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escena de interior

Si hubiera que describir un andén del metro de Madrid a una persona que no lo conociera en absoluto, que jamás hubiera bajado allí, supongo que sería necesario explicar su estructura básica, sus accesos, los materiales de los que está hecho, sus carteles publicitarios, su mobiliario, etc. Habría que contar todo eso, y añadir referencias a los sonidos, los olores, la temperatura, los colores, el ambiente en general…

Todo eso sería imprescindible para una descripción objetiva. Sin embargo, sólo con eso no podría hacerse una idea completa y cabal de lo que realmente es, de cómo se vive y se siente ese lugar.

Por ejemplo, sean cuales sean los grados centígrados que pueda marcar un termómetro de ambiente dentro de un andén cualquiera, la temperatura subjetiva que se siente allí es baja. El metro es un lugar frío. No importa que haya una madre con su niño, una pareja besándose, o dos dulces ancianitas esperando la llegada del tren. Da lo mismo, es un lugar inhóspito, que no se presta a evocaciones líricas o románticas.

Un Andén puede estar pintado del color que esté, tener azulejos de colores y estar lleno de llamativos carteles publicitarios y pantallas donde se proyectan estridentes vídeos. Es indiferente: un andén del metro es un lugar que inequívocamente se puede calificar de “gris”.

Cuando hay que pasar bastante tiempo de la vida en estos sitios, uno aprende a estar en ellos sin estar. La escena del interior de la tierra, del subterráneo de la ciudad está también llena de otras escenas que casi nunca se comparten, que son completamente individuales, porque se viven en el interior de cada uno, mientras se espera la llegada del tren.

Esas escenas íntimas a veces no tienen ni la más mínima conexión con el entorno frío y gris. Es como si esa presunta realidad no fuese más que eso “presunta”, una alucinación colectiva, una convención sensorial que nada tiene que ver con la realidad más vívida.

Creo que nadie cuenta esas sensaciones, pero estoy completamente segura de que todo el mundo las tiene de un modo más o menos consciente.

Yo, a veces, cuando estoy esperando en el andén, el metro es mentira: la gente, las luces, los ruidos… Nada de eso tiene existencia real. La verdad, la única verdad es casi del todo inefable. Me siento envuelta en una calidez suave, que me traspasa y me trasciende. Quedo diluida en la sensación de sentirme querida y abrazada, incluso más allá de los límites del espacio.

https://marymer.wordpress.com/2016/01/25/olor-a-pobreza/

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Buscando en “El Libro de los Espejismos”

En primer lugar quiero pedir disculpas a los seguidores más antiguos, porque voy a abrir una nueva categoría, “Ecos”, en la que volveré a publicar algunas entradas que, si no fuese así, se perderían por los vericuetos de los días y los meses pasados.
Lo hago a petición de algunos de mis nuevos seguidores. Comprendo que es laborioso ponerse a bucear entre las entradas antiguas, así que voy a sacar a flote alguna de ellas, de vez en cuando, volviéndolas a publicar, pero sin eliminarlas de su lugar inicial.
Mi intención, por supuesto, no es repetirme y repetirme, pero sí descubrir a los nuevos seguidores algunas que considero más “atenmporales”, sin abusar de este recurso, por supuesto.
Gracias a todos por seguir leyendo “El Libro de los espejismos”.

Empapados de otoño 🍃🍂

Hoja a hoja,

el alma del otoño

nos ha empapado.

Desde el ángulo oscuro

Los dos despertamos a la vida en el instante en que nos encontramos. Fue un despertar súbito. Quedamos sorprendidos y asustados, zarandeados por un encontronazo lo bastante fuerte como para sacarnos para siempre del adormecimiento de la normalidad.
Bueno, decir que “nos encontramos” es mucho decir. Nos cruzamos fugazmente, sin entender nada, sin conocernos, como dos puntos luminosos que se tocan un instante y siguen velozmente describiendo una línea con su estela. Pero no. Pensándolo bien, tampoco fue así. Sería más exacto hablar de dos puntos que, al chocar, desviaron su trayectoria para siempre.
Las causas y las condiciones que modelan los destinos son tan complejas y tan cambiantes que es inútil intentar perseguirlas. Así que ¿cómo saber por qué aquella tarde, a la vuelta del colegio, su mirada infantil se prendió de mí? ¿Cómo explicar que ese leve toque me diera la vida, esta extraña vida?
Al entrar al comedor tropezó con mi imagen colgada de la pared: cambio de hoja en el calendario, y allí estaba yo. Su intensidad me traspasó. Vibré un instante y todo cambió para siempre. Claro, salió corriendo de inmediato, asustado al darse cuenta de que había sucedido algo y que le estaban observando desde un lugar imposible.
Procuró olvidarlo y seguramente así fue, al menos aparentemente. Pero la trayectoria de la estela de los puntos se había trastocado. Siguió su vida, siguió creciendo, entretenido en todas las cosas en las que se distraen las personas para no darse cuenta de que viven. Desde mi tiempo, tan ajeno al suyo, yo permanecí sin más, existiendo fuera de su alcance, de su comprensión.
Pasaron los años y aquellos puntos de luz volvieron a encontrarse en su zigzagueante carrera. Se había convertido en un hombre. Aún era joven. Pasó por la acera, delante de mí. Tal vez ni se hubiera fijado en mi presencia si la muchacha que iba a su lado no se me hubiera quedado mirando embobada. Tras el vidrio del escaparate me sabía atractiva. Ya no era solo una imagen repetida en un calendario, sino una creación armoniosa y elegante, y fuente de belleza y placer en manos de quien supiera abrazarme. No obstante, él estaba pendiente de otros abrazos más cálidos y de otras miradas más cercanas, aunque no más reales que la mía. Por eso solo reparó en mí el instante que persiguió lo que cautivaba a su acompañante. Y, sí, me reconoció. Lo vi en su gesto y en su ademán. Tomó del brazo a su amiga y se la llevó rápidamente lejos de mí.
Supongo que volvió a tener miedo. Las personas temen tanto a lo que no pueden comprender. Creen que lo resuelven cerrando los ojos, distrayéndose con la vida: leyendo historias, yendo al fútbol, poniendo la tele, comprando acciones, escuchando jazz… Hay tantas maneras de distraerse para no escuchar lo que no se entiende. Es tan fácil.
Han pasado ya décadas desde aquel día. Para mí no importa. Mi tiempo se desliza lenta y dulcemente. He estado en muchos lugares. He sido abrazada por hombres y mujeres. A todos me he ofrecido, pero no todos han sabido sacar lo mejor de mí, no todos han sabido hacer nacer de mí toda la belleza y la armonía, pero sé que he sido fuente de momentos sublimes, aunque me haya faltado su amor para culminarlos.
Llevo demasiado tiempo olvidada en este salón. Las visitas pasan, observan y me contemplan con reverencia. Como otra pieza más del museo, nadie me toca ni me abraza ya. Aquí mi vida tiene muy poco sentido. Formo parte de un falso escenario romántico. pretenden que desde este ángulo oscuro evoque a aquella otra arpa, “de su dueña tal vez olvidada”, que el poeta iluminó para siempre en su rima. Pero yo no tendré tanta suerte…
Es la hora del crepúsculo y ya no queda nadie transitando por estos salones. Todo se representa tan artificial y tan académico aquí que, ni cuando llega la noche, se atreven a deslizarse sombras blancas que acaricien mis cuerdas laxas entre susurros. No hay nada más que objetos vacíos a mi alrededor. La soledad de las noches es abrumadora entre las cosas que nunca han sido miradas con amor.
Recortada contra la luz crepuscular, ante la puerta, surge una silueta de hombre. Es el último visitante del día. Lo reconozco inmediatamente. Ahora ya es un anciano. Tiene el cabello blanco, pero conserva su porte. No hay ninguna duda para mí. Desde la entrada contempla el interior del salón. al principio me parece que ni va a entrar. Pero, de pronto, me ve y me reconoce como yo a él. Veo en sus ojos brillantes que no tiene miedo. Viene hacia mí, sereno y decidido. Mis cuerdas se tensan deseando su toque amante, esperado largamente como un placer inimaginable.
Y, desde la acera, empieza a oírse el milagro: la pasión y la belleza del amor convertidas en música de arpa ya nunca olvidada.

Otoño clandestino

Vuelve el otoño,
amante clandestino,
noche tras noche.

“… Begin tonight”.
Sí. Primero esta noche, pero también la noche de mañana y de pasado mañana.
Ven cada vez más temprano y retírate cada vez más tarde. O, mejor, ya no te retires.
Rescátame del tedio y la somnolencia de las tardes sofocantes, del ardor irritante del sol del mediodía. DE las noches asfixiantes entre ruidos urbanos.
Regálame por fin tu frescura y tu luz serena. Porque, tras el paso por el fuego, eres el renacer, la vuelta a la vida.
Pero hoy, aún sigues así, como un amante clandestino, que solo te presentas al caer la tarde. Sin embargo, sé que terminarás por ceder y quedarte a mí lado, al menos unos meses… Unos dulces meses en los que volveré a ilusionarme, a soñar y a empezar.
Aroma a membrillo y gusto a té con bergamota, así son mis horas contigo, que llenas de serenidad, energía y ánimo para seguir adelante, mi querido y deseado Otoño.

Rosa Blanca

rosa blanca

Un plenilunio

de pétalos de rosa.

Estela de luz.

https://marymer.wordpress.com/2017/12/24/el-sueno-de-mucalinda/

https://marymer.wordpress.com/2017/09/30/para-mercedes/

El sueño de Mucalinda

Mucalinda 3

Me llamo Mucalinda. Soy muy vieja. Muy, muy vieja y estoy muy cansada. No sé cuánto hace que estoy aquí. Perdí la noción del tiempo cuando dejé de ver. Mis ojos nunca me sirvieron de mucho para distinguir formas precisas, pero sí para no confundir el día con la noche. Nosotros somos de hábitos diurnos y, cuando yo cazaba, en los tiempos en que aún era joven y vivía como todos, cuando me dejaba llevar por mi instinto, cuando aún no había atisbado mi naturaleza profunda, las imágenes difusas y los olores intensos regían el mundo. Mi mundo.
Después, tras aquel momento que los hombres recuerdan y han recreado tantas veces, mezclando en él sus sueños y sus deseos, nunca pude ser la misma. Ellos me han dibujado, me han modelado, me han esculpido y, ante todo, me han idealizado junto con Él, en aquel momento que aún hoy no puedo entender, ni con mi mente más clara, aquella que aún solo presiento; tal y como me sucedía cuando olía una presa lejana y recibía la vibración en mi vientre de sus movimientos sigilosos. Yo sabía que estaba ahí, que pronto sería para mí, siempre y cuando siguiera atenta y no me anticipara.
Ahora estoy así, atenta y paciente desde hace mucho tiempo, pero cansada y también confundida, añorando de cuando en cuando mi naturaleza primaria y vital, aquella más sencilla, aquella llena de instinto, aquella que a veces sigue aflorando pero cada vez con menos fuerza, porque ya no puedo ser la misma Mucalinda que devoraba a sus presas y se enfrentaba a muerte con sus atacantes. Aunque tal vez sería más cierto decir que, desde aquellos días, me convertí en Mucalinda, en un individuo real e imaginario, pero individuo con nombre y con conciencia de sí mismo.
Soy ya muy vieja y sé que el conocimiento último me dará la paz y la felicidad pero, ¿cuándo lo lograré?, ¿cuándo llegará tal realización?… Entretanto estoy cansada. Llevo mucho tiempo meditando y esperando. He renunciado a la tensión de cazar y no ser cazada, al miedo y la rabia, al deseo y la aversión, pero sigo siendo una cobra, una verdadera cobra, extraordinariamente grande, aunque con pocas fuerzas ya, que fue un hermoso ejemplar de lo que los hombres han dado en llamar “cobra real”. Yo fui más que digna de ese apelativo, majestuosa y flexible, temeraria y mortífera. Sin embargo, lo que no soy y nunca fui, a pesar de los sueños de los humanos, es un naga. Los nagas no existen, se los han inventado los hombres como tantas y tantas cosas. Los seres humanos -que tan inteligentes se suponen- viven tan sometidos como nosotros a los vendavales de la ansiedad y el deseo. Viven sin mirar a pesar de que ellos ven más. No saben apreciar la belleza de la realidad, su magia cotidiana y, por eso, necesitan inventarse mundos paralelos con nagas, elfos, dioses y demonios. Este es el motivo de que yo quiera contar mi verdadera historia a quien quiera escucharla, ya que la que ellos han transmitido y reinventado es la suya y no la mía. Ellos la han soñado, tal y como pensaban que sería. Han contado y escrito la historia, han creado la leyenda y luego se han olvidado de Mucalinda. Conque ahora soy una vieja olvidada. Nada más que eso: una vieja olvidada que no puede ser lo que fue y que no ha llegado a ser lo que aspira a ser.
Mi nombre, Mucalinda, a muchos les llenará de inspiración y reverencia, mientras que para otros no será más que una palabra extraña. Pero, salvo él y yo, nadie más sabe qué pasó realmente en Bodhgaya. Por aquel entonces yo llevaba días arrastrando ramas y hojas para preparar el nido donde nacerían mis crías. Cuando ya estuvo listo, me enrollé encima agotada. Arrastrarse de un lado a otro enganchando ramaje con la cola y llena de nuevas vidas creciendo dentro, no es nada fácil. Nada. Además, necesitaba un gran nido donde albergarme con mis huevos, hasta que tuviera que abandonarlos. No me juzguen. No soy una mala madre. Precisamente por eso debía dejar el nido a tiempo. Mi instinto depredador terminaría con ellos como con cualquier presa fácil. Así que, ante el hambre y el cansancio tras preparar el nido y desovar, tenía que buscar comida fuera de la familia. Tanto trabajo para las crías, para darle vida a la vida, se quedaría en nada. Por fin era el momento de irme y dejar que aquellas surgieran solas al mundo sin la amenaza inmediata de su propia madre.
Entonces fue cuando percibí un olor inquietante. Me olía a humano y eso no me gustaba.
Como alimento los hombres no eran nada bueno y siempre se corría peligro a su lado. Era mejor enfrentarse a una pitón o a una víbora cornuda, antes que a un hombre. Eran -y siguen siendo- unos rivales traicioneros y taimados. Permanecí alerta, inmóvil. Intenté fijar mi mirada en aquella dirección, pero -como ya dije- mi vista nunca fue buena, ni siquiera entonces que aún era joven. Sentí la sutil vibración del suelo cuando se acercaba con pasos serenos y seguros. Seguí ahí, alerta, enroscada sobre los huevos vibrantes de vida y temí que no iba a poder marcharme a tiempo de dejarles existir. Sin embargo, a medida que aquel ser se acercaba, empecé a sentir un extraño abandono y una imperiosa necesidad de quedarme ahí, esperándolo, como si supiera de antemano que mi presencia tendría un sentido especial en un momento inmenso. Fue así como sucedió. Aquel hombre extraño se sentó tras de mí, al otro lado del árbol donde yo había preparado el nido. Supe, no sé cómo, que él sabía que yo estaba allí y no experimentó ningún temor, ninguna aversión. Misteriosamente yo participé de esa corriente de confianza.
Y, de pronto, una idea se impuso en mi mente: “no me moveré hasta que no encuentre la clave para erradicar el Sufrimiento”. ¿Qué era eso? ¿Esa idea era mía? No. Seguro que no. De algún modo aquel ser estaba compartiendo conmigo sus emociones y sus pensamientos, casi inaccesibles para mí entonces, pero con los que comencé a intuir la identidad de nuestra naturaleza última. Conque, si él encontraba aquello que buscaba, las cosas no serían igual no sólo para él, sino también para mí. Comprendí que tenía que protegerlo, con mi vida si hiciera falta. Él, en apariencia, era mucho más vulnerable que yo.
Pasó un día con su noche y otro y otro y… ¡Horror! Nacieron mis pequeñas crías. ¿Qué iba a hacer ahora? Tenía hambre. Mucha, mucha hambre y era tan fácil tragarse cualquiera de esos pequeños cuerpecitos recién salidos a la vida. Era tan fácil, pero no podía. ¿Tenía sentido pasar hambre enroscada encima de montones de comida?… Pero ahora esas crías, sin saber cómo, habían dejado de ser comestibles para mí. ¿Qué estaba pasando? ¿Qué era lo que contravenía de ese modo mi instinto vital?
No lo sé. No sé cómo, yo había empezado también a despertar a algo que no sabía lo que era y que aún no sé en realidad. Experimenté claramente que las vidas que se agitaban debajo de mí también participaban de una naturaleza tan radiante como la de aquel ser que se sentaba tras de mí, y eso ya no podía obviarse de ninguna manera.
Siguieron pasando días y noches y aquel ser, aparentemente débil y vulnerable, se enfrentaba sin miedo ni violencia a obstáculos y peligros inimaginables, más allá de la muerte y el dolor que pudieran infligirle las fieras y los otros hombres, más allá de la mordedura de los tigres y la punta de las flechas envenenadas. Eran amenazas terribles que hubieran hecho temblar el cuerpo de un dragón de cien cabezas, porque anidaban en sus hombros y querían enraizar en su mente como malas hierbas, destructoras de toda razón y de todo amor. Se presentaban con mil formas aterradoras, que yo podía percibir a través de su mente, pero de las que no podía defenderle.
Me sentía absurdamente inútil. ¿Iba yo a defenderle? ¿Cómo? Él era mucho más fuerte que yo, invulnerable, porque no tenía miedo. Nada podía hacerle daño porque no sentía ni apego a su propio cuerpo ni a su propia vida. Sólo las distracciones de su mente, las imágenes fantasmales y las dudas podían arrancarle de su propósito. Esos eran sus verdaderos enemigos. Y yo presencié cómo los ignoraba uno a uno. Aparecieron hermosas jóvenes, cargadas de guirnaldas de flores y de bandejas llenas de suculentos manjares cuyas danzas no hacían vibrar el suelo. Ni aquellas flores ni aquellas pieles tersas y doradas transmitían ningún aroma real. Sus figuras se confundían con las sombras de los árboles. Yo sólo podía percibirlas pues a partir de las imágenes de la mente del hombre. Eran espectros seductores, perceptibles sólo para él y sólo contra su propósito.
Pero aquello fue poco, comparado con las legiones de monstruos pestilentes, bandidos armados de enormes puñales y fieras voladoras de aceradas garras que se abalanzaban sobre él y desaparecían justamente cuando iban a desgarrar su piel con los dientes, a clavarle las afiladas armas o las infectas garras. Todos aquellos espectros desaparecían ante la ecuanimidad del hombre. Los fantasmas que emanaban de su mente burda, que aún pugnaba por adueñarse de su voluntad, se disolvían en la compasión y la sabiduría de la mente clara, como miel en agua hirviente. Inmunes al aferramiento y la aversión.
Sin embargo, yo continuaba sin creer realmente en sus fuerzas. Le sentía tan vulnerable físicamente y comprendía tan poco de la fuerza de la mente, que no confiaba en sus posibilidades de protegerse de los “verdaderos” peligros, los del mundo físico. Seguí alerta, cada hora, cada instante. Y, en una mañana de calor sofocante y pegajoso, me llegó inconfundiblemente el olor acre e intenso de un gran felino que buscaba alimento. Seguí con atención, bajo mis anillos, los sigilosos pasos que se acercaban. Era un enorme tigre.
¡Por fin un desafío para mis habilidades y mi fuerza! Deseaba serle útil, quería hacerme valer ante él, darme a conocer en toda mi plenitud para que me valorase y me reconociese como su guardiana y su seguidora. Quería convertirme ante él en un ser especial. Según la fiera se nos aproximaba, me iba preparando, ansiosa por entrar en acción, con los sentidos alerta y los músculos dispuestos. ¡Iba a ser una lucha a muerte! tenía que salir victoriosa más por él que por mí: su objetivo nos trascendía.
Cuando el tigre ya estuvo tan próximo como para que los ojos del hombre y los del felino se hubieran encontrado frente a frente -si aquel se hubiera dignado a abrirlos- dejó de olerme a hambre y muerte. ¿Qué estaba pasando? Sorprendentemente el gran tigre se había tendido a sus pies, con la misma docilidad que el gato de un príncipe de Persia. Como yo misma, el felino había sido subyugado por la fuerza de la mente de aquel extraño ser. Comprendí que se quedaría también para velar su meditación. Me invadió entonces un sentimiento de ira y de rabia: había perdido una ocasión magnífica de presentarme como un ser especial, llena de fuerza y valor. Tuve esa terrible emoción que contamina y destruye la paz de los hombres: la envidia y los celos. No iba a ser yo pues la elegida, el único ser unido al hombre, su búsqueda y su hallazgo. No sé lo mucho o poco que duraría en el tiempo aquella mala semilla que intentaba enraizar en mi mente, pero sí sé que no lo logró. Estoy cierta en que fue una vez más él quien me compadeció y nos salvó a los dos de un enfrentamiento fatal, porque con un resplandor indescriptible mi mente y la de la fiera se unieron en un abrazo de identificación total, nos fundimos y nos mezclamos, con un objetivo desconocido y claro a la vez. Ambos velaríamos por él, participaríamos de su descubrimiento y protegeríamos a aquel que, sin duda, no necesitaba de nuestra protección.
Otro hecho extraño es que, iban pasando los días con sus noches y ninguno comíamos ni bebíamos. Al principio tuve hambre y volví a temer por mis crías, pero, si el hombre podía mantenerse así sin más, yo también. El día que la fiera se nos unió mi zozobra por las pequeñas cobras ya había pasado. Mi ansiedad por el hambre había desaparecido y, además, poco a poco, ellas se habían ido deslizando fuera del nido, buscando por instinto su propio sustento. En cuanto a la fiera, supongo que pasaría por lo mismo que yo, pero nada hizo. Formábamos un raro grupo irracional y armonioso, más allá de la comprensión mundana.
¿Cómo nos mantuvimos tantos días? Aún no lo sé, porque, pasado aquel momento, al menos yo, tuve que volver a sustentar mi cuerpo con el alimento diario, aunque este ya no volvió a ser ni tanto ni el mismo. Pasado aquel tiempo, nunca más cacé para comer. Cuando no había otra cosa, me mantenía de raíces, hojas, frutos, troncos y, en ocasiones, con los restos de algún otro ser que hubiera desechado cualquier depredador. Tengo que reconocer que aquella dieta, aunque era la que mi mente quería, al principio debilitó mi cuerpo. En todo caso, mi instinto cazador se había apagado por completo, pero no importó porque algunos hombres, los seguidores de aquel al que yo sigo, empezaron a venerarme y a hacerme ofrecimientos, especialmente de comida, cada vez más sustanciosa. Supongo que se fueron dando cuenta de que, aún para ser una cobra, estaba demasiado delgada. Entre las ofrendas a veces había restos de otros seres, que comía, y como, aunque este alimento necesario, me repugna. También he de confesar que, desde que los humanos empezaron a procurarme sustento, probé manjares exóticos y complejos, que me llenan de placer. Los pasteles de miel y anacardos, los arroces hervidos con mantequilla y cardamomo, la leche de vaca cuajada con canela, tantas y tantas cosas que compensan con mucho la energía vital de la sangre y las vísceras de la víctima recién cazada.
Solo soy una vieja. Qué fácilmente me enredo en detalles nimios que asaltan la memoria. No quiero seguir por ese camino y desviarme de la historia de aquel gran momento. Como saben los que me recuerdan falta el episodio que hizo patente mi presencia. Cuando yo había perdido ya todo interés personal, cuando no sentía apego por mi propia imagen y no precisaba sentirme especial y valorada, surgieron las causas y las condiciones para que hoy sea Mucalinda. Hasta ahora, en mi relato no hay más que un hombre que busca tenazmente cómo destruir las cadenas que le atan al sufrimiento, un tigre que le guarda a sus pies y una cobra real que le vigila a sus espaldas. Pero, que tal cobra sea Mucalinda se debe a que, la tarde de un día de terrible calor el cielo se derramó en una tormenta como un torrente. Empezó a llover e instantáneamente me invadió una profunda compasión hacia el hombre. Me deslicé rápida, por primera vez no para atacar o para defenderme, sino para envolver con mi cuerpo el del hombre y extendí el cuello para cubrir su cabeza. Mis vértebras curvadas y planas, tantas veces desplegadas en ataque mortal, se convirtieron en un capuchón elástico, en una protección en vez de en una amenaza. Permanecimos ahí mucho tiempo, formando una hermosa y rara estampa: el hombre, el tigre y yo. Esto y sólo esto ha sido lo que más ha llamado la atención de los hombres, pero no es lo más importante. Fue un momento indefinido que podría haberse quedado en nada más, si nadie más lo hubiese presenciado. Tal vez eso hubiera sido lo mejor, que nadie nos hubiera visto entonces y seguir con mi existencia trasmutada y anónima, pero no fue posible.
Pensándolo bien, no estábamos tan lejos de los campos de cultivo. Yo procuraba siempre mantenerme a buena distancia de las zonas habitadas por los seres humanos, pero la tentación de poder atrapar fácilmente las serpientes ratoneras casi a la vez que a sus víctimas, era demasiado fuerte para mi instinto. Conque, cuando ya la lluvia fue más débil, mezclado al olor de la tierra mojada, me llegó el aroma dulce y fresco de un tierno humano. Cuando estuvo más cerca, pude darme cuenta de que se trataba de una joven, envuelta en telas de vivos colores amarillos y dorados, aún húmedas, que cubrían su figura pequeña y delicada. Nos miraba con curiosidad, pero sin miedo alguno. Eso me extrañó, porque ni los tigres ni las cobras suelen dejar impasibles a los humanos. Sus ojos eran extraños, refulgían con rayos verdes como los de un felino alerta, lo que me hizo recordar que el tigre también estaba allí y, en cualquier momento, podría recuperar su naturaleza de depredador y asaltar a la muchacha. ¿No podría suceder que yo también lo hiciera? No. no. Yo no era una cazadora de humanos, solo les atacaría si me viera obligada y, ahora, tal vez ni eso…
… ¿Pero dónde estaba el tigre? En aquel momento de confusión había desaparecido. ¿Se habría apartado de su presa para no devorarla? No he sabido de cierto lo que sucedió, y quizá no deba yo verter aquí mis suposiciones, como una vieja chismosa. Guardaré silencio, pues no es mi historia, sino la de aquel misterioso compañero. Sólo diré que la muchacha de raros ojos de felino y cuerpo de gacela seguro que no hubiera corrido ningún riesgo a su lado… Creo que compartían muchos rasgos la una con el otro. En todo caso, son cosas que la mente de una vieja cobra no se puede explicar.
Siento un profundo apremio. Tengo que terminar mi testimonio enseguida. Me voy dando cuenta de que me queda poco tiempo aquí, con esta mente y con esta forma, ya tan gastada. Pero no, el final no puede ser aún. El Despierto confiaba en mi plena iluminación, en que, como él, lo lograría. ¿Será antes de dejar esta piel para siempre? Si él estuviera aquí… Si pudiera guiarme en este momento final… Pero debo confiar en que no hay separación posible: aquel lejano día de la tormenta, ambos nos fundimos en un solo ser…
¡No, no, vieja tonta! No te enredes en tu propia cola. No vuelvas a atraparte en tu propio ego. ¿Es que no aprenderé nunca?
La experiencia inefable que nos traspasó a todos los que permanecimos allí desbordando infinitud, era mucho más que una “fusión” de individualidades, fue la comprensión perfecta de la no existencia de separación alguna. Y, para esta pobre mente, supuso un relámpago de sabiduría suprema. Lo triste es que no pude mantenerlo y mucho menos reproducirlo. No obstante, con la esperanza de lograrlo, desde ese día no me separé nunca más de él. Me deslizaba siempre en su entorno, escuchándole y deleitándome con su presencia, aspirando a impregnarme cada instante de Sabiduría y Compasión.
No sé por qué, pero me asaltan ahora los destellos verdes de los ojos de la muchacha. Vuelven ahora a mi memoria como si fuese hoy, relampagueando en su rostro, mientras permanece sentada elegantemente frente a nosotros, esperando. Y, cesada la lluvia, cuando los colores y los aromas del aire se vivifican, suavemente empiezo a recogerme, a dejarle cuidadosamente libre de mi abrazo protector. Él abre infinitamente los ojos, como nadie los ha abierto nunca antes y ya es para siempre el Despierto. No me hizo falta entonces ver su rostro para saberlo: sus ojos se habían convertido en el faro de su mente y ella iluminaba a todos los que estábamos cerca, inevitablemente, marcando el camino para la cesación completa y última del sufrimiento.
Yo estaba traspasada, aturdida, pero la muchacha dorada, de ojos de tigre y cuerpo de gacela parecía saber muy bien qué había que hacer. Sacó de una cesta un cuenco de leche y se lo colocó a él respetuosamente en las manos, con una sonrisa amplia, pura, endulzando el momento con una ternura infinita.
Y, enseguida, ante mi sorpresa, sin miedo ni reserva alguna, sacó otro cuenco de leche y me lo puso delante a mí también con la misma sonrisa compasiva y amable. Esa fue la primera vez que un humano me alimentó y, tras esa, vinieron muchas más, pero creo que nunca sentí tanta calidez y tanta dulzura en un ofrecimiento como frente aquel cuenco de leche y miel.
Y ahora muchos al leer esto dirán que no fue así, que en tal o cual sitio, en tales o cuales escrituras, tal o cual maestro dijo esto o aquello, pero no me importa. Yo estuve allí, viví lo que pasó y lo sentí en el cuerpo y en la mente, y sembró en mí la semilla del despertar.
Cuando ya hubimos nutrido nuestros cuerpos, la sigilosa muchacha recogió los cuencos, los guardó en la cesta, se levantó y se alejó sin hacer ruido, después de haber inclinado la cabeza en señal de respeto ante él y, lo que fue más sorprendente, ante mí. Han pasado muchos años, he recorrido tras el Despierto muchos caminos; he permanecido con él en retiros silenciosos, en ruidosas concentraciones de seguidores y curiosos; bien oculta, bien a la vista de todos, y jamás me han dejado, ni velando, ni soñando, los ojos verdes de la muchacha tigre.
Me vence el cansancio, por hoy me vence. Es extraño, siento una presencia conocida…
¿Tigre, estás ahí? ¿Has venido?…
Cómo me engañan los sentidos. Soy una vieja cobra perdida entre sus recuerdos. Si mañana sigo siendo la vieja Mucalinda seguiré soñando esta existencia, meditando…

******

Acaba de amanecer y ya comienzan las obligaciones. La muchacha se despereza, estira sus piernas flexibles, se envuelve en el chal amarillo dorado y sale a contemplar la aurora. Las tareas están establecidas desde hace años. Su abuela le había enseñado bien todo lo que había que hacer. No era mucho, pero era inexcusable seguir las instrucciones todos los días paso a paso.
A pesar de lo extraña que había sido la noche, se sentía descansada. Había soñado con el naga que estaba a su cuidado. No recordaba bien, pero en el sueño no era un macho de cobra real, sino una hembra. ¿Cosas de los sueños? Mucalinda era nombre de varón, y ella sabía que el naga era eso, un naga, no “una naga”. Qué cosas tan extrañas se le estaban ocurriendo…
La abuela insistía tanto en que había que cuidar bien a la vieja cobra, tan dulce e inofensiva, que la muchacha, antes que el peso de la responsabilidad, sentía un cariño profundo, una genuina compasión, hacia aquel ser ya tan viejo, que apenas mantenía un hilo de vida. Mucalinda se estaba apagando poco a poco y la muchacha se daba cuenta. La cuidaba con mimo y observaba cualquier pequeño cambio en su aspecto que pudiera significar un paso más en su camino hacia otra encarnación.
Con la abuela fue diferente. Habían estado siempre juntas y siempre la había visto igual: pequeña, enérgica y bondadosa. Ambas se reconocían en sus miradas verdes y felinas, raras para todo el mundo y para ellas mismas. Nadie más compartía ese rasgo. La abuela le contó que su madre no era igual que ellas. Pertenecía a la vida mundana y por eso se fue tan pronto. Sus ojos eran negros y profundos, como los del abuelo, que también la había dejado, antes aún de que naciera la hija que esperaba. Eso la abuela lo contaba con una amplia sonrisa, porque desde que conoció al Despierto se había liberado del aferramiento y la aversión, y nunca sintió como “suyo” al padre de la hija que nació de su vientre.
Ellas dos se sabían diferentes, mujeres tigre que vigilaban los preciados tesoros de sabiduría que les fueran encomendados y custodiaban y mimaban a Mucalinda. Esa era su función externa. La interna era otra cuestión, sus prácticas y meditaciones eran secretas y profundas, transmitidas en susurros y realizadas en soledad.
La abuela murió de pronto, pero no tanto como para que no le diera tiempo a prepararse. Un atardecer llamó a su nieta y le explicó que se quedaría sola, a cargo de todo. Ya podía y sabía hacerlo y su tiempo en esa forma humana se estaba terminando. La abrazó, le sonrió y se sentó en meditación a esperar…
De eso hacía ya más de dos otoños, y aún la echaba mucho de menos. No había perfeccionado tanto como quisiera el desapego y buscaba a cada paso algo que le mostrase una chispa del fluir de conciencia de la abuela en otra nueva vida.
Tomó el cuenco de la ofrenda diaria, lo llenó de leche, la espolvoreó con canela y la endulzó con miel. Se sentía extraña. Había algo diferente en el mundo que la rodeaba y en su interior. Tantos años de meditación y de retiro habían agudizado sus percepciones y ya notaba que ese estado mental no eran las secuelas de un sueño.
Se acercó a la estancia donde reposaba Mucalinda. Era un lugar fresco y perfumado de incienso. La luz era tenue, pero, aún así, se dio cuenta de que el cuerpo de Mucalinda estaba más desmadejado todavía que el pasado atardecer. Se acercó muy despacio, sin ganas de ver lo que le esperaba, y comprobó que la cobra yacía sin vida. Se sintió de pronto tan sola, tan abatida. Parecía que todas las enseñanzas recibidas no habían servido para nada. Resonó en su mente lo que la abuela le repetía:
–El Despierto nos decía: “El dolor es inevitable, pero el sufrimiento no lo es. Es opcional. Podemos liberarnos del sufrimiento y liberar a los otros seres también”.
Sería cierto, pero ella ahora sentía una pena tan profunda…
Mientras tocaba suavemente la coronilla de Mucalinda comenzó a recitar entre lágrimas: “tayata om bekandse bekandse maha bekandse randsa samud gate soha. Tayata om bekandse…”.
Permaneció repitiendo el mantra y llorando en silencio casi todo el día. Al atardecer, transida de pena, se levantó y se dispuso a salir. Al darse la vuelta, de repente, se encontró con unos ojos pequeños y verdes que la observaban desde un rincón. Surgió un relámpago refulgente que invadió su conciencia. Con un destello reconoció a la abuela, al tigre, a Mucalinda, a… a ella misma. La Sabiduría y la Compasión la habían alcanzado. Sus ojos se abrieron a lo infinito, a lo inefable. Todo era igual, y todo había cambiado para siempre.
Se acercó unos pasos, se agachó y tomó al gatito dorado entre sus brazos.

Para Prema, que se empeña en buscarle la magia a todo, mientras yo juego a escondérsela.
Para mi madre, que siempre quiso que escribiese y a la que estoy segura de que este cuento le hubiese encantado.

Altazor como transgresión

“Una bella locura en la vida de la palabra”

Este es uno de los versos del Canto III de “Altazor o el viaje en paracaídas” de Vicente Huidobro. Define muy bien este largo y extraño poema en siete cantos. Hermético y evocador, mágico e iniciático, “Altazor” es uno de los libros que más me han influido, e incluso marcado, desde que lo leí y releí hace ya treinta años.
En el lema de este blog menciono a Sei Shonagon y su “libro de la almohada”, y es cierto que me ha servido y me sirve de inspiración, pero no menos que “Altazor”. Me he hecho especialmente consciente de ello estos últimos días, en los que he estado revisando algunas entradas al tiempo que he releído “Altazor” y la ponencia que adjunto aquí.
En 1992, del 15 al 19 de junio, en la Universidad Autónoma de Barcelona tuvo lugar el XXIX congreso del Instituto Internacional de Literatura Iberoamericana. En él presenté la ponencia: “Altazor como transgresión. Una lectura basada en claves astrológicas”. Esta versión escaneada de su publicación en las actas, a pesar de haber sido revisada, me temo que puede tener alguna errata, así que pido disculpas de antemano. Realmente me hacía ilusión que formase parte de este blog, porque sin duda Todo lo que la rodea tiene un papel muy importante en mi vida.
Como decía antes, La sensibilidad del Japón Heian, representado en la obra de Sei Shonagon, me ha influido y me influye, pero no menos que la obra de Huidobro, concretamente esta, “Altazor”.
El peso de la soledad, la muerte, la inevitabilidad de la caída, la lucha, la vida de las palabras, la pasión, las imágenes audaces y vibrantes, esta mezcla entre fatalismo y lucha por enfrentarlo con belleza y valentía me calaron tan hondamente que solo me nace repetir estos versos:

“Y puesto que debemos vivir y no nos suicidamos
Mientras vivamos juguemos
El simple sport de los vocablos”

Eso es lo que nos queda, lo que me queda (y no es poco), jugar el “simple sport” de los vocablos. Ahora que tanto se les pierde el respeto con absurdos retorcimientos politiqueros. Ahora que parece que la libertad y el feminismo dependen de las oes y las aes y de confundir el género gramatical con el sexo. Ahora que parece que escribir de cualquier manera es síntoma de libertad, cuando en la mayor parte de los casos es sencillamente vaguería y negligencia, en absoluto juego o experimentación. Ahora, en medio de todo ese manoseo ordinario que tanto me disgusta, reivindico este “sport de los vocablos” que jugaba Huidobro como pocos lo han jugado y lo juegan. Estoy harta de ver cómo en aras de la vulgaridad se maltrata el lenguaje, que no es otra cosa sino nuestro pensamiento y en la poesía la preciosa materia de la creación poética.
¡Así que disfrutemos con amor del lenguaje y de la poesía!

Y, para ambientar el silencio del más allá del “último horizonte” de un imaginario Canto VIII, qué mejor que 4,33 de John Cage.

ALTAZOR COMO TRANSGRESIÓN

 

 

Poemario Incompleto

Poemario Haiku y tankaEn esta entrada adjunto un enlace de descarga del archivo donde he recopilado la mayoría de los haiku y tanka que tengo escritos hasta ahora. Estoy segura de que falta más de uno, bien porque son recientes, bien porque andan perdidos. Salvo los publicados en este blog, que son muchos, los demás brincan dispersos como cabritillas por el monte,y no ha sido fácil traerlos al redil. Pero tengo la esperanza de irlos encontrando, así que habrá nuevas versiones de este poemario, que en esta ocasión está dividido en seis apartados correspondientes a las cuatro estaciones, más “Kokoro” y “Dharma”, que se refieren respectivamente a los poemas dedicados al “Corazón” y la “Mente”.

 

https://loff.it/the-music/che-si-puo-fare-barbara-strozzi-225699/

 

… Y este enlace con el que quiero compartir mi hallazgo de la música de Barbara Strozzi.

Fe

Abandonar, renunciar a la lucha, sin victoria ni fracaso. Sencillamente descansar.
Tendría que ser posible. Uno tendría que poder pararse a mirar, a escuchar, a oler, a sentir, liberarse del miedo a perder el rumbo, a perder el tiempo. Ese rumbo y ese tiempo que ni siquiera existen.
Abandonar la lucha es la lucha. Descansar es el trabajo. Dejarse arrastrar como una rama en la corriente del río.
¡Qué maldición la de la acción! ¡Qué agotadora batalla!
Tal vez la única solución es la fe: en un dios, en el universo, en la tierra, en el amor, en las cosas, en las personas…
Seguramente es eso: falta fe. Falta confianza en lo que se hace, en lo que se sabe, en lo que se siente y en lo que se piensa. Todo es tan impermanente, tan efímero, que da miedo apoyar la cabeza para dormir sin cuidado alguno. Falta fe en los ángeles que se aparecen en los sueños y en la poesía, aunque casi se les pueda tocar en su brillante existir.
¡Qué milagro el de la fe! ¡Qué fortuna la de quienes la poseen!
Surge así la paradoja de la pereza y la acción: hacer, hacer, hacer, porque da pereza cambiar y estar, solamente estar. Por esta razón cuesta tanto mantener día a día la meditación y la quietud. Es más fácil seguir en la inercia de elaborar y producir: palabras, tejidos, conocimientos, discursos, chismorreos… Eso es hacer, eso produce un resultado y no necesita fe alguna. Sin embargo, contemplar, permanecer y soltar dan mucha pereza porque “¿para qué?”.
Falta tanta confianza en la propia sabiduría y en nuestro corazón, que todo hay que aprenderlo en cursos, talleres y libros, con técnicas, cuanto más complejas, mejor: así podemos hacer hasta cuando se trata de no hacer.
¿La confianza, la fe, crecen si se las cultiva?
Sinceramente no lo sé. Quiero pensar que sí, pero hoy, al menos hoy, no tengo la respuesta.
En todo caso, si no hay fe, habrá que apoyarse en otra cosa, tal vez en una sana disciplina. Porque, ante todo, no se puede renunciar a la liberación y la paz internas, a la posibilidad de un día, un instante, dejar de luchar y abandonarse al poder de existir.