Saltar al contenido

Espaciosidad del silencio

La espaciosidad del silencio es algo muy difícil de explicar. Se trata de una experiencia que se toca algunas veces con la punta de los dedos en un momento de claridad.
Sentada en el cojín de meditación, observando la respiración, procurando no salir volando detrás de cada pensamiento, de cada emoción y de cada sensación; en un momento precioso, me doy cuenta de la vastedad del silencio desde donde surgen y se desarrollan todos los sonidos.
Pero, realmente este silencio apenas existe. Es la posibilidad del sonido, de los rumores, de los ruidos intensos y fugaces y de los zumbidos constantes y casi imperceptibles.
La vasta espaciosidad del silencio es como la propia mente. en ella se manifiestan las imágenes, las sensaciones, los pensamientos… En fin, todos los objetos mentales que se reflejan en ese espejo desde el que percibimos la realidad, que tal vez nunca alcanzaremos a conocer.
En ese silencio poblado de sonidos, por un instante puedo asomarme al fondo de un abismo desconocido e incomprensible, pero en absoluto inquietante. Me asomo a un espacio tan amplio como el propio universo, y puedo hasta identificarme con él. es muy poco el tiempo que dura la experiencia, pero ya es una muestra de que es posible, de que es el camino por el que debo seguir avanzando.
Y vuelvo a la respiración, a observar cómo entra el aire por las fosas nasales, cómo sale lentamente, una y otra vez.
¡Qué iguales son todas las respiraciones y qué diferentes también!
Solo respirar. Respirar y observar.
Solo escuchar. Escuchar y observar.
El movimiento de la vida y de la mente se hacen patentes. Todo es irrepetible y transitorio. Yo también lo soy y no puedo sustraerme a ese flujo constante. Si lo hiciera, siquiera si lo intentase, la realidad me pondría en mi sitio, como hace con todos y con todo lo que se le resiste.
Meditar para estar en paz. No por no pensar en nada, no por dejar la mente en blanco, no por permanecer inane, sino por aprender a mecerse en el flujo de la marea de la vida sin ahogarse entre las olas.

Aguas de enero

Aguas de enero:

El tiempo se derrama

y va calando…

 

“Somos lo que hablamos” (y lo que leemos)

“Somos lo que hablamos: El poder terapéutico de hablar y hablarnos” de Luis Rojas Marcos ha sido una de mis últimas lecturas. Hace poco le escuché en una entrevista radiofónica, y me quedé con las ganas de conocer alguna de sus obras. Después de leer esta, puedo asegurar que mi intención es que no sea la única.
En primer lugar tengo que decir que me parece que el libro está muy bien escrito, muy bien estructurado y proporciona mucha información sin prolijidad ni pedantería. Desde la primera línea una se da cuenta de que quien habla sabe de qué lo hace y cómo hacerlo sin necesidad de alardear de ello. El dr. Rojas Marcos es un comunicador eficaz y amable. estoy segura de que ha sido y es uno de esos profesores que te hacen amar la materia que te enseñan. esto se nota sin saber nada de su biografía, que así lo corrobora y que puede consultarse fácilmente en Internet.
“Somos lo que hablamos” hace mucho hincapié en la importancia del discurso interno, de cómo nos hablamos a nosotros mismos y qué nos decimos.
Empieza por romper prejuicios acerca de hablarse uno en voz alta a sí mismo. Tanto hacernos creer que eso era de chalados… Pues no. Resulta que no, que es todo lo contrario. En cuanto lo leí y vi su explicación, se lo conté a mi padre, que es el auténtico paradigma de no callar ni a solas. Él ahora está cerca de los noventa años y se encuentra estupendamente tanto física como mentalmente. Es un hombre excepcional en todos los sentidos. Según el dr. Rojas Marcos, mucho de eso se lo debe a su inclinación por hablar y hablarse. El autor insiste en lo importante que es esto para que nuestro envejecer no se convierta en un precipitarse en el abismo de la decrepitud mental y física.
Rojas Marcos habla también de la importancia de los cinco primeros años de la vida en el desarrollo del lenguaje, y del peso que tiene una familia que habla frente a una familia taciturna para conformar los recursos lingüísticos y mentales de los niños. Por ejemplo, explica que es muy bueno leer a los pequeños para que aprendan palabras nuevas y crezca su competencia verbal. Pensamos con palabras, nos expresamos con palabras, las palabras son un tesoro irremplazable, un legado que nos llega al principio sin darnos cuenta.
Hoy recuerdo a mi madre, leyéndome los cuentos de Tagore cuando estaba un poco pachucha y me quedaba en casa sin ir al cole. ¡Cuánto habrá influído aquello en mis tendencias orientalistas! ¡Vaya una a saber!
“Somos lo que hablamos”, desde luego que sí. También lo que nos callamos prente a los demás y ante nosotros mismos también, por eso es importante no engañarse. Hay que hablarse con valentía, hay que comunicarse con claridad, pero también con cuidado. El dr. Rojas Marcos no lo dice, pero yo sí, y creo que él estaría de acuerdo si leyese esto: las palabras las carga el diablo y, aveces, hay que manejarlas como si fueran nitroglicerina pura.
A esto se refiere el autor en la última parte, cuando explica cómo enfrentarse a las comunicaciones conflictivas, más sugiriendo qué no hay que hacer, que dando recetas magistrales. Un buen amigo mío me dijo una vez, que “no hay buenos momentos para dar una mala noticia”. Estoy de acuerdo casi del todo, pero es verdad que hay pésimos momentos y fatales modos de hacerlo, y esta es una de las ideas que plantea el dr. Rojas Marcos. En sí, puede parecer una perogrullada, pero, si lo fuera, no habría tanto encuentro radioactivo ni tanto duelo sangriento de lenguas hirientes. Cuando hay que enfrentar un conflicto y afrontar lo desagradable hay que procurar haberse preparado antes y buscar un momento en el que uno se sienta claro y dispuesto a comunicarse de verdad.
También en el libro se repasan los trastornos del habla y cómo repercuten en la salud mental.
Me ha gustado especialmente el apartado en el que nos recomienda comunicar nuestros sentimientos a las personas que amamos y apreciamos. Esto hace más fácil la inevitable e imprevisible despedida. El dr. Rojas Marcos insiste, como los maestros budistas, en nuestro espejismo de que una relación puede ser “para siempre”. Como se decía en el cuento de Jorge Luis Borges, “Ulrrike”: “Siempre es una palabra que no está permitida a los hombres” (ni a nada, diría yo). Padres, hijos, amantes, amigos, todos todos se van y nos vamos e iremos, voluntaria o involuntariamente. Entonces estará bien, será sanador y calmante saber que hemos dicho “te quiero” o lo que fuere necesario.
El autor cuenta su experiencia al respecto, como uno de los médicos que apoyaron a las víctimas del atentado del 11 de septiembre en nueva York. También refiere varios testimonios de aquella catástrofe, en los que muchas personas, sabiendo que iban a morir, procuraron despedirse de sus seres queridos. Yo no puedo olvidar ahora aquí tantas guerras presentes y pasadas, tantos náufragos sepultados en el mar, tantos desaparecidos por las represiones de las tiranías, tanta gente cosificada con el tráfico de personas, en fin, tantos testimonios que no leeremos y que no oiremos de personas que se han ido y se irán sin despedirse, y de quienes se quedarán sin escuchar su adiós y su “te quiero”.
Como siempre, soy lo que leo. No logro hacer una verdadera reseña, sino contar lo que siento con los libros que realmente me emocionan. ¿Por qué lo hago? Pues no lo sé. seguramente para desahogar mis emociones. No para transmitirlas, porque me temo que eso es imposible, pero al menos las reflejo. La verdad de los sentimientos, las emociones y las palabras propias e íntimas se perderán como lágrimas en la lluvia… Y esto me recuerda que tengo pendiente hablar de Bruna Husky. Pero eso queda para otro rato.
¡Continuará!

 

(Hoy la banda sonora con un “toquecito de blandenguería”)

 

 

Un portazo (“Casa de muñecas”)

Un portazo da fin a una vida de purpurina y cartón piedra, y comienzo a otra inquietante, seguramente difícil, pero verdadera.
Como es de rigor, también con un portazo terminó la función de “casa de muñecas” a la que acudí hace pocos días, en el teatro Karpas de Madrid. Después, comprobando la fecha de su estreno, el 21 de diciembre de 1879, me di cuenta de que hace ya más de 140 años de aquello y, sin embargo, esta obra parece no haber envejecido.
Este texto de Henrik Ibsen es de sobra conocido, no obstante, las excelentes interpretaciones de todos los actores me envolvieron en la trama y la viví intensamente. La pequeña sala del teatro Karpas se convirtió en el salón de la casa de los Helmer.
Este portazo del siglo XXI dio fin a la representación, pero yo he seguido pensando en ella. Pensando en algunas de las palabras de Nora en la escena final, que me iluminaron como un fogonazo:

Torvald: ¡Qué injusta y desagradecida eres, Nora! ¿No has sido feliz aquí?
Nora: No, nunca. Creí serlo; pero no lo he sido jamás.
Torval: ¿No… que no has sido feliz?…
Nora: No; sólo estaba alegre, y eso es todo…

¿Se puede estar alegre sin ser feliz? Sí. En ese momento, escuchando a Nora me di cuenta de que sí, de que tal vez más de una vez una alegría instantánea hace olvidar la insatisfacción profunda, como lo harían unas gotas de anestésico contra el dolor existencial. Y esto puede ser bueno cuando la herida está muy abierta, no digo que no, pero se corre el riesgo de olvidarse de la enfermedad aliviando los síntomas, que así no van a desaparecer nunca y que  requerirán de “drogas” cada vez más fuertes, de estímulos brillantes y efímeros y de distracciones constantes.
Nora da un portazo para salir de la alegría y buscar la verdadera felicidad, empezando por encontrarse con ella misma, con ese territorio tan desconocido y tan misterioso que es la propia mente y el propio corazón.
Hoy, pensando en todo esto, me preguntaba cuántas veces habré dado un portazo para salir de una “casa de muñecas”, construida sobre todo por mí, y cuántas veces me he vuelto ha meter en otra sin darme cuenta, también levantada a mi alrededor por otros.

La tentación de refugiarse de la insatisfacción es tan grande… Pero, si te fijas bien, las paredes son tan de atrezo en las casas de muñecas que, a poco que sople el viento de la conciencia, se derrumban, te caen encima y es peor el remedio que la enfermedad: la verdad se abre paso y te ves en medio de un escenario roto y mediocre.
En fin, pensándolo bien, antes de encontrarse en una situación tan lamentable, casi va a ser mejor volver a dar un portazo todas las veces que sea necesario, salir de nuevo a la intemperie para sentir el vivificante frío de enero. Además, aquí en Madrid, en el siglo XXI y con el cambio climático, por muy invierno que sea, no se puede ni comparar con la azaña de Nora:  ¡Con lo que tendría que ser el invierno de Noruega en el siglo XIX! Y todavía más para una mujer que deja su casa, a su marido y a sus niños para ir en busca de su libertad y su verdad. Eso sí es echarle valor.


Aquella “Sangre”

 

A veces tengo la impresión de no haber cambiado demasiado. Mejor dicho, de seguir un hilo argumental muy previsible dentro de mi evolución.

Lo digo porque hay “lugares” a los que recurro y vuelvo a recurrir, como los peces en el río, que beben  y vuelven a beber. Esto me debe de  haber salido con resonancias de villancico por la cercanía de la Navidad,  pero desde luego no por lo que tengo en mente.

En concreto ahora me estaba acordando de “Los heraldos negros” de César Vallejo,  que es de lo menos campanillero y burbujeante que se me ocurre.

Este hermosísimo y profundo poema me  ha acompañado y me  acompaña desde  hace ya muchos años.  De  hecho ya he hablado de él en este blog en https://marymer.wordpress.com/2013/02/01/los-heraldos-de-la-memoria/  contando cómo lo descubrí y gracias a quién.

A finales de  septiembre, me dio por grabarme recitándolo. Mostré el resultado a alguno de  mis amigos. Me quedó tan dramático, que alguno de ellos llegó a pensar que me había sucedido algo terrible.

Suceder, lo que se dice suceder,  no había sucedido nada nuevo,  pero sí es cierto que los finales  de septiembre siempre me traen aún más vívida la imagen de mi madre. Tal vez por esta razón, poemas como “Los heraldos negros”  me envuelven cálidos y reconfortantes, porque en ellos siento la complicidad de la comprensión del sufrimiento profundo y sincero.

Comentando la  grabación, mi querido amigo José Antonio me dijo que él conservaba un poema mío, escrito hace muchos años e inspirado en “Los heraldos negros”. Yo no lo recordaba en absoluto.

Y, hace unas semanas, compartiendo un chianti, me emocionó leyéndomelo. Ahí lo recordé. Aunque creía no conservarlo,  resulta que sí, que tenía una versión llena de borrones,  que he terminado de transcribir hace un rato.

No puedo datarla exactamente,  pero,  por la fecha de  otros escritos cercanos, debe de   ser de finales del 90 o principios del 91. Es pues un  poema de juventud, seguramente lleno de errores, pero impregnado también de sinceridad, de la expresión  de  un sufrimiento profundo,  de los que arraigan con  fuerza en  el corazón y en la mente.

Este es.  Se  titula “Sangre”:

 

 

La sangre a veces se come con pan y cebolla.

La sangre a veces se convierte en vino y se bebe.

La sangre adentro es vida. La sangre afuera es muerte.

 

 

Sale y entra. entra y sale.

Trae y lleva. Lleva y trae.

 

 

semovíarápida

a ho ra len ta

Se parará

 

 

 

se secará y será negra y dura como el alma atormentada y vieja que se come las costras prematuras

que anuncian el final ineludible y plástico

del rojo

que aún crepita en cada “Pequeña Muerte”,

en cada emoción azul,

en cada latigazo de fuego en las entrañas,

en cada recuerdo ineludible y en cada deseo eludido.

 

 

Lejos……Lejos………Lejos…………

 

 

Trae y lleva. Lleva y trae.

Y se para lejos, demasiado lejos…

 

 

No se puede esperar tanto.

¡Hay que hacer una estación porque el túnel definitivo aún no se ve!

 

… Y no sé por qué seguía esperando.

No entiendo cómo puedo seguir esperando.

No sabré siempre por qué tendré esperanza hasta nunca.

 

 

Y, sin embargo, continuaré espectante

mirando de frente

de cerca

de pie

 

EL SOL DEL MEDIODÍA

 

 

Y no sé por qué ni cómo me crecerán las alas ignífugas

que me llevarán hasta el mismo centro de la muerte abrasadora.

 

Y seré feliz porque arderán mi pelo y mis manos

mi boca y mi pubis

mis piernas  y mi vientre

mi pecho y mis ojos.

 

 

Bajo las alas

quedarán mis huesos alcalinos brillando

in-ter-mi-ten-tes

deteniendo el tiempo y la luz

porque sí.

 

https://www.dropbox.com/s/zrlkttgipg8zjbt/Los%20heraldos%20negros.m4a?dl=0

 

Y aquí el enlace a la grabación que devolvió este poema al presente.

Gracias,  José Antonio.

Aki no haiku (Haiku de otoño)

últimamente estoy pensando en que no hay mucho tiempo para la perfección. Lo digo porque mi deseo de hacerlo todo bien, o más que bien, a veces me inmoviliza.
A continuación dejo todos los haiku otoñales que conservo de los que he escrito hasta ahora. No son perfectos, no son especiales, pero son, y deseo compartirlos con quienes querais leerlos.
Gracias.

 

 

  1. Hojas de roble

 

Ayer cayeron.

Siempre acaban cayendo.

Hojas de roble,

el terciopelo firme,

hoy tan frágil, se quiebra.

 

 

  1. Otoño urbano

 

El viento os llama

grises nubes viajeras.

Brilla el asfalto.

 

 

  1. Mild und leise

 

Suave y tranquila,

confunde las lágrimas,

agua de septiembre.

 

 

  1. Sol de otoño

 

Cubre su audacia

con un manto de nubes

el sol de otoño.

 

 

  1. Lluvia de hojas

 

Las hojas secas

van cayendo, sin peso,

sobre la hierba.

 

 

  1. Tarde de lluvia

 

Cuán dulcemente

los hierros del balcón

van goteando.

 

 

  1. Casi invierno

 

Burlete viejo

que tiembla en las rendijas,

si no hay abrazos.

 

 

  1. Kanashimi ni sayoonara

 

Grises nubes viajeras

el viento os llama.

Destellos en el aire.

¡Voz del amigo

disipa la tristeza!

 

 

  1. Un beso en la frente

 

Los nubarrones,

con un beso en la frente,

salen volando.

No es virtud de los labios,

es la luz de la frente.

 

 

  1. Con L de gardenia

 

Las flores secas,

presas entre páginas,

renacen frescas,

con olor a gardenias

y tintes de violeta.

 

 

  1. Otoño clandestino

 

Vuelve el otoño,

amante clandestino,

noche tras noche.

 

 

  1. Pasos sobre las hojas

 

Llega el otoño,

con su paso sereno,

sobre las hojas.

 

 

  1. Oscuras golondrinas

 

Los meses pasan,

y con las golondrinas

se van los años.

 

 

  1. Aki no ame

 

Dentro de casa,

al amor de los sueños:

ruido de lluvia.

 

 

  1. Mermelada

 

En la encimera,

mermelada aún caliente:

vida de otoño.

 

 

  1. Empapados de otoño

 

Hoja a hoja,

el alma del otoño

nos va calando.

 

 

  1. Otoño clandestino

 

Vuelve el otoño,

Amante clandestino,

Noche tras noche.

 

 

  1. Lluvia fría

 

Envejecemos,

pero la lluvia fría

aún me estremece.

 

 

  1. Rosas de otoño

 

¿Con tantas flores,

septiembre habrá creído

que es primavera?

 

 

  1. Mis hojas

 

Cosas de otoño:

revolver los armarios,

soltar mis hojas.

 

 

  1. El viento

 

Solo es el viento.

Parecía algo más…

Solo está el viento.

 

 

  1. Sueños de lluvia

 

Sueños de lluvia,

sin querer despertar.

Rumor de otoño.

 

 

  1. Gotas de luz

 

Ante mis ojos

luciérnagas diurnas

de luz dorada.

 

 

  1. Joyas de otoño

 

Tardes de plata,

mediodías de oro:

joyas de otoño.

 

 

  1. Impermeable azul celeste

 

Fría llovizna

sobre mi impermeable

azul  celeste.

 

Soltar mis hojas

Cosas de otoño:

Revolver los armarios,

soltar mis hojas.

 

 

Vestirse de otoño es desvestirse de muchas  cosas. Por eso cada octubre me hace tanta falta enfrentarme a lo que he ido arrastrando durante meses y años “por si acaso” o por no deshacerme de bellos objetos cargados de recuerdos.

Sin embargo, sé que habría que dejar partir todo, dejar que cayesen todas las hojas y quedarse con el tronco desnudo y limpio, como en cueros.

Aun así, cuando meto en bolsas tantas prendas que me han acompañado, abrazado y acariciado, me queda una sensación extraña. Es una mezcla de liberación y culpa. Algo se me revuelve. Hay un miedo a dejar ir lo que tal vez necesite un día que no llegará, a perder aquellas prendas que mi madre cosió para mí, puntada a puntada, que ya no me valen, que ya no son para este cuerpo, que ha cambiado lenta pero decididamente, porque está envejeciendo.

soltar esas prendas, meterlas en bolsas y dejarlas en manos de personas desconocidas, que nada saben de lo mucho que significan,  me da vértigo y, al mismo tiempo, me libera.

De una vez por todas, quiero gritarme  que no tengo que luchar por ser aquella joven. No volveré a serlo, ni con su ropa ni sin ella. Mi madre no volverá a coserme mis diseños y no volveremos a discutir por un centímetro de más o de menos.

Es octubre y se me van cayendo las Hojas de las manos, de los brazos, de todo el cuerpo y así, solo así, es como debo vivir mi otoño. Aunque tenga mucho miedo a quedarme tan desnuda y a la intemperie, he comprendido por fin que es el único modo sincero de seguir el ciclo de esta vida.