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Té a solas

Dorada y fresca,
mañana de noviembre,
casi en silencio.
Una taza de té
me calienta las manos.

Un gorrión

Bajo la lluvia,
mientras la galeruca
sigue durmiendo,
un gorrión vigilante
vela en el olmo enfermo.

Refugio

Detrás de los ojos permanecen
aquellos árboles encendidos.
Luces blancas cruzadas por ramas oscuras,
grabadas a través de las lágrimas,
lentes líquidas temblando en las pestañas.

Detrás de los ojos se siguen proyectando
las ondas sobre el lago,
las barcas y los remos,
las hojas muertas y mojadas.

Está todo en penumbra calma detrás de los ojos,
pero está todo.
Nada puro ha desaparecido.

Es dulce buscar detrás de los ojos
entre los registros limpiados con las lágrimas,
brillantes, húmedos,
como recién nacidos,
pero sin ansiedad ni esperanza.

Detrás de los ojos está el único refugio
a prueba de incertidumbre y desilusión.
Permanecer allí siempre,
para siempre…
Salir a por el café y las mandarinas,
y volver enseguida a recogerse detrás de los ojos.

¡Qué tentación la de refugiarse!

Y, sin embargo, hay que mirar afuera,
rozarse con las piedras,
acariciarse,
reírse,
helarse de frío,
pisar con fuerza sobre las aceras del miedo
y apoderarse de los tesoros despreciados
para ungirlos con lágrimas sin pena.

Así También mañana y la mañana de mañana
no faltarán ni estancias misteriosas ni jardines nuevos,
en este refugio precioso,
detrás de los ojos.

Días de canela y membrillo: dos recetas de bizcocho y compota

Los días de horno encendido han vuelto a esta casa. Si hago memoria, me parece que hace más de un año que no hacía un bizcocho. Aunque no varío mucho en mis recetas, también es cierto que nunca repito porque voy utilizando los ingredientes que me van quedando o que se me ocurren en ese momento.
En este tiempo parece que el cuerpo y el alma me piden dulces con canela. Es una de mis especias favoritas, tan versátil, tan agradecida, cualquier cosa (dulce o salada) con canela se viste de fiesta.
Ayer por la mañana no solo puse el horno, sino que también saqué la olla grande para hacer compota de membrillo, naranja y jengibre, al tiempo que me ponía de fondo…

¡Y a cantar!
Pero, en fin, vamos al asunto importante: las recetas:

BIZCOCHO DE CANELA Y AVELLANA

¿Qué le puse esta vez?…

-160 gramos de harina integral y blanca a partes iguales, con su cantidad correspondiente de levadura tipo Royal.
-100 gramos de panela.
-100 gramos de mantequilla.
-2 huevos
-1 yogur natural (tanto que lo hago yo en casita).
-2 cucharadas de canela molida
-un puñadito de avellanas tostadas.
-un puñadito de semillas de lino.

¿Qué hice con estos ingredientes tan ricos?

Pues, con unos mimbres tan buenos, era muy difícil que no saliera algo bien rico.
Empecé por meter las avellanas en el congelador para luego poder trocearlas con el molinillo de café eléctrico. esto me lo comentó mi amiga Lupe, que sabe mucho de estas cuestiones. Como los frutos secos son muy grasos, si se meten sin más en el molinillo, se convierten fácilmente en una pasta, que no es lo que precisamos ahora. Nuestro objetivo es trocear las avellanas hasta hacerlas casi una harina que pueda integrarse en la masa. Pero eso lo dejamos para el final, porque así damos tiempo a que se enfríen lo más posible. Lo bueno realmente hubiera sido tenerlas ya allí desde antes de empezar, pero, con esta tendencia mía a la improvisación…
La preparación de la masa es la de siempre: se mezclan los huevos, la mantequilla cremosita, la panela, el yogur y la canela. Se bate todo muy bien y después se añade la harina y se sigue batiendo hasta que queda todo bien mezclado.
En la base del molde (yo utilizo uno de silicona) puse un poco de la mezcla y le añadí las avellanas recién troceaditas, para que quedasen en la base del bizcocho. Después añadí el resto de la masa y, finalmente, puse por encima las semillas de lino, hundiéndolas un poquitín en la superficie para que se incorporasen bien durante la cocción.
Con el horno previamente calentado a 190 grados, metí esta mezcla durante 40 minutillos de nada. ¡Y el resultado ha sido estupendo!

Terminado el bizcocho, con un aroma cálido extendiéndose por toda la casa, me lie con la siguiente:

COMPOTA DE MEMBRILLO, NARANJA Y JENGIBRE

¿Qué necesité?

-2 membrillos.
-3 limas.
-1 naranja.
-40 gramos de jengibre fresco.
-350 gramos de azúcar.
-4 gramos de agar-agar.

¿Qué hay que hacer?

Es tan fácil de contar como de elaborar, aunque resulta bastante laboriosa: pelé la fruta y el jengibre, lo troceé mucho para facilitar la mezcla y la cocción, y le añadí el azúcar.
Lo dejé así, sin más, unos 10 minutos y luego le añadí un par de vasos de chupito de agua y el agar-agar, que viene muy bien para dar consistencia a la compota, porque, si no, al tener poca proporción de azúcar no espesa demasiado. Concretamente para algo más de un kilo de fruta he puesto 350 gramines.
¡Ah, me olvidaba! También añadí un poco de la cáscara de la naranja, bien picadita y sin la parte blanca. Por lo demás, Salvo el corazón de los membrillos y la piel de la fruta y el jengibre, no quito nada más. Me gusta dejar la pulpa íntegra, sin filtrar.
Con la mezcla en la olla ya solo queda cocer y cocer, remover y remover. el proceso viene a durar unos 20 minutos más o menos. pasada esta fase, cuando la mezcla dejó de burbujear, con el brazo de la batidora terminé de trocear y unificar todos los ingredientes.
Todavía en caliente metí la compota recién hecha en cuatro tarros de cristal muy bien cerrados que, inmediatamente, puse boca abajo. Este truco me lo contó mi amiga Ángela, que es muy apañada. Con esta sencilla maniobra se hace el vacío en los tarros y te evitas el trajín de ponerlos al baño maría. Aunque, como dice alguno de los beneficiarios de mis “experimentos”, estos nunca duran tanto como para que haya que tomar medidas de conservación.

Silencio fallido

No me he quedado sin palabras, pero sí sin ganas de escribirlas, o sin fuerzas para ello.
Si alguna vez la tuve, he perdido ahora la destreza de jugar con las sílabas, de hacer malabarismos con ellas y soltarlas al aire sin que se me desplomen torpemente contra el teclado.
Estas manos que intentan proteger mis oídos, solo logran amortiguar los ecos aéreos de las voces repetidas; pero son completamente inútiles contra el retumbar vibrante de tanto ruido insensato y lacerante.
Amo las palabras. Nunca dejaré de amarlas, aunque me hayan mentido y aunque me irriten hasta el corazón. Amo las palabras, por eso no quiero sucumbir al mandato hipnótico de continuar tejiendo la red pegajosa de la adicción al miedo, a la rabia, a la tristeza…
¡No quiero y no quiero! Y tal vez precisamente ahora me estoy enredando yo sola entre líneas no escritas.
Así que… ¿Será este un silencio fallido?

Beso de otoño

Lluvias de agosto:
Un beso de otoño
en la noche cálida.

Mirlos amordazados (Tanka)

¡El viento ardiente
amordaza a los mirlos!
Horas baldías
de quietud irritante
y de espera sin rumbo.

 

¡“Porfito”, que no llueva en Tanabata! 🙏🏻 😉n

Vuelan las grullas
sobre el amanogawa
¡Qué larga espera!


¿Lloverá la noche del siete de julio? ¡Por favor, no! ¡Por favor, no!
El séptimo día del séptimo mes (shichigatsu no nanoka) es una fecha mágica. Si nos pusiéramos rigurosos (que no lo vamos a hacer), tendríamos que tener en cuenta que este día y este mes se corresponden con un calendario que no es el gregoriano. Pero, para la magia y para el amor, ¿qué más dará?, digo yo.
Tanabata es la noche de las estrellas, y no porque se trate del título de un programa de variedades de sábado por la noche, a lo José María Íñigo. Es la noche de verdad de las estrellas porque, si no llueve, Orihime y Hikoboshi pueden unirse. ¡Y están todo el año separados! El río Amanogawa, La vía Láctea, se lo impide.
Cuenta la historia china, recogida devotamente en el Japón Heian, que la princesa Orihime (estrella Vega), hija del Dios del cielo y tejedora de las ropas de los dioses, vivía tan dedicada a su trabajo que no tenía tiempo para el amor, y estaba muy triste. Ya lo decía Lorelei Lee (Marilyn Monroe) en “Los caballeros las prefieren rubias”: si una chica no tiene dinero (o tiene que trabajar mucho, digo yo), no tiene tiempo para el amor.
Por otra parte, al otro lado del río Amanogawa (la Vía Láctea) vivía un joven pastor de bueyes, Hikoboshi (Altair), muy apuesto y muy trabajador también. Para arreglar la situación el padre de la estrella-chica los presenta y…. ¡Pataplán! Se enamoran a primer destello. Y, como suele suceder, empiezan los problemas.
Orihime empieza a preferir tejer sus brazos con los de Hikoboshi y dejar a un lado el telar. Y no digo nada de los bueyes del “estrello”, que andan flotando por las nubes, en todos los sentidos.
Y el dios del cielo se cabrea pero bien. Se olvida de que fue él el que la lio y les condena a vivir separados, cada uno a un lado del Amanogawa. ¡Ay que fastidiarse con la explotación divina!
Pero Orihime llora y protesta (de Hikoboshi no se dice nada, que debía de ser un celestial soca de mucho cuidado), y su padre concede que se vean una vez al año: el séptimo día del séptimo mes. Desde luego, tampoco es que la gracia sea mucha, pero se conforman. Como dice ahora la gente: “Es lo que hay” (y mira que odio esta expresión).
Y… ¡¡¡Tachán!!! Llega el día D. Pero… ¡Horror! ¡Orihime no puede pasar, ni el soca de Hikoboshi tampoco! Otra vez nuestra diosa-estrella llora y protesta. Esta vez son las grullas quienes van en su auxilio. Le dicen que formarán un puente con sus alas cada noche del séptimo día del séptimo mes para que puedan encontrarse los amantes, siempre y cuando no llueva, que parece que a las grullas les molesta que se les deshaga el arreglo de las plumas, como si lo llevasen de peluquería, o qué sé yo.
En fin, con tantas condiciones, ahí llevan Orihime y Hikoboshi, ni se saben los siglos, viéndose de año en año, y si no llueve.
Yo les tengo compuesto mi haiku y estoy en ascuas: “Virgencita, que no llueva; Virgencita, que no llueva…”, que el año pasado cayó un tormentón tremendo. Luego paró, pero no sé qué hicieron las grullas y me da mucha lástima de estos dos enamorados, tan panolis y tan formales, sin salirse nunca de su órbita.
¡Y con el año pasado por agua que llevamos!

Cacerolas Huecas (Tanka y más)

 

Mentes pequeñas,
ahítas de miedo,
doblan a odio.

Son cacerolas huecas,
rabiosas y tristes.

***

¡Qué pena me da este barrio tan bonito, que a las nueve se llena de cacerolas ruidosas y huecas!

Cacerolas convertidas en cencerros llamando al odio, la rabia, la insolidaridad; clamando porque venga algún pastor con “mano dura” que ponga orden y traiga la salvación por la fuerza de la autoridad “de toda la vida”.

¡Qué indigno que clamen libertad aquellos que desprecian todo lo que consideran que no se les parece! ¿Libertad de qué? ¿Libertad de no perder sus privilegios y su estrechez de miras?

¿Dónde está la libertad de las cuarenta mil personas que se mueren de hambre en el mundo todos los días? ¿Se acuerda alguno de estos de ellos cuando aporrean sus ollas vacías? ¿Se acuerdan de los que hoy querrían que sus cacerolas nunca sonasen a hueco?
No. Yo creo que no se acuerdan. Esas cacerolas huecas que están sobre sus hombros redoblan al unísono de las que tienen en sus manos, ambas repletas de rabia, odio, miedo e ignorancia. Todas ellas cosas dolorosas y embrutecedoras que solo sirven para hacer daño y ruido.

¡Como Gabriel Celaya, hoy “maldigo la poesía concebida como un lujo“!

Ojalá la Poesía siga siendo un arma de futuro.

Ojalá la palabra no deje nunca de serlo.

Los seres humanos pueden pensar, pueden hablar, pueden comunicarse cuando no renuncian a la racionalidad para convertirse en borregos con cencerro o en mastines al servicio de algún pastor que, mientras tanto, está tan tranquilo en su casa con sus dineros en un dorado paraíso fiscal, a muy buen recaudo.

Repito hoy: ¡Maldigo la poesía concebida como un lujo!

Esta mañana yo no puedo callarme más. Pido a los dioses, a los budas, a los bodisatvas, a lo que sea, que todos los seres abandonen la ignorancia, la estrechez de mente y la indiferencia ante el sufrimiento de los otros. La verdadera felicidad solo es posible con el bien de todos porque, aunque no nos demos cuenta, nada, absolutamente nada nos es ajeno.

***

No es bueno que el roble esté solo

Además de los recuerdos, de mi madre me quedan muchas cosas tangibles e intangibles: sus pendientes favoritos (regalo de mi padre), su muñeca bruja de trapo (regalo mío), su alianza de casada (que no me quito jamás, ropa que ella me confeccionó (era una auténtica maestra) y otros muchos objetos preciosos. Pero, ante todo esto, permanece muy viva su presencia en mi corazón.
Y, dentro de las cosas intangibles que me ha legado, está el don de cuidar de las plantas. Sé que es difícil de creer, pero hasta la muerte de mi madre, a mí se me amustiaban casi hasta los cactus.
En el tanatorio donde la velamos nos entregaron cuatro o cinco robles recién nacidos, como criaturitas vegetales entre mantillas de cartón y plástico. Yo me quedé con dos de ellos, con muy poca fe en mis posibilidades de sacarlos adelante. Pero me equivoqué.
Los dos roblecitos cayeron en mis manos el 1 de octubre del 15. A las pocas semanas se convirtieron en dos pequeños palitroques plantados en sendas macetas: una pena.
Sin confianza en mí como niñera ni en el reino vegetal ni en el animal (ya no digamos en lo que se refiere a este género nuestro… el humano), observaba los palitos aparentemente sin vida. Sin embargo, en febrero comenzaron a salirles unas diminutas yemitas aterciopeladas… ¡Milagro! ¡estaban vivos!
Con sus más y sus menos, con ataques de hongos oportunistas, con cuidados y mimos, los dos salieron adelante.
Hace dos años uno de ellos fue trasladado a vivir y crecer en Asturias en un hermoso prado propiedad del padre de un querido amigo. Allí sigue, muy cerca de una bonita cabaña de madera, donde se reúne la familia en cuanto templa el aire y el sol hace brillar el verdor de ese rincón, verdadero “locus amoenus” en medio de Valdés. ¡Ojalá siga bien y pronto pueda yo comprobarlo!
El otro roblecito sigue aquí conmigo, en una maceta situada en el alféizar de la ventana de la cocina. Este pobre ha pasado mucho y siempre temo que no soporte un invierno más. Pero, como mi madre, es más fuerte de lo que parece: tiene una mala salud de hierro. Además, como ella, se mantiene erguido y muy digno en su pequeñez. Se le podría decir “alto”, sin pensar ni en proporciones ni en medidas, como decía en su poema pablo Salinas.
Otra cosa que le pasa a este roble es que tampoco le gusta estar solo. Primero fueron unas semillas de limón, que dieron lugar a tres limoneritos que hubo que trasplantar, claro está). Después fue una tomatera que amenazaba con meterse en la cocina, al igual que un par de plantas de melones que llegaron a colonizar el alféizar casi por completo. Con o sin intención, todo lo que cae en esa maceta germina con fuerza.
Ahora mismo tiene a su lado otra planta también alta, más flexible y frágil, que no tengo ni idea de lo que es. La otra mañana, al regarlas pensé: “debe de ser que no es bueno que el roble esté solo… Y más aún: tal vez no sea bueno que nadie esté solo, completamente solo”. Yo no me había dado cuenta hasta ahora. Por fin lo he comprendido. Soy dura de mollera. Él ha tenido la paciencia de repetírmelo a su manera, machaconamente, a fuerza de albergar en su “maceta de acogida” a cualquier semilla de paso que quisiera un poco de tierra donde brotar.
También me lo decía mi madre…: “vaaaale… Entendido… Ya os he oído a los dos”.

***

Otros momentos del roble:

Conuco urbano (Tanka): https://marymer.wordpress.com/2017/05/29/conuco-urbano-tanka/

Hojas de roble (Tanka): https://marymer.wordpress.com/2016/10/31/hojas-de-roble-tanka/

Ternura (Tanka): https://marymer.wordpress.com/2017/03/05/ternura-tanka/

Nigatsu ni (en el segundo mes): https://marymer.wordpress.com/2018/02/05/nigatsu-febrero/