y, ahora, tal vez ni eso…
… ¿Pero dónde estaba el tigre? En aquel momento de confusión había desaparecido. ¿Se habría apartado de su presa para no devorarla? No he sabido de cierto lo que sucedió, y quizá no deba yo verter aquí mis suposiciones, como una vieja chismosa. Guardaré silencio, pues no es mi historia, sino la de aquel misterioso compañero. Sólo diré que la muchacha de raros ojos de felino y cuerpo de gacela seguro que no hubiera corrido ningún riesgo a su lado… Creo que compartían muchos rasgos la una con el otro. En todo caso, son cosas que la mente de una vieja cobra no se puede explicar.
Siento un profundo apremio. Tengo que terminar mi testimonio enseguida. Me voy dando cuenta de que me queda poco tiempo aquí, con esta mente y con esta forma, ya tan gastada. Pero no, el final no puede ser aún. El Despierto confiaba en mi plena iluminación, en que, como él, lo lograría. ¿Será antes de dejar esta piel para siempre? Si él estuviera aquí… Si pudiera guiarme en este momento final… Pero debo confiar en que no hay separación posible: aquel lejano día de la tormenta, ambos nos fundimos en un solo ser…
¡No, no, vieja tonta! No te enredes en tu propia cola. No vuelvas a atraparte en tu propio ego. ¿Es que no aprenderé nunca?
La experiencia inefable que nos traspasó a todos los que permanecimos allí desbordando infinitud, era mucho más que una “fusión” de individualidades, fue la comprensión perfecta de la no existencia de separación alguna. Y, para esta pobre mente, supuso un relámpago de sabiduría suprema. Lo triste es que no pude mantenerlo y mucho menos reproducirlo. No obstante, con la esperanza de lograrlo, desde ese día no me separé nunca más de él. Me deslizaba siempre en su entorno, escuchándole y deleitándome con su presencia, aspirando a impregnarme cada instante de Sabiduría y Compasión.
No sé por qué, pero me asaltan ahora los destellos verdes de los ojos de la muchacha. Vuelven ahora a mi memoria como si fuese hoy, relampagueando en su rostro, mientras permanece sentada elegantemente frente a nosotros, esperando. Y, cesada la lluvia, cuando los colores y los aromas del aire se vivifican, suavemente empiezo a recogerme, a dejarle cuidadosamente libre de mi abrazo protector. Él abre infinitamente los ojos, como nadie los ha abierto nunca antes y ya es para siempre el Despierto. No me hizo falta entonces ver su rostro para saberlo: sus ojos se habían convertido en el faro de su mente y ella iluminaba a todos los que estábamos cerca, inevitablemente, marcando el camino para la cesación completa y última del sufrimiento.
Yo estaba traspasada, aturdida, pero la muchacha dorada, de ojos de tigre y cuerpo de gacela parecía saber muy bien qué había que hacer. Sacó de una cesta un cuenco de leche y se lo colocó a él respetuosamente en las manos, con una sonrisa amplia, pura, endulzando el momento con una ternura infinita.
Y, enseguida, ante mi sorpresa, sin miedo ni reserva alguna, sacó otro cuenco de leche y me lo puso delante a mí también con la misma sonrisa compasiva y amable. Esa fue la primera vez que un humano me alimentó y, tras esa, vinieron muchas más, pero creo que nunca sentí tanta calidez y tanta dulzura en un ofrecimiento como frente aquel cuenco de leche y miel.
Y ahora muchos al leer esto dirán que no fue así, que en tal o cual sitio, en tales o cuales escrituras, tal o cual maestro dijo esto o aquello, pero no me importa. Yo estuve allí, viví lo que pasó y lo sentí en el cuerpo y en la mente, y sembró en mí la semilla del despertar.
Cuando ya hubimos nutrido nuestros cuerpos, la sigilosa muchacha recogió los cuencos, los guardó en la cesta, se levantó y se alejó sin hacer ruido, después de haber inclinado la cabeza en señal de respeto ante él y, lo que fue más sorprendente, ante mí. Han pasado muchos años, he recorrido tras el Despierto muchos caminos; he permanecido con él en retiros silenciosos, en ruidosas concentraciones de seguidores y curiosos; bien oculta, bien a la vista de todos, y jamás me han dejado, ni velando, ni soñando, los ojos verdes de la muchacha tigre.
Me vence el cansancio, por hoy me vence. Es extraño, siento una presencia conocida…
¿Tigre, estás ahí? ¿Has venido?…
Cómo me engañan los sentidos. Soy una vieja cobra perdida entre sus recuerdos. Si mañana sigo siendo la vieja Mucalinda seguiré soñando esta existencia, meditando…

******

Acaba de amanecer y ya comienzan las obligaciones. La muchacha se despereza, estira sus piernas flexibles, se envuelve en el chal amarillo dorado y sale a contemplar la aurora. Las tareas están establecidas desde hace años. Su abuela le había enseñado bien todo lo que había que hacer. No era mucho, pero era inexcusable seguir las instruciones todos los días paso a paso.
A pesar de lo extraña que había sido la noche, se sentía descansada. Había soñado con el naga que estaba a su cuidado. No recordaba bien, pero en el sueño no era un macho de cobra real, sino una hembra. ¿Cosas de los sueños? Mucalinda era nombre de varón, y ella sabía que el naga era eso, un naga, no “una naga”. Qué cosas tan extrañas se le estaban ocurriendo…
La abuela insistía tanto en que había que cuidar bien a la vieja cobra, tan dulce e inofensiva, que la muchacha, antes que el peso de la responsabilidad, sentía un cariño profundo, una genuina compasión, hacia aquel ser ya tan viejo, que apenas mantenía un hilo de vida. Mucalinda se estaba apagando poco a poco y la muchacha se daba cuenta. La cuidaba con mimo y observaba cualquier pequeño cambio en su aspecto que pudiera significar un paso más en su camino hacia otra encarnación.
Con la abuela fue diferente. Habían estado siempre juntas y siempre la había visto igual: pequeña, enérgica y bondadosa. Ambas se reconocían en sus miradas verdes y felinas, raras para todo el mundo y para ellas mismas. Nadie más compartía ese rasgo. La abuela le contó que su madre no era igual que ellas. Pertenecía a la vida mundana y por eso se fue tan pronto. Sus ojos eran negros y profundos, como los del abuelo, que también la había dejado, antes aún de que naciera la hija que esperaba. Eso la abuela lo contaba con una amplia sonrisa, porque desde que conoció al Despierto se había liberado del aferramiento y la aversión, y nunca sintió como “suyo” al padre de la hija que nació de su vientre.
Ellas dos se sabían diferentes, mujeres tigre que vigilaban los preciados tesoros de sabiduría que les fueran encomendados y custodiaban y mimaban a Mucalinda. Esa era su función externa. La interna era otra cuestión, sus prácticas y meditaciones eran secretas y profundas, transmitidas en susurros y realizadas en soledad.
La abuela murió de pronto, pero no tanto como para que no le diera tiempo a prepararse. Un atardecer llamó a su nieta y le explicó que se quedaría sola, a cargo de todo. Ya podía y sabía hacerlo y su tiempo en esa forma humana se estaba terminando. La abrazó, le sonrió y se sentó en meditación a esperar…
De eso hacía ya más de dos otoños, y aún la echaba mucho de menos. No había perfeccionado tanto como quisiera el desapego y buscaba a cada paso algo que le mostrase una chispa del fluir de conciencia de la abuela en otra nueva vida.
Tomó el cuenco de la ofrenda diaria, lo llenó de leche, la espolvoreó con canela y la endulzó con miel. Se sentía extraña. Había algo diferente en el mundo que la rodeaba y en su interior. Tantos años de meditación y de retiro habían agudizado sus percepciones y ya notaba que ese estado mental no eran las secuelas de un sueño.
fSe acercó a la estancia donde reposaba Mucalinda. Era un lugar fresco y perfumado de incienso. La luz era tenue, pero, aún así, se dio cuenta de que el cuerpo de Mucalinda estaba más desmadejado todavía que el pasado atardecer. Se acercó muy despacio, sin ganas de ver lo que le esperaba, y comprobó que la cobra yacía sin vida. Se sintió de pronto tan sola, tan abatida. Parecía que todas las enseñanzas recibidas no habían servido para nada. Resonó en su mente lo que la abuela le repetía:
–El Despierto nos decía: “El dolor es inevitable, pero el sufrimiento no lo es. Es opcional. Podemos liberarnos del sufrimiento y liberar a los otros seres también”.
Sería cierto, pero ella ahora sentía una pena tan profunda…
Mientras tocaba suavemente la coronilla de Mucalinda comenzó a recitar entre lágrimas: “tayata om bekandse bekandse maha bekandse randsa samud gate soha. Tayata om bekandse…”.
Permaneció repitiendo el mantra y llorando en silencio casi todo el día. Al atardecer, transida de pena, se levantó y se dispuso a salir. Al darse la vuelta, de repente, se encontró con unos ojos pequeños y verdes que la observaban desde un rincón. Surgió un relámpago refulgente que invadió su conciencia. Con un destello reconoció a la abuela, al tigre, a Mucalinda, a… a ella misma. La Sabiduría y la Compasión la habían alcanzado. Sus ojos se abrieron a lo infinito, a lo inefable. Todo era igual, y todo había cambiado para siempre.
Se acercó unos pasos, se agachó y tomó al gatito dorado entre sus brazos.

Para Prema, que se empeña en buscarle la magia a todo, mientras yo juego a escondérsela.
Para mi madre, que siempre quiso que escribiese y a la que estoy segura de que este cuento le hubiese encantado.

Casi invvierno

Burlete viejo
que tiembla en las rendijas,
si no hay abrazos.

Las hojas secas
ya han caído, sin peso,
sobre la hierba.

Scaramouche 🎭

Tal vez esto que voy a contar sea cosa de gente atragantada de literatura, de personas que andamos flotando y observando todo como desde las páginas de un libro o, si acaso, desde los fotogramas de una película antigua.
Muchas veces (las más de las veces) tengo la vívida sensación de no pertenecer a este mundo. O, tal vez, que este mundo no existe de verdad. Pero no quiero ser grandilocuente, así que no diré nada del mundo, sino solo de mí. Es una sensación intensa, que me nace de lo más hondo. Es la certeza de no ser un ser real y concreto, sino un personaje de una trama que se está desarrollando en paralelo a otra o a otras tramas.
Como digo, tal vez esto sea un empacho de literatura, aderezado con buenas dosis de filosofía budista, pero desde que recuerdo, desde muy niña, lo he sentido así.
La mujer que está escribiendo esto, con su DNI, sus medidas y su grupo sanguíneo es real, claro está, pero lo que hace y lo que piensa vive animado por una mente mucho más versátil y compleja, que no quiere, ni puede, ni debe ceñirse un corsé tan rígido y apretado.
A lo largo de la vida me he ido dando cuenta de que las casualidades no existen y que las serendipias y el azar no son lo que parecen. Hay momentos de lucidez en los que se comprende todo, como si una luz iluminara de pronto y por un instante un espacio cerrado en tinieblas. Se alcanza a ver algo, pero no da tiempo de comprender lo que se ve en una fracción de segundo. Y ahí estamos. Esto que parece poco explicable y casi mágico, realmente lo explicaría todo. Todo lo qque, si no, carece por completo de sentido. Sé que este personaje tiene muchas facetas, algunas de ellas muy poco conocidas, incluso para mí. Y esa es la clave y lo fascinante: saberse una ficción.
Hace un par de días terminé de leer “Scaramouche” de Rafael Sabatini. Yo lamentablemente no nací con el don de la risa, como su protagonista. Es más, cuando releo este blog, me doy cuenta del aroma melancólico que flota como una bruma a su alrededor. Pero, claro, eso es un rasgo del carácter de la Marymer que escribe.
Volviendo a “Scaramouche”, se trata de una novela de capa y espada. Considerada literatura juvenil, de acción y aventuras. No diré yo que esto no sea así. Es verdad. Pero hay algo más en “Scaramouche”. Como su protagonista, André-Louis, la novela es de acción, aunque tal vez un tanto “malgré tout”. Comienza con planteamientos sociales y filosóficos, pero los acontecimientos necesariamente precipitan el ritmo argumental.
André-Louis es un joven abogado que vive en una aldeíta de la Francia Pre revolucionaria del siglo XVIII. Su origen es incierto y lo apadrina un noble campechano y de buen corazón. André-Louis Moreau es escéptico y no cree en los cambios sociales ni en las ideas revolucionarias, y lo explica muy bien al comienzo de la novela a su querido amigo Philippe de Vilmorin, quien defiende con pasión y elocuencia todo lo contrario. Y precisamente A Philipppe ese don de elocuencia y pasión le cuestan la vida porque se enfrenta a un noble, el señor de La Tour d’Azyr, que lo mata en un duelo desigual y trapacero, ante la mirada impotente de nuestro futuro héroe. A partir de entonces, el hombre de letras que es Moreau, el teórico escéptico se lanza al mundo de la acción y de la revolución para ser la voz de su amigo, que ha sido vilmente acallada.
André-Louis se convierte así en un fugitivo. Se refugia y esconde en una compañía de teatro ambulante y llega a ser allí Scaramouche. Tras ese personaje, dentro de ese personaje, puede llegar a desarrollarse como él mismo, como esa parte de él que, de otro modo, nunca podría haber salido a la luz. Su personalidad puede manifestarse libremente, gracias a la máscara que le oculta y le protege frente al mundo.
Pero una y otra vez todo se complica. La trama personal y social se enredan, y André-Louis viene a convertirse en el asistente de un maestro de esgrima en París. La historia de la Revolución Francesa, a partir de este momento, condiciona más aún la vida de los personajes, y hasta la muerte de alguno de ellos. En medio de la agitación, aunque Moreau sigue sabiéndose un hombre de letras abocado a la acción, en poco tiempo alcanza la maestría en el arte de la esggrima. ¿A fuerza de práctica y ejercicio únicamente? Pues no. Su rápido entendimiento se empapa de las obras de grandes maestros de esgrima, que permanecían olvidadas, de adorno, en la exigua biblioteca de la academia. Nuestro Scaramouche es un estudioso, un teórico arrastrado a la acción, que trabaja con tenacidad cada personaje que le toca representar en la vida.
Al principio de la lectura André-Luis era un personaje más en una novela de entretenimiento, encontrada sin ser buscada. Pero, página a página, una se va enamorando, se va encandilando con él, aunque él no parece hacer nada para ello, aunque a él no parezca importarle. Solo al final tenemos la certeza de que nuestro admirado y querido Scaramouche tiene un romántico y tierno corazón.
Confieso que jamás había leído una novela de capa y espada, aunque siempre me han gustado las películas de este género, como “El capitán Blood”, basada en otra novela de Rafael Sabatini. Los piratas corteses y los espadachines me encantan. No así las damas que aparecen en su órbita, personajes un tanto anodinos, demasiado pasivas y melindrosas para mi gusto. En estas obras a mí me gustaría ser el espadachín, lanzando estocadas desde una lámpara de araña al vuelo. ¡Qué emocionante! Hay por ahí una película antigua, que apenas recuerdo, de una mujer pirata, que cautivó mis sueños de niña (tengo que buscarla).
En “Scaramouche”, como no podía ser de otro modo, hay sus hhistorias de amor y hasta su anagnórisis final, para que nuestro protagonista sea un noble de pura raza. Pero estos detalles los dejo para quienes quieran leer la novela o ver alguna de las películas que se han hecho basadas en ella. Que yo sepa hay dos versiones cinematográficas, una de los años veinte y otra de 1952, de la que solo conozco la música de Victor Young.
Habría mucho más que decir acerca del personaje de scaramouche, que tiene mucho que ver con ese tema de las máscaras y las personalidades, que tanto me atrae, pero, por hoy y por esta vez, voy a dejarlo aquí, aunque amenazo con seguir…
Gracias, Scaramouche, por tu don de la risa y tu elocuencia. El mundo no está tan loco como para no reconocértelo.

https://marymer.wordpress.com/2017/11/02/persona-vida-y-mascara/

Un beso en la frente

Los nubarrones,
con un beso en la frente,
salen volando.
No es virtud de los labios,
es la luz de la frente.

No recuerdo cuándo fue la última vez que le di a mi querida amiga Carmen un beso en la frente. Ella decía que le hacían mucho bien esos besos, y siempre nos despedíamos así.
Hoy hace un año que Carmen dejó esta vida. Fue muy lejos de este Chamberí, en Montevideo, así que no pude darle mi beso de despedida. No pude dárselo, pero sí se lo envié y, ahora, con este tanka lo dejo grabado, para que le llegue allá donde esté y lo tenga siempre.
Carmen Roig fue una mujer llena de energía, buena, valiente y decidida, que me ayudó mucho a creer en mí misma. Y no fui yo sola la que se benefició de su dedicación y su apoyo. Carmen siempre estaba para quien pudiera necesitarla, dispuesta a dar lo más importante que se puede entregar, su tiempo y su amor.
Para recordarla aquí he querido poner esta canción de Mercedes Sosa, otra mujer llena de fuerza que cantó con energía a aquellas que brillan como el sol, como ellas mismas siguen brillando.
Tampoco podía faltar la música de Felisberto Hernández, paisano de Carmen y cuentista como ella. Porque otra de sus facetas era esa precisamente, la literatura. Y, como Felisberto, escribió cuentos llenos de imaginación e ironía, hermosos y alegres, entre otras muchas cosas.
Esta tarde de otoño madrileño, templado y seco (demasiado templado y demasiado seco), el recuerdo de Carmen sigue aquí, en su Madrid que ella tanto quería, a pesar de los pesares. A pesar de que no llueva…
Mi beso en la frente, Carmen.

Y, hablando de la obra de Carmen…
https://elaposentodeloslibros.wordpress.com/2017/03/06/luis-braille-la-historia-de-un-genio-de-singular-relieve-carmen-roig-roig-1/

Persona, vida y máscara

El significado original de la palabra persona tiene poco que ver con lo que entendemos ahora por tal cosa (si es que entendemos algo al respecto, que no sé…). Se trata de una voz del latín antiguo y de origen etrusco, que hace referencia a la máscara de teatro, al personaje, en absoluto a un “yo real”.
Hace varias semanas, realizando una práctica de meditación en movimiento, me surgió colocarme las manos delante del rostro. Inmediatamente sentí una gran liberación. Surgió en mi mente la imagen de una máscara de protección que, paradójicamente, me permitiría ser la “yo misma” que quisiera en cada momento.
Esta Marymer (o estas marymeres) conocida, construída día a día, hora a hora, tan falsa y tan real, exige un comportamiento, una actuación como “persona”, que a veces cansa, aburre o, lo que es aún peor, limita, coarta la libertad de otras marymeres que pugnan por aparecerse, por abrirse paso en la esscena, como esas actrices secundarias que esperan ansiosas a que le dé un “ay” a la actriz principal para salir en su lugar… O no esperan, como en la estupenda película de 1950 “All about Eve”. Tal vez por eso, antes de que unas máscaras aniquilen a las otras para abrirse paso y confundirse de nuevo con un “yo real” sería interesante poder verlas y sentirlas a todas como tales, dejarlas que se manifiesten, que jueguen su papel.
Puede ser que eso fuese lo que hacía Fernando Pessoa con sus heterónimos: ponerse máscaras e interpretar los papeles correspondientes. Y, qué curioso, además llamándose precisamente “pessoa”. Da qué pensar o, mejor dicho, a mí estos días también me ha dado qué pensar. Siempre me ha gustado jugar a ponerme nombres distintos, a escribir como “otra yo”. Ojalá tuviese también el talento de Pessoa. Qué le vamos a hacer.
En fin, el “yo”, la “persona”, no es más que un compendio de ideas y actitudes con las que nos identificamos. Nos apegamos a nuestras opiniones y a nuestra manera de actuar. seguimos nuestro guión de vida, el que tácitamente nos hemos trazado y el que los demás esperan que interpretemos. ¿Pero qué pasaría si pudiéramos ponernos una máscara y liberarnos de esa otra que ya se nos ha quedado pegada? Quién sabe… Los carnavales son un ejemplo claro de ello, de liberación. Y los pseudónimos literarios también pueden serlo, si uno se deja llevar y si realmente nadie sabe quién eres.
He titulado esta entrada “Persona, vida y máscara” como homenaje a una obra de Matías Montes-Huidobro, que yo consulté y estudié hace más de veinte años. Confieso que no recuerdo apenas nada de su contenido. No obstante, este título, su título, se me quedó grabado. Ya entonces me dio qué pensar y ha resurgido de nuevo estos días, seguramente porque sintetiza muy bien lo que he estado pensando y lo que quiero decir hoy: persona, vida y máscara son una misma cosa, porque son los hilos que, entrecruzados tejen la existencia.
Tengo que seguir reflexionando acerca de todo esto pero, sobre todo, qquisiera liberarme de viejas “personas” o “máscaras”, sin dañarlas ni romperlas, ya que me temo que eso me obligaría a adoptar otras que acabarían por ser igual de pesadas y estrechas.
No sé… Pero sigo en ello.

Sol de otoño (Haiku)

Cubre su audacia
con un manto de nubes
el sol de otoño.

Ya estamos en el deseado otoño, pero el sol sigue audaz, dando largas al verano para que no acabe de irse.
Sí, sigue audaz, pero un poco más tímido, escondiéndose a veces tras unas leves nubes que poco ocultan sus verdaderas intenciones, las propias de su naturaleza ardiente.
Habrá que esperar aún para que los días breves y las nubes ya más densas lo templen un poco, al menos por unos meses.
¿Será posible?

https://marymer.wordpress.com/2015/01/12/fotones/

Con “L” de gardenia

Las flores secas,
presas entre páginas,
renacen frescas,
con olor a gardenias
y tintes de violeta.

L es solo un perfume con notas de gardenia. Para mí, tiene tintes de violeta, porque no puedo separar los aromas de los colores.
L es solo un perfume. Pero para mí los perfumes son la esencia de la vida, un placer exquissito y una necessidad. Ojalá pudiera olvidarme del engorro de la comida, eso que para muchos es un placer y para mí una exclavitud primaria. si pudiera nutrirme solo de aromas…
L no es solo un perfume, paramí es la llave de la gaveta donde guardo preciosos recuerdos. No queda mucho, así que selecciono bien los momentos en los que me envuelvo en su mágica bruma violeta, que al instante me transporta misteriosamente más lejos aún de donde yo me atrevería a imaginar.

https://marymer.wordpress.com/2016/02/20/dos-haiku-enlazados/

https://marymer.wordpress.com/2013/03/16/amatista-violeta/