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Natsu sayoonara! (haiku y tanka)

Aunque aún queda verano, para mí septiembre ya es la puerta del otoño y la de un nuevo ciclo. El verano me sigue pareciendo un paréntesis para pensar qué dirección tomar, si es que hay que cambiar el rumbo, o cómo continuar con el que ya se había emprendido.
Por eso hoy publico aquí los haiku y tanka de verano, incluyendo todos los que he compuesto hasta ahora. Sé que, en adelante, los que vengan serán otoñales, porque es así como me siento ya.

 

 

 

1. Chamberí sin ti (1)

En el balcón,
sin el canto del grillo,
arde la noche.
¿Se habrá cambiado el rastro
de la estela lunar?

2. Chamberí sin ti (2)

¿La estela lunar
ha cambiado su rumbo?
En el balcón,
Los ruidos son silencio
Sin el canto del grillo.

3. Estrella de agosto

Llega hasta el cielo
el fuego de las calles.
Noche de agosto:
se funde una estrella,
fugaz como el deseo.

4. Paisaje

Amaneciendo,
la ribera está en calma.
Estanque de miel.

 

5. Extraños en la noche

Por un encuentro,
el grillo solitario
bate las alas,
Perforando el silencio
de incansable deseo.

 

6. Luna de otoño

Luna de otoño,
reflejada en el sueño.
Y aún es verano.

 

7. Arena

La arena blanda
rendida se disuelve
en el oleaje.

 

8. Tanabata

Vuelan las grullas
sobre el amanogawa
¡Qué larga espera!

 

9. brisa de agosto

En cada brisa
se añoran los membrillos.
aún es agosto.

 

10. Sombra de verano

Desde esta sombra,
parece aún lejana
la lluvia de hojas.

 

11. Mañana de agosto

Por la mañana,
notas de aroma a otoño…
Se está acercando.

 

12. De manhã

Muy de mañana,
renace la frescura.
Tan efímera.

… Y el blando abrazo
de una colcha ligera.
Amaneciendo.

 

13. Ola traviesa

De pronto avanza…
¡¡¡Y empapa los tobillos!!!
Ola traviesa.

 

14. Sin despedidas

Este verano
también se irá de pronto,
sin despedidas.

 

15. Tormenta de verano

Tras tanto sol,
siempre acaba por brillar
una tormenta.

 

16. Tormenta seca

Vanas promesas
en el olor a lluvia…
Lluvia sin agua.

 

17. Olor a lluvia

Olor a lluvia
acariciando el pelo.
Es una promesa.

 

18. Nostalgia de otoño

En cada brisa
se añoran los membrillos.
Aún es agosto.

 

19. Alpargatas

Van de paseo
las alpargatas nuevas.
¡Y yo con ellas!

 

20. Regreso

De vuelta a casa,
bajo mis pies descalzos,
madera tibia.

 

21. Canto nocturno

Noche de julio:
Yo canto en el balcón.
El mirlo duerme.

 

22. Persiana

Noche de agosto:
la persiana enrollada y
tomando el fresco.

 

23. Insomne

La luna llena
me envuelve el cuerpo insomne.
¡Vueltas y vueltas!

 

24. De par en par

De par en par,
añorando el otoño,
Que ya presiento.

 

25. Jam sesion

Aguas de agosto:
toca un solo de gotas
sobre la chapa.

 

26. Septiembre

 

En la cartera
olor a libros nuevos.
¡Por fin septiembre!

 

 

 

Esta canción, da lo mismo el mes en que la escuche, me transporta al final de un verano, tan envuelto en la bruma del olvido, que hoy no podría aventurar cuál fue. Pero eso hoy ya no importa. Una tarde de septiembre, la escucharía con nostalgia y esperanza, y así se me ha quedado impresa en el corazón, indiferente al significado concreto de las palabras.

¡Adiós, verano!

 

 

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“Storm” (Jam session)

Aguas de agosto:
Toca un solo de gotas
contra la chapa.

Tardes tormentosas de agosto.

Dan ganas de abrir todas las ventanas, de empapar la casa y empaparse del agua tibia y del sonido de la tormenta.
Es una auténtica jam session con un increíble encadenamiento de improvisaciones magistrales.

Sobre la base suave del roce de los neumáticos sobre la calzada y el rugido de los motores que van y vienen, súbitamente golpea el aire el gran trueno que rompe la inercia y rompe el dique de la tensión: ¡Comienza!
Los gruesos goterones caen primero distanciados, con una cadencia lenta, ligera. Pero en unos pocos minutos el solo de gotas crepitando arranca con fuerza sobre las hojas, las persianas, las chapas de los aires acondicionados. ¡Es un solo vibrante, eléctrico, que despierta los nervios embotados por el calor de tantos días!
El asfalto mojado intensifica el rumor de las rodadas en un oleaje de escobillas rozando la calzada. Ese rumor calmante, hipnótico, poco a poco, se va intensificando; se une armoniósamente al sonido de los motores vibrantes… ¡Es su momento! Comienza un solo intenso. Ya no son las olas suaves de una playa tranquila, sino el clamor del acantilado.
Y no dejan de intervenir las gotas, que siguen golpeando, manteniendo y cambiando el ritmo a cada instante, dibujando la melodía de la lluvia.
De nuevo, otro trueno poderoso, rotundo, cambia los tiempos. Y así se va desarrollando esta jam session única, irrepetible, sin que nadie la grave y la enlate jamás.

Con su acompañamiento de voces, risas, pisadas rápidas, golpes de claxon el encuentro fortuito se llena de vida. Y todo, absolutamente todo es perfecto. ¡Magistral!

En qué pienso cuando leo “De qué hablo cuando hablo de escribir”

Antes de ponerme a escribir suelo darle vueltas a la cuestión de si tiene sentido hacerlo o no. Es una pesadez: llevo décadas planteándome lo mismo. Ya en un cuento que escribí con poco más de veinte años, “Amada palabra”, las primeras frases giraban entorno al mismo asunto.
Aún así, a trancas y barrancas, he seguido escribiendo. Por algo será…
Agradezco de todo corazón que otras muchas personas, algunas de ellas tan inseguras o más que yo (y con menos razones para serlo), hayan tenido la voluntad y la valentía de escribir y publicar lo escrito. Porque sin libros, la verdad, no sé que habría sido de mí. Vivir, claro está, habría vivido, pero no sé cómo y no me puedo ni imaginar qué sería de este yo, tan construído (y a veces tal vez casi destruído) por la Literatura.
Hace poco he leído “de qué hablo cuando hablo de escribir” de Haruki Murakami. Me ha resultado, además de inspirador, verdaderamente simpático. Esa manera de contar sus impresiones y sus experiencias, sin afectación, la reconcilian a una con la cotidianeidad o la sencillez. Pero, no confundamos, no con la “normalidad”, por supuesto, que esa me da
Escalofríos (será por el temor a lo desconocido…).
Por otra parte, también me identifico con esa visión suya tan alejada de los ideales neoliberales de éxito, eficacia y triunfo, que tan de moda están y que, hasta la izquierda más izquierdosa, parece haber asumido como buenos y deseables. En este libro Murakami aprovecha para tirar unas cuantas pullitas contra los nacionalismos, la obediencia reverente a la jerarquía y la completa disolución del individuo en la comunidad.
En “De qué hablo cuando hablo de escribir” no solo se cuenta una experiencia de escritor, sino una manera de ver la vida con la que coincido en gran medida. Haruki Murakami se declara como persona individualista y, de algún modo, reivindica el derecho a esa manera de ser en una sociedad tan rigurosa como la japonesa. En ella el valor de la comunidad está muy por encima del individuo, hasta casi anularlo y asfixiarlo. Esto, según el autor, se puede justificar y entender en un momento de grave crisis, como sucedió en Japón tras la Segunda Guerra Mundial; pero él expone que, superado ese duro periodo, una sociedad sana y evolucionada tiene que poder dar espacio para desarrollarse de manera equilibrada tanto a lo que se refiere al bien común como a lo tocante al individuo.
La lectura de este libro me ha dado impulso para seguir escribiendo. No sé por qué, pero sí para qué: para comunicarme. Como en estos momentos, a veces necesito el silencio de los labios, pero se me desbordan las palabras desde la punta de los dedos. Y no me sirve con anotar y guardar, necesito publicar, por eso mantengo ya durante siete años este blog. Me siento muy agradecida a todos los que lo leen porque, sin lectores, aunque sean potenciales, creo que no me animaría a escribir.
Como decía en “Amada palabra”, para mí la escritura es un acto de amor, porque supone confianza, entrega y, por supuesto, comunicación. Si hablo de escribir, hablo de expresar, de enviar un mensaje. Muchas veces he pensado en este blog como una de esas botellas que se lanzaban al mar con una carta dentro. Hasta dónde llegue o quienes puedan terminar por leerla es un misterio y una sorpresa, como lo es la propia vida.
Hay momentos de tristeza serena y fructífera, momentos llenos de “aware”, en los que no apetece despegar los labios, pero sí despegarse del suelo y trasladarse a otra realidad más allá de la encerrada en los límites cotidianos y asumidos. Para esto me han servido y me sirven los libros que leo y, a veces, cuando venzo el pudor, también las palabras que lanzo al océano de Internet metidas en esta botella.

https://marymer.wordpress.com/2015/09/23/amada-palabra/

 

Murakami siempre habla de música en sus libros, así que aquí dejo un enlace a uno de sus referentes, Thelonious Monk, que también me gusta mucho. Se ve que tenemos debilidades parecidas… Coincidimos hasta en lo de no poder resistirnos a una cervecita que tal vez sería mejor evitar.

Kokoro no haiku

En esta entrada transcribo algunos haiku compuestos por mí. Ya el año pasado hice una recopilación de todos los que llevaba compuestos. Los dividí en seis grupos: Primavera, verano, Otoño, Invierno, Kokoro y Dharma. Estas dos últimas categorías son un tanto vagas, por decirlo de algún modo. en ellas no hay referencia clara a ninguna estación del año.
En “Kokoro” (“Corazón”) agrupo los haiku en los que siento que predominan los sentimientos y las emociones. No es que en los otros no existan, es más, creo que en algunos tienen todavía más fuerza que en estos; pero en el momento de clasificarlos necesitaba algún criterio en el que apoyarme.
El año pasado, en un archivo descargable, publiqué aquí todos los haiku que tenía escritos y recopilados hasta el momento. Hoy ya hay algunos más, y esta vez he decidido irlos publicando directamente en la entrada y por categorías. Así me parece que resultan más accesibles y fáciles de encontrar para quienes quisieran leerlos.
Pido disculpas por la repetición de alguno de ellos, pero en una recopilación que pretendo completa, esto resulta inevitable.
A continuación los haiku de “KOKORO”.

***

1. Poema de la mañana (1)

Noche brillante
Dibujando en el día
Íntimos trazos.

2. Poema de la mañana (2)

Pincel de aire
dibujando en la seda
voces de fuego.

3. Amistad

Como proa de luz,
al abrirse la puerta:
Una sonrisa.

4. Torrenciales corrientes

So la ladera
torrenciales corrientes.
Cumbre anunciada.
Tú, infinito Cielo,
yo, sólo Tierra.

5. Aroma de sueño

Aroma de piel
enredado en el pelo.
¿Perfume o sueño?

6. Nostalgias

Ofrendas de amor,
de perfumes y flores.
¿Dónde estarán?
No hay pétalos ni aromas
flotando en el espejo.

7. Koan del recuerdo

“¿Cómo se siente el beso
si ya no hay labios?”…
De las canciones vuelve
en ecos la respuesta.

8. Sol de la noche

Hiruma mo Iyuu
anata no namae wo
yoru no hi wa.

También de día
ella dice tu nombre
sol de la noche.

9. Arena

Arena dorada
en las manos abiertas:
ofrenda de sol.

10. Rosa

Hay una rosa
de terciopelo rojo
y vive sola.

11. Pies de espuma

Sobre la almohada
baila una sirena
con pies de espuma.

12. Cuarto menguante

Detrás del biombo,
con su kimono blanco,
se está escondiendo.

13. La lavadora

La lavadora
se me ha echado a llorar…
¡Qué desconsuelo!

14. Versos en sepia

Versos en sepia:
Recuperar el tacto
de aquellos labios…

15. Silencio…

Como una estrella,
en medio del silencio,
¿nacerá un verso?

16. Olor del sueño

La cama abierta.
El viento se lleva
el olor del sueño.

17. Suelo frío

Después del sueño,
con los pies en el suelo,
se siente el frío.

 

Mi Vecino Pere

Tal vez me equivoque, pero supongo que ya quedan pocas personas que mantengan una agenda con números de teléfono y direcciones además de la que incluyen los teléfonos móviles. Aunque no con regularidad ni de manera rigurosa, yo sí la he ido manteniendo, y me he dado cuenta de que en ella las anotaciones permanecen más tiempo, como si no estuvieran sujetas a los vaivenes de la vida.
Anoche borré el contacto de mi Vecino Pere. Pongo Vecino con mayúscula porque no creo que nadie pueda llegar a ser más vecino mío de lo que lo fue él. Hace ya casi veinticinco años que vivió durante tres o cuatro meses en el apartamento que estaba justo al lado del mío y, desde entonces, siempre me siguió saludando con su “¡Hola, vecina!”.
Pere, tras esos meses en Madrid, volvió a su Barcelona y más tarde marchó a vivir a Mallorca, donde falleció la semana pasada. Durante todos estos años no nos hemos encontrado muchas veces, pero sí algunas, tanto aquí como en Mallorca. No obstante, hemos hablado mucho por teléfono. Siempre mantuvimos el contacto, y debo decir que me he visto especialmente distinguida por su amistad y su confianza durante todos estos años.
Pere tuvo una vida difícil y un carácter complicado. Era un hombre en conflicto que sufrió mucho por ello. A veces me resultaba muy difícil seguir su discurso y escucharle verdaderamente. Ahora pienso que tal vez podría haberlo hecho más y mejor. Siempre parece que se podría haber dado más cuando ya no hay nada que hacer.
El martes de la semana pasada hablé con él por última vez. Me dijo que estaba ingresado para que le realizasen unas pruebas, pero que estaba bien. Su voz me sonó especialmente dulce y tierna. Reconozco que eso me inquietó. No sé cómo explicarlo, pero, siempre que he escuchado a una persona enferma hablar con esa “musicalidad”, ha sido indicio del final. Es como si toda la ternura y todo el amor se concentrasen en la entonación de las frases más sencillas y triviales, como si adquiriesen una dimensión especial porque algo sabe que quedan pocas cosas que decir y poco tiempo para decirlas.
Intenté volver a llamarle, pero los días siguientes saltaba siempre el contestador. Miraba la hora y el día en que se había conectado por última vez al WhatsApp, y el resultado siempre era el mismo: el martes a las 20:33. Ayer ya no pude más y me puse a llamar a todos los hospitales de Mallorca en busca de noticias suyas, pero no tuve éxito alguno. Al fin, me rendí a lo que suponía. Pasadas las once de la noche, llamé a la funeraria municipal. Tuve la inmensa suerte de encontrarme con un empleado sensible y considerado, que me dio la noticia con delicadeza, a pesar de las normas. Nunca se podrá imaginar lo que se lo agradeceré siempre, porque no tenía ningún otro modo de saber de mi siempre Vecino Pere.
Después de un rato de dar vueltas por la casa, necesitaba hacer algo. Consulté otra vez el teléfono. Me pesaba el chat abierto inútilmente y, aunque dudando, me decidí a borrar el contacto de Pere de la lista.
En estos últimos años me he visto otras veces en la penosa situación de hacer esto mismo y por las mismas razones. Siempre me cuesta. No sé cómo explicarlo, pero casi lo siento como un desaire o una desconsideración.
Pero en la otra agenda, la que crece libre del teléfono móvil, que permanece ajena a los ajetreos de la vida, los nombres y los teléfonos perduran porque no son enlaces a ninguna red telefónica, sino a la luz de la memoria y del corazón.
De vez en cuando, pero mucho más de vez en cuando, reviso también esa otra agenda. Tarde o temprano el nombre de Pere y su número de teléfono desaparecerán de ella, pero aquí y ahora queda grabado mi recuerdo, mi cariño y mi amistad de Vecina hasta en la distancia más grande que nos marca la vida cuando abandona el cuerpo.
Así que, Pere, ni siquiera por estas dejaremos de ser siempre Vecinos.

“Las calculadoras de estrellas”

la verdadera protagonista de esta novela es Maria Mitchell. En “Las calculadoras de estrellas” de Miguel Ángel Delgado, a pesar de su título, de lo que menos se habla es de aquellas mujeres que catalogaron miles de estrellas, contratadas en pleno siglo XIX por la universidad de Harvard, a petición y bajo las órdenes del profesor Pickering.

A estas mujeres, a las que dejaron entrar a regañadientes en ese mundo de hombres, se les pagaba mucho menos que a ellos y en muchos casos, además, les birlaban sus trabajos de investigación (que salían rubricados con nombre masculino). Y, para acabarlo de arreglar, las ridiculizaban llamándolas “el harén de Pickering” y menospreciando sus descubrimientos, como sucedió con el de Cecile Payne, que llegó a la conclusión de que las estrellas estaban formadas de hidrógeno. Cosa que se tomaron a guasa los listillos de entonces, pero, mira por dónde, al final resultó ser verdad.

Después de leer esta novela, que en realidad es una deliciosa biografía de Maria Mitchell, muy bien novelada, desde mi punto de vista, una se queda con las ganas de saber más, mucho más acerca de aquellas mujeres a las que se contrató para catalogar las estrellas, porque sus antecesores masculinos en esa tarea habían fracasado estrepitosamente. Parece que el director del proyecto, el mencionado profesor Pickering, al comprobar los malos resultados de su equipo de varones, dijo que eso era capaz de hacerlo su criada.

La tal criada era Williamina Fleming, que lideró el grupo de calculadoras, que realizaron con éxito su cometido y más. Porque, en principio, la idea era la de contratar mujeres que trabajarían de manera más minuciosa y no se pararían tanto a pensar como los hombres. Vamos, que Pickering no es que fuera un feminista, es que pensaba que el trabajo era fácil: medir, apuntar y no pensar, “cosa de mujeres”.

Pero, sorprendentemente a ellas les dio por pensar e investigar, pero no pudieron destacar con sus magníficos hallazgos como lo hubieran hecho de ser hombres. ¡Hasta ahí podíamos llegar!

En fin, solo hacia el final de esta novela de Miguel Ángel Delgado es que se nos presenta el surgimiento de este grupo de mujeres, pero antes de eso hemos disfrutado de ver como aquella niña, Maria mitchell, nacida en una familia cuáquera, en Nantucket, el 1 de agosto de 1818, crece, estudia y se convierte en la primera profesora universitaria de astronomía de Estados Unidos.

 

Mascarilla de carité y sésamo

Aunque en este blog he publicado más de una receta de cocina, lo cierto es que cocinar no me gusta demasiado ni tampoco comer.
Todos los asuntos relacionados con la alimentación me parecen un engorro. Mi madre decía que, con lo que ha avanzado el mundo, cómo no hay ya un “algo” que sustituya a la comida para no tener que andar con estos trajines.
En fin, hoy voy a volver a poner una receta, pero esta vez el resultado no es ninguna cosita rica para comer, sino una mascarilla de belleza. Originalmente la pensé para el pelo, pero la he probado también en manos y pies y ha dado un resultado magnífico.
La Idea surgió porque, al abrir un cartón de huevos, me encontré con que había dos rotos. Para no tirarlos se me ocurrió preparar un tipo de mascarilla nutritiva para el cabello que yo me aplicaba hace más de veinte años. La versión que hice anteayer es más completa y ha quedado mucho mejor. Paso ahora a contar los ingredientes:

–2 huevos
–media tacita de manteca de carité
–una tacita de aceite de sésamo.
–una cucharadita de bicarbonato
–media cucharadita de cremor tártaro

Como si fuese a hacer una mahonesa he puesto en el vaso de la batidora los dos huevos, la manteca de carité derretida, el bicarbonato y el cremor tártaro. He comenzado a batir con movimientos suaves de arriba a abajo y la velocidad del motor al máximo. Poco a poco he ido añadiendo aceite de sésamo hasta comprobar que la mezcla tomaba la consistencia de una mahonesa bien cremosa. Finalmente he puesto el resultado en un tarro de cristal y lo he dejado en el frigorífico. Al enfriarse del todo, la mezcla queda mucho más consistente que la de una mahonesa normal. Diríamos que se parece más a cualquier crema consistente de cosmética.
Como decía al principio, la primera prueba ha sido con mi pelo, que es muy liso y fino (para mi gusto demasiado), y el resultado me ha sorprendido muy gratamente. Me he aplicado la mascarilla y la he dejado actuar media hora. Después me he lavado bien el pelo, que ha quedado con más volumen, brillante y suelto.
En cuanto a manos y pies, he hecho lo mismo. como mi piel es más bien seca, he dejado la mascarilla actuar durante quince minutos. Después la he retirado con agua fresca, y la piel me ha quedado suave y “jugosa”.
Seguiré haciendo pruebas, por si encuentro otras aplicaciones. En todo caso tengo que avisar, para quien no lo sepa, que la manteca de carité no es de lo que mejor huele… pero una vez retirada de la piel no deja ningún tipo de olor.
La idea de incluir bicarbonato viene de intentar estabilizar y conservar la mezcla. El cremor tártaro lo puse por sus propiedades como impulsor, y desde luego no me arrepiento en absoluto a la vista del resultado.

Y, para ambientar, la música de hoy ha tenido que ser de “Hair”, con el guapísimo y rompedor George Berger (Treat Williams) bailando sobre la mesa con su melenaza de hippie. ¡Ay!…

Tarde de arena

horas de arena, lánguidas y suaves, desgranándose silenciosamente al ritmo constante del peso de una lágrima sin causa ni propósito.
Como un río de lava espesa y ardiente, el tiempo de la tarde de verano avanza sin rápidos ni torrenteras, pero inexorablemente se lleva cada valioso segundo mucho más deprisa de lo que parece. Disuelve sin estrépito los diques frágiles de vagos proyectos y buenos propósitos.
Pero no tiene importancia alguna. Los brumosos pensamientos se mecen con el balanceo cadencioso de un dulce aburrimiento sin culpa, porque todo está ya hecho.
Ya los pomelos y las rosas se han fundido en un solo fruto dulce y amargo. El astro rosado y amarillo ilumina el planeta del paraíso. llueve néctar sobre los labios. Bajan goteando estrellas doradas por la garganta, por el pecho y tintinean en el vientre.
Horas de arena finísima, instantes ingrávidos que se cuelan y se pierden entre todas las rendijas. Así, el tiempo vuelve al tiempo. será que no es de nadie. Ni se pierde ni se tiene, si acaso se habita fugazmente, aunque en alguna tarde de verano, ardiente y engañosa, pueda parecer lo contrario.

¡No sin mi bolso!

El primero se lo regalaron a los siete años, y todavía lo conserva. Se trata de un bolsito de paja, que entonces no parecía tan pequeño como ahora. Forrado por dentro con un plástico estampado con florecitas, con un botón alargado de madera como cierre, guarda desde hace más de cuatro décadas una colección de muñecos recortables. Cada uno está en su sobre de plástico, con su nombre en un cartoncito (Sonia, Nacho…) y sus vestidos. Los sobres los hizo también ella misma, uno por uno, recortando y cosiendo bolsas de Simago.

Mirando ese volso y su contenido, se podría pensar que la niña era cuidadosa en extremo con sus cosas y mañosa con las labores,  pero no era para tanto. La verdad es que no tenía ni paciencia ni habilidad para los “trapitos” de muestra de costura que las niñas tenían que hacer en el cole. Era una tortura, puntada a puntada, la fila de vainica doble, el punto de cruz y todo lo demás. Aquellos trapitos le quedaban a ella como verdaderos trapajos, manoseados y apretujados de puntadas nerviosas y agarrotadas.

Cosa distinta a aquel rollo de las labores era dibujar y pintar. Ahí su imaginación podía volar más allá de esta estrecha galaxia y del corto tiempo vivido. Así que su madre, que lo sabía,  le hacía los deberes de las labores (y no solo esos…), para que ella pudiera dedicarse a dibujar sus mundos y sus personajes.

Y, volviendo al bolso, ¿qué llevaría en él? Pues un estuche de plástico con un peine y un espejo a juego, de esos que se estilaban en los años setenta, de color rosa caramelo. ¿Quién no tuvo uno de aQuellos peines y espejos cuadrados, con las puntas redondeadas y mango ancho. Esos peines de púas largas y frágiles enseguida estaban mellados.  Daba tristeza verlos así, tan radiantes de color y siempre rotos. Los desperfectos son más ofensivos en las cosas alegres y llamativas, como un rostro hermoso y dulce desencajado por la pena.

También llevaría en él pulseritas de colores, rotuladores Carioca, pasadores y diademas para el pelo y, por supuesto, algún cuento troquelado como la joya más brillante del tesoro.

¿Con qué ocasión y quién le regaló el bolsito? Da lo mismo. Quién sabe. Lo importante es que aquello significó un cambio importante: a partir de ese momento la niña era responsable de llevar y cuidar “sus cosas”. Tener un bolso la elevó al rango de “persona independiente” y claro que ella le otorgó un gran valor a aquel objeto.

A cualquier sitio la niña iba con su bolso. Se acostumbró a no descuidarlo. Casi lo transformó en una parte de su anatomía para el resto de su vida. Con el tiempo, el bolso fue tomando otras formas, colores, tamaños, de acuerdo con las circunstancias.

Desde luego la cartera del cole también era importante para ella. Cada septiembre estrenaba una, y esa era la verdadera campanada del inicio del año. ¡Qué sensación tan intensa y maravillosa la del aroma de los libros nuevos, desencadenado por un torrente de Hojas entre los dedos!

Pero, aunque la cartera pudiera parecer una especie de bolso, no llegaría nunca a su categoría, porque (¡Ay, la vanidad!) todos los niños y niñas llevaban sus carteras; sin embargo, no todos tenían bolso… Eso era solo para chicas y, además, para “chicas mayores”, lo que elevaba infinitamente el rango social de la propietaria. No obstante, es cierto que tuvo alguna cartera especialmente preciosa. Aquella roja con el broche plateado era digna de la protagonista de una aventura literaria.

Y la infancia se la pasó así: de curso en curso y de cartera en cartera; y también guardando a veces  sus tesoros en algún cabás, con forma de cofre mágico con su llave y todo.

En el presente no queda ni una sola célula de aquella niña en la mujer que escribe, pero tiene una vaga conciencia de ser la misma persona. Aquellas manos que dibujaban con destreza y cosían con desgana no son estas que ahora teclean y, al mismo tiempo, misteriosamente parece que sí que lo son. Unas manos niñas madres de unas manos adultas. ¡Qué paradoja!

Con los bolsos pasa lo mismo, aquel pequeño bolso, ahora guardado en una maleta en el altillo, es el antecedente, el precursor de todos los demás.

Al contar la historia propia hay tentaciones de maquillarla, hay necesidad de olvidar y de omitir. Sin embargo, si se cuenta cómo fueron los bolsos, lo que contuvieron y lo que, con el tiempo, se dejó fuera de ellos, el ejercicio de sinceridad es inquietante. Es fácil hablar del bolso de la infancia, de la cartera o del cabás, ¿pero qué pasará más adelante?

 

 

https://www.youtube.com/watch?v=m1vVTLa5G3g

 

 

Luz de atardecer

La luz del atardecer es la luz perfecta. Los colores no brillan estridentes ni se confunden con las sombras. Siempre debería estar atardeciendo.

Los sonidos del día se van amortiguando. Se siente cómo se aproxima el final de la jornada, el descanso, la calma de la soledad.

Al atardecer se suavizan las aristas del mundo y el alma se predispone a reconocerse. Haría falta prolongar los atardeceres y reducir las horas de claridad inequívoca, de sombra inequívoca.

Los tiempos intermedios son los que permiten conocerse, encontrarse. Esos momentos son en los que el corazón y los razonamientos se superponen; y hasta llegan a confundirse los miedos con las esperanzas.

Sin esos tiempos intermedios no habría dudas ni sueños que removieran las raíces de las plantas artificiales que crecen en el pecho y se extienden hasta el rostro, ocultando la ternura del miedo y la tristeza de la soledad.

Además, al atardecer ya no hay tiempo para perder el tiempo. Eso se sabe con certeza al inicio de cada día, pero absurdamente se ignora, hasta que se siente la premura inevitable del ocaso.

Entonces, justo entonces, la luz es perfecta, las formas son nítidas y los colores puros. Todo despierta para volver a dormir… a despertar y a dormir… a despertar y a dormir…