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Un grillo en Chamberí

balconhttps://www.youtube.com/watch?v=eFHdRkeEnpM
Las ciudades, en ocasiones, tienen detalles conmovedores que, de pronto, las devuelven a otro tiempo y a su espacio original. Vivo en Madrid, en un distrito urbano y castizo, Chamberí, al parecer, uno de los que menos zonas verdes tiene. No me quejo de ello. Me gusta el barrio tal cual es y me gusta vivir en la ciudad, en plena ciudad.
Como decía, Chamberí no tiene grandes parques, pero sí calles con muchos árboles, y la mía es una de ellas. Frente a mi pequeño balcón, cuyas ventanas aún son de cuarterones de madera, se alza un enorme árbol de hoja caduca, que casi supera el tercer piso, en el que yo vivo.
En verano muchas noches salgo a tomar un rato el fresco ahí. En ese balcón está instalado el aparato del aire acondicionado y, como no deja mucho espacio libre, me siento encima, sobre una jarapa que confeccioné precisamente para ello, y me enrosco allí, a impregnarme de las sensaciones que me llegan de la vida de la ciudad, de la energía vibrante que me rodea y me traspasa.
En ese balcón, rodeado de banderines tibetanos de oración, con sus colores y sus mantras ondeando, enroscada sobre mi misma como una serpiente, sueño, medito y experimento a veces la realidad, “mi” realidad, con una claridad despierta y lúcida, que no recuerdo haber sentido nunca cuando me siento a propósito a “meditar”.
Y es que uno no “medita” exactamente cuando “hace algo” para ello, cuando se pone a aplicar técnicas milenarias valiosísimas. NO: esos momentos de auténtica meditación, sin mediar técnica alguna, aunque seguramente resultado de haberse familiarizado con aquellas prácticas y con ello haber sensibilizado la percepción, son una experiencia de comprensión y de apertura mental, que parece estar ajena a “lo idóneo” de las condiciones externas. Precisamente, el balcón del que hablo flota sobre una calle repleta de todo tipo de vehículos con motor, viandantes ruidosos, perros cabreados, etc. Sin embargo, en medio de todo eso y detrás de todo eso, dando soporte a todo eso hay un silencio vibrante en movimiento, como una corriente que permite que todo suceda y se manifieste así, irrepetible e insustituible, ni mejor ni peor; en la que no sólo estoy sumida sino que más bien “soy” ese mismo momento.
Esto es tan difícil de explicar, que sólo habiendo experimentado algo parecido, puede llegar a identificarse.
… Y en medio de ese océano de sensación y de vida, suavemente, empiezo a percibir por debajo el sonido de un grillo nocturno, que parece tan fuera de lugar, tan perdido entre los autobuses y las motos, que lo primero que se piensa es que “cómo habrá llegado ahí”, cómo vivirá un bichito así en una calle populosa de Madrid, tan lejos de su medio natural. Pienso en cómo se sentirá, cómo percibirá ese loco mundo que nos envuelve a los dos.
Y entonces me voy dando cuenta de que ese es su sitio, nuestro sitio, tanto y tan poco como otro cualquiera. Y me empiezo a dar cuenta también de que el ruido de los coches, pasando ininterrumpidamente, se asemeja a olas rugientes que van y vienen, que rompen y se refrenan. Tenemos la idea de que hay ruidos “malos” y ruidos “buenos”, ruidos artificiales que nos perturban necesariamente y ruidos naturales que, aún siendo tan fuertes o más que aquellos, nos hacen sentir bien. ¿Por qué? Son sonidos, todos son sonidos, en cualquier caso, irrepetibles en un instante de eternidad. Y hasta los que nos son más aborrecibles lo son, no volveremos a vivirlos jamás…
… Desde ahí me voy deslizando por el tobogán de los recuerdos, hacia las ensoñaciones, y me desenrosco con cuidado y salgo de ese rincón flotante, para meterme en mi alcoba y vivir otra realidad insospechada.

https://marymer.wordpress.com/2016/08/28/kuriketto-tanka/

Heroínas románticas

Durante demasiados años me he dejado llevar por los prejuicios, con lo que me había privado de lecturas que ahora he descubierto como encantadoras, estimulantes, adictivas y, sobre todo, excelentes. Me estoy ahora refiriendo a las novelas de las grandes escritoras románticas inglesas. Por el momento he descubierto a Ann Radcliffe, Jane austen, Charlotte y Emily Brontë.
Cualquiera que se encuentre con estas líneas podrá pensar -y con toda razón- que de qué platillo volante me he caído si, con casi medio siglo de vida como lectora, vengo ahora a descubrir la obra de tales autoras. Lo único que puedo decir ante esto es que, por no sé qué, he vivido de espaldas al romanticismo literario, pero con solo un par de toquecitos en el hombro me he dado la vuelta y me he encontrado con un panorama magnífico.
Empecé con Ann Radcliffe y “Los misterios de Udolfo”. Un amigo, fascinado por la literatura gótica, fue quien me habló de esta novela. La empecé con poco interés y cierta curiosidad, y me cautivó inmediatamente. “Los misterios de udolfo” me enamoró desde el primer momento porque conjuga una inocencia y una ingenuidad dulces y delicadas, con una profundidad de pensamiento en el razonar de sus personajes y una visión purísima del amor y del bien, que se corresponden punto por punto con la figura, Las acciones, los sentimientos y pensamientos de la heroína, Emily St. Aubert. Emily es dulce y delicada, bella y bondadosa, pero en absoluto ñoña, tonta o débil. Valerosa y firme cuando hace falta, tiene que recurrir a esa gran energía interna porque se ve sometida a múltiples calamidades y pruebas a lo largo de toda la obra. Los enredos y las malas artes no vencen ni doblegan su valor, su amor y su rectitud. Los misterios al final se deshacen como la sal en el agua y triunfa el amor, la razón y el bien: ¡Qué más se puede pedir! Y en esta mezcla de agua y sal, el resultado no puede ser ni melífluo ni soso, sino que queda en su punto de sazón.
“Los misterios de Udolfo” se publicó en 1794 y, pocos años después, Jane Austen estaba escribiendo ya “La abadía de Northanger”, inspirada de algún modo en aquella, como una contestación amable y divertida a la historia de las calamidades de Emily. Yo no había leído nada de Jane Austen: con títulos como “sentido y sensibilidad” o “Orgullo y prejuicio”, haciendo gala de una buena dosis de este último, me había imaginado que estaba ante una ensartadora de ñoñerías… Y me llevé una agradabilísima sorpresa y una colleja en mi presuntuoso ego.
“La abadía de northanger” se escribió entre 1798 y 1799, lo que da idea del exitazo que tuvo que ser “los misterios de Udolfo”. Sin embargo, no fue publicada hasta 1817. En esta novela la protagonista, Catherine Morton, es una chica normalita, que se va de vacaciones a Bath, donde descubre que no es tan fea ni tan poca cosa como ella cree, al despertar el interés de algunos jóvenes.
Catherine está leyendo “Los misterios de Udolfo” y, bajo su influencia, se ve como una heroína romántica. Busca misterios donde no los hay y malvados villanos, como el conde Montoni de Los Misterios, donde realmente solo hay “thorpes”, pronunciado a la española. Y digo esto porque el principal pretendiente de Catherine, John Thorpe, se podría haber llamado aquí con todo acierto “Juanito el torpe o”, casi mejor “el fantasmón vocazas”.
Pero uno de los líos más embarazosos surge porque Nuestra catherine Morton, recién salida del cascarón, con su Udolfo entre las manos y enamoradísima de Henry Tilney, es invitada por la familia de este joven a pasar una temporada en su abadía de Northanger. A pesar de este nombre, el lugar no tiene nada de sombrío ni de misterioso, para asombro y decepción de Catherine, aunque ella se las arregla para suplirlo todo con su imaginación.
¿El resultado de todo esto?: ¡Estupendo! No tanto por el esperado final feliz de la pareja, después de varios malos entendidos, sino porque la novela es divertida, inteligente y chispeante. Por momentos la pintura de los personajes y de la sociedad me recuerda muchísimo en su estilo a la que hace Oscar Wilde en sus obras, con esa misma ironía y ese mismo humor tan “british”.
Tengo que confesar además que a mí me pasa también un poco lo que a Catherine Morton
me contagio de los gustos, las costumbres y los penssamientos de los personajes de los libros que leo, y, tal vez por eso, no me gustan los que tratan o reflejan temas de actualidad. Para presente, ya tengo con el propio. Y, también como ella, hablo con entusiasmo de mis lecturas, gracias a lo cual, al expresar el que me despertó el hallazgo de “Los misterios de Udolfo”, un amigo me descubrió la existencia de “la abadía de northanger, y así fue sencillo seguir el hilo.
Los pasos siguientes los di tras la referencia de los recuerdos de la infancia. Había que leer a las hermanas Brontë. Comencé por “Jane Eyre”, que tan conocida nos resulta a todos, al menos a las personas de mi generación. ¿Cuántas veces habremos visto alguna de las versiones cinematográficas en la tele? yo creo que es una de esas películas que ponían cada año y que todos tenemos grabada en la memoria. Es más, desde que recuerdo, siempre que me he visto con el pelo alborotado me ha salido eso de: “¡parezco la loca de “Jane Eyre”!”.
Con todo y eso, sabiéndome la historia de cabo a rabo, la novela me atrapó desde el primer momento. La heroína ya no es bella ni perfectamente capaz de mantener a raya sus pasiones y emociones. Es una muchacha luchadora, inteligente e independiente, que no busca el amor romántico e ideal, sino forjarse un futuro con su trabajo y su esfuerzo. No obstante, sí encuentra el amor y lo vive con intensa sinceridad y total entrega.
Los paralelismos entre la vida de Charlotte Brontë y Jane Eyre son más que evidentes y se ha hablado mucho de ellos: el terrible internado donde pasa gran parte de su infancia, la muerte de sus seres queridos, su amor por un hombre casado… En fin, Charlotte se retrata en esta novela con pasión y adornando su historia con un final feliz que, lamentablemente, no se correspondió mucho con su realidad personal.
Pero el caso de su hermana Emily me ha dejado tottalmente impactada. “Jane Eyre” y “Cumbres Borrascosas”, publicadas ambas en 1847, son dos grandísimas novelas. La primera parece que tuvo desde el primer momento una buena acogida, pero no así “Cumbres Borrascosas”, que dejó a los críticos tan patidifusos que tardaron en reaccionar.
Por supuesto, yo conocía la trama de esta novela, porque también ha tenido una larga lista de adaptaciones. Creo recordar una radionovela en la que trabajaba Juana Ginzo. Lamentablemente no he podido comprobarlo, porque la he buscado y requetebuscado sin ningún éxito, pero me resuena en la memoria la presentación de cada capítulo como si lo estuviera oyendo ahora mismo: “Cuuumbres Borrascoooosas” Con Juana Ginzo como…”.
En cuanto a las versiones cinematográficas, la que más me gustó fue la de Buñuel, “Abismos de pasión”, con la música de “Tristán e Isolda” de Wagner. Ahora, habiendo leído la novela, me parece que capta por completo y trasmite el espíritu fatal y opresivo que se respira en toda ella, y el inevitable triunfo de lo sobrenatural.
“Cumbres Borrascosas” es la que más me ha sorprendido e impresionado de estas cuatro novelas. Es sobrecogedora y profunda. En ella los personajes están vivos, no son ni perfectamente buenos ni perfectamente malos. El amor y el odio se entrecruzan y hasta se confunden. La naturaleza no tiene piedad, ni los amantes tampoco. Hay un fatum, un veneno enloquecedor que trastorna y arrastra a la perdición. En “tristán e Isolda”, bebido el filtro de amor, se nubla la razón de los amantes; en “Cumbres Borrascosas” no se sabe cuál es el filtro ni de dónde sale, si del aire o si de la propia sangre, pero sus efectos son igual de insoslayables.
La belleza y el bien ahora ya no van juntos en perfecto paralelismo, ni en las personas ni en la naturaleza. En ocasiones graves, los rasgos hermosos acaban por deformarse, la fealdad se trasciende y la naturaleza plena de energía es un peligro atractivo y traicionero.
Parece que el equilibrio solo puede darse en los personajes que observan los ehchos desde cierta distancia, porque no están impregnados del veneno de las pasiones que sacuden la trama. Este es el caso de la principal narradora, Nelly Dean, ama de llaves, que a mí tanto me recuerda al señor Betteredge de “La piedra lunar” de Wilkie Collins. Ambos son excelentes narradores, que saben contar la historia sin perderse en las emociones, aunque no dejen de estar implicados en ellas.
“Cumbres Borrascosas” está escrito por una muchacha que murió a los treinta años, sin experiencia del mundo. Emily Brontë, que se sepa, no tuvo amores, no conoció a muchas personas y no viajó como su hermana Charlotte. ¿De dónde sacó entonces todo lo que volvcó en esta novela? Pues supongo que de un infinito universo interior, de una gran capacidad de penetración y de una extremada sensibilidad, que tal vez traía ya en su mente desde mucho antes. Quién sabe.
De Emily St. Aubert a Catherine Morton o a Jane Eyre hay una gran distancia cualitativa y cuantitativa; pero, si la comparamos con Catherine Earnshaw, la distancia es astrronómica. La ideal Emily, dulce, buena y bella siempre, contrasta con la carnal y tangible Catherine, hermosa, excesiva, caprichosa, pasional, cruel, egoísta, etc; en todo caso, viva aún después de muerta.
Lo mismo sucede con los personajes masculinos. Del pánfilo de Valancourt al ingenioso y despierto Henry Tilney o al atormentado y gruñón Rochester media una gran distancia, pero los personajes masculinos de “Cumbres Borrascosas” están aún más lejos, son otra cosa. El previsible malvado conde Montoni cumple bien su papel de malo malísimo, sin fisuras, en el castillo de Udolfo; pero la vivacidad del misterioso, salvaje e imprevisible heathcliff, torturador y torturado a la vez, devorado por pasiones de amor y odio, se escapa de cualquier intento de análisis comparativo con los anteriores personajes.
A pesar del necesario final feliz de “cumbres Borrascosas”, al leer las últimas líneas no quedamos en paz, igual que tampoco quedan en ella los amantes que siguen juntos, en aquellos parajes de Yorkshire, en su casa de Cumbres Borrascosas, más allá de la muerte. En Las novelas anteriores los finales son felices y tranquilizadores, las leyes conocidas y naturales se mantienen, las normas sociales se respetan, y todo queda como tiene que ser. Sin embargo, en la novela de Emily Brontë las pasiones profundas triunfan sobre la razón y sobre las normas morales, sociales y, más aún, sobre las propias leyes naturales de la vida y la muerte.


Hace más de veinte años, una joven, vestida con un traje largo de color salmón pálido y negro, esperaba al atardecer, apoyada lánguidamente en el alféizar de una ventana, la llegada de un caballero. Cuando él llegó, al verla, le dijo que parecía una heroína romántica. Aquello tan aparentemente trivial, la marcó profundamente. Ninguno de los dos existen ya, por razones diferentes, pero hoy comprendo bien qué es lo que quiso decir aquel, y cuán acertado estaba.

Invocación con aroma a membrillo (Tanka)

¡Oh, qué lejano!
El aroma a membrillos,
en el sexto mes,
se disfrazó de bruma
tras la luna desierta.

Este tanka, compuesto hace menos de dos días, parece haber surtido un efecto mágico, como una invocación ancestral a los elementos, a las fuerzas de la naturaleza.
Tan levísima alusión al otoño, lluvioso y melancólico, con su delicado aroma a membrillos, tal vez me ha regalado, tras una noche sin sueño, una hermosa mañana de tormenta, de chaparrones, de duchas frescas que limpian el aire de polvo y aflicciones.
Qué belleza cuando el verano deja al otoño asomarse unas horas y, con un guiño, recordarnos que está esperando su momento para acudir a envolvernos en un abrazo de dulcísima melancolía.

Conuco urbano (Tanka)

al pie del roble

los limoneros niños

juegan al corro.

¡Conuco prodigioso

surgido en el alféizar!

“Causas y condiciones”, siempre es así. Una se da cuenta de lo absurdo que es pretender influir decisivamente en el resultado de las acciones. Una se da cuenta, pero sigue insistiendo, hasta que cuatro semillitas de limón le dan una lección de humildad.
En el alféizar de la ventana de la cocina vive en su maceta el joven roble. vive o malvive, porque el pobre anda no muy fresco, y me tiene preocupada. Tiene un aire adusto, como de “roble mayor”, que no consigo quitarle, ni a fuerza de mimos y de caricias, tal vez porque él es así. Me empeño y me empeño en refrescarle, en enternecerle, pero sin resultado.
Sin embargo, con mis mimos, le he regado algún día con el agua de enjuagar el exprimidor. Y, mira por dónde, en ella había semillitas…
Y, sin intervención, sin mimos, sin cuidados, sin intención, las benditas causas y condiciones han dado lugar a cuatro tiernos brotes de limonero, verdes y flexibles, olorosos y juguetones, como cuatro cachorros retozantes. Ellos han convertido una maceta en un conuco urbano, fértil y floreciente, y no yo. Los “limoneros niños” crecen y juegan vigilados por el roble, que no se sabe si los cuida o los mira con sospecha, o ambas cosas a la vez.
Y, claro está, todo eso sin la voluntad de nadie, sin mi voluntad.
Las causas y las condiciones germinan dónde y cuándo corresponde. Una puede regar, puede mimar, puede actuar, pero con tan poco márgen de influencia, que la humildad se impone y la vida gana.

Gladiolos brotando (Tanka)


Cortan la tierra

y penetran el aire.

Alas sin vuelo

que trinarán con flores.

¿Gladiolos o pájaros?

“Inventa mundos nuevos y cuida tu palabra”, decía Vicente Huidobro en su “arte poética”.
A veces creo que su espíritu se apodera de mi percepción, de mi interpretación del mundo, y empiezo a tener la certeza de que lo que está naciendo de la maceta, las puntas verdes y estriadas que asoman de la tierra -día a día más altas y erguidas- son los extremos de las alas de pájaros, nutridas de savia palpitante. Gladiolos voladores que surcarán el cielo en cuanto sus flores se abran por encima del asfalto. Naves de pétalos rosados que terminarán por alunizar en un cráter solitario, a la sombra de un planeta ya gris, diminuto y mortecino.
Aves mudas que cantan con color, flores que alzan el vuelo libres de la tierra… Naturaleza y vida más allá de la naturaleza y de la vida previsibles. En cada línea y en cada pensamiento la realidad puede recrearse, porque la mente solo tiene los límites en los que cree.

Mariposas perversas (Tanka)

¿Involuntarias?

Alas de mariposa,

rozando apenas,

levantan torres de agua,

que rompen contra el fuego.

Otra de las múltiples cosas de las que no sé nada es de Meteorología, pero, como todo el mundo, he oído hablar del “efecto mariposa”.
En mi imaginación, poco científica y nada documentada, se me aparece un coleóptero, del tipo “mosquita muerta”, que parece no hacer nada, no ser consciente de nada, pero que sabe de su poder. La tierna mariposilla tiene en la punta de sus alas el detonante de un tsunami, con solo hacerlas vibrar levemente.
Así me figuro yo “el efecto mariposa”, más allá de lo meteorológico: un leve roce, un toque “involuntario” desencadena un torrente de causas y efectos imparables y, a veces, desproporcionados e imprevisibles. Y, mientras, la “delicada mariposilla”, con aire de mosquita muerta, sigue en su flor, haciendo que no se entera: “pío, pío, que yo no he sido…”.

El sueño de Mucalinda

Mucalinda 3

Me llamo Mucalinda. Soy muy vieja. Muy, muy vieja y estoy muy cansada. No sé cuánto hace que estoy aquí. Perdí la noción del tiempo cuando dejé de ver. Mis ojos nunca me sirvieron de mucho para distinguir formas precisas, pero sí para no confundir el día con la noche. Nosotros somos de hábitos diurnos y, cuando yo cazaba, en los tiempos en que aún era joven y vivía como todos, cuando me dejaba llevar por mi instinto, cuando aún no había atisbado mi naturaleza profunda, las imágenes difusas y los olores intensos regían el mundo. Mi mundo.
Después, tras aquel momento que los hombres recuerdan y han recreado tantas veces, mezclando en él sus sueños y sus deseos, nunca pude ser la misma. Ellos me han dibujado, me han modelado, me han esculpido y, ante todo, me han idealizado junto con Él, en aquel momento que aún hoy no puedo entender, ni con mi mente más clara, aquella que aún solo presiento; tal y como me sucedía cuando olía una presa lejana y recibía la vibración en mi vientre de sus movimientos sigilosos. Yo sabía que estaba ahí, que pronto sería para mí, siempre y cuando siguiera atenta y no me anticipara.
Ahora estoy así, atenta y paciente desde hace mucho tiempo, pero cansada y también confundida, añorando de cuando en cuando mi naturaleza primaria y vital, aquella más sencilla, aquella llena de instinto, aquella que a veces sigue aflorando pero cada vez con menos fuerza, porque ya no puedo ser la misma Mucalinda que devoraba a sus presas y se enfrentaba a muerte con sus atacantes. Aunque tal vez sería más cierto decir que, desde aquellos días, me convertí en Mucalinda, en un individuo real e imaginario, pero individuo con nombre y con conciencia de sí mismo.
Soy ya muy vieja y sé que el conocimiento último me dará la paz y la felicidad pero, ¿cuándo lo lograré?, ¿cuándo llegará tal realización?… Entretanto estoy cansada. Llevo mucho tiempo meditando y esperando. He renunciado a la tensión de cazar y no ser cazada, al miedo y la rabia, al deseo y la aversión, pero sigo siendo una cobra, una verdadera cobra, extraordinariamente grande, aunque con pocas fuerzas ya, que fue un hermoso ejemplar de lo que los hombres han dado en llamar “cobra real”. Yo fui más que digna de ese apelativo, majestuosa y flexible, temeraria y mortífera. Sin embargo, lo que no soy y nunca fui, a pesar de los sueños de los humanos, es un naga. Los nagas no existen, se los han inventado los hombres como tantas y tantas cosas. Los seres humanos -que tan inteligentes se suponen- viven tan sometidos como nosotros a los vendavales de la ansiedad y el deseo. Viven sin mirar a pesar de que ellos ven más. No saben apreciar la belleza de la realidad, su magia cotidiana y, por eso, necesitan inventarse mundos paralelos con nagas, elfos, dioses y demonios. Este es el motivo de que yo quiera contar mi verdadera historia a quien quiera escucharla, ya que la que ellos han transmitido y reinventado es la suya y no la mía. Ellos la han soñado, tal y como pensaban que sería. Han contado y escrito la historia, han creado la leyenda y luego se han olvidado de Mucalinda. Conque ahora soy una vieja olvidada. Nada más que eso: una vieja olvidada que no puede ser lo que fue y que no ha llegado a ser lo que aspira a ser.
Mi nombre, Mucalinda, a muchos les llenará de inspiración y reverencia, mientras que para otros no será más que una palabra extraña. Pero, salvo él y yo, nadie más sabe qué pasó realmente en Bodhgaya. Por aquel entonces yo llevaba días arrastrando ramas y hojas para preparar el nido donde nacerían mis crías. Cuando ya estuvo listo, me enrollé encima agotada. Arrastrarse de un lado a otro enganchando ramaje con la cola y llena de nuevas vidas creciendo dentro, no es nada fácil. Nada. Además, necesitaba un gran nido donde albergarme con mis huevos, hasta que tuviera que abandonarlos. No me juzguen. No soy una mala madre. Precisamente por eso debía dejar el nido a tiempo. Mi instinto depredador terminaría con ellos como con cualquier presa fácil. Así que, ante el hambre y el cansancio tras preparar el nido y desovar, tenía que buscar comida fuera de la familia. Tanto trabajo para las crías, para darle vida a la vida, se quedaría en nada. Por fin era el momento de irme y dejar que aquellas surgieran solas al mundo sin la amenaza inmediata de su propia madre.
Entonces fue cuando percibí un olor inquietante. Me olía a humano y eso no me gustaba.
Como alimento los hombres no eran nada bueno y siempre se corría peligro a su lado. Era mejor enfrentarse a una pitón o a una víbora cornuda, antes que a un hombre. Eran -y siguen siendo- unos rivales traicioneros y taimados. Permanecí alerta, inmóvil. Intenté fijar mi mirada en aquella dirección, pero -como ya dije- mi vista nunca fue buena, ni siquiera entonces que aún era joven. Sentí la sutil vibración del suelo cuando se acercaba con pasos serenos y seguros. Seguí ahí, alerta, enroscada sobre los huevos vibrantes de vida y temí que no iba a poder marcharme a tiempo de dejarles existir. Sin embargo, a medida que aquel ser se acercaba, empecé a sentir un extraño abandono y una imperiosa necesidad de quedarme ahí, esperándolo, como si supiera de antemano que mi presencia tendría un sentido especial en un momento inmenso. Fue así como sucedió. Aquel hombre extraño se sentó tras de mí, al otro lado del árbol donde yo había preparado el nido. Supe, no sé cómo, que él sabía que yo estaba allí y no experimentó ningún temor, ninguna aversión. Misteriosamente yo participé de esa corriente de confianza.
Y, de pronto, una idea se impuso en mi mente: “no me moveré hasta que no encuentre la clave para erradicar el Sufrimiento”. ¿Qué era eso? ¿Esa idea era mía? No. Seguro que no. De algún modo aquel ser estaba compartiendo conmigo sus emociones y sus pensamientos, casi inaccesibles para mí entonces, pero con los que comencé a intuir la identidad de nuestra naturaleza última. Conque, si él encontraba aquello que buscaba, las cosas no serían igual no sólo para él, sino también para mí. Comprendí que tenía que protegerlo, con mi vida si hiciera falta. Él, en apariencia, era mucho más vulnerable que yo.
Pasó un día con su noche y otro y otro y… ¡Horror! Nacieron mis pequeñas crías. ¿Qué iba a hacer ahora? Tenía hambre. Mucha, mucha hambre y era tan fácil tragarse cualquiera de esos pequeños cuerpecitos recién salidos a la vida. Era tan fácil, pero no podía. ¿Tenía sentido pasar hambre enroscada encima de montones de comida?… Pero ahora esas crías, sin saber cómo, habían dejado de ser comestibles para mí. ¿Qué estaba pasando? ¿Qué era lo que contravenía de ese modo mi instinto vital?
No lo sé. No sé cómo, yo había empezado también a despertar a algo que no sabía lo que era y que aún no sé en realidad. Experimenté claramente que las vidas que se agitaban debajo de mí también participaban de una naturaleza tan radiante como la de aquel ser que se sentaba tras de mí, y eso ya no podía obviarse de ninguna manera.
Siguieron pasando días y noches y aquel ser, aparentemente débil y vulnerable, se enfrentaba sin miedo ni violencia a obstáculos y peligros inimaginables, más allá de la muerte y el dolor que pudieran infligirle las fieras y los otros hombres, más allá de la mordedura de los tigres y la punta de las flechas envenenadas. Eran amenazas terribles que hubieran hecho temblar el cuerpo de un dragón de cien cabezas, porque anidaban en sus hombros y querían enraizar en su mente como malas hierbas, destructoras de toda razón y de todo amor. Se presentaban con mil formas aterradoras, que yo podía percibir a través de su mente, pero de las que no podía defenderle.
Me sentía absurdamente inútil. ¿Iba yo a defenderle? ¿Cómo? Él era mucho más fuerte que yo, invulnerable, porque no tenía miedo. Nada podía hacerle daño porque no sentía ni apego a su propio cuerpo ni a su propia vida. Sólo las distracciones de su mente, las imágenes fantasmales y las dudas podían arrancarle de su propósito. Esos eran sus verdaderos enemigos. Y yo presencié cómo los ignoraba uno a uno. Aparecieron hermosas jóvenes, cargadas de guirnaldas de flores y de bandejas llenas de suculentos manjares cuyas danzas no hacían vibrar el suelo. Ni aquellas flores ni aquellas pieles tersas y doradas transmitían ningún aroma real. Sus figuras se confundían con las sombras de los árboles. Yo sólo podía percibirlas pues a partir de las imágenes de la mente del hombre. Eran espectros seductores, perceptibles sólo para él y sólo contra su propósito.
Pero aquello fue poco, comparado con las legiones de monstruos pestilentes, bandidos armados de enormes puñales y fieras voladoras de aceradas garras que se abalanzaban sobre él y desaparecían justamente cuando iban a desgarrar su piel con los dientes, a clavarle las afiladas armas o las infectas garras. Todos aquellos espectros desaparecían ante la ecuanimidad del hombre. Los fantasmas que emanaban de su mente burda, que aún pugnaba por adueñarse de su voluntad, se disolvían en la compasión y la sabiduría de la mente clara, como miel en agua hirviente. Inmunes al aferramiento y la aversión.
Sin embargo, yo continuaba sin creer realmente en sus fuerzas. Le sentía tan vulnerable físicamente y comprendía tan poco de la fuerza de la mente, que no confiaba en sus posibilidades de protegerse de los “verdaderos” peligros, los del mundo físico. Seguí alerta, cada hora, cada instante. Y, en una mañana de calor sofocante y pegajoso, me llegó inconfundiblemente el olor acre e intenso de un gran felino que buscaba alimento. Seguí con atención, bajo mis anillos, los sigilosos pasos que se acercaban. Era un enorme tigre.
¡Por fin un desafío para mis habilidades y mi fuerza! Deseaba serle útil, quería hacerme valer ante él, darme a conocer en toda mi plenitud para que me valorase y me reconociese como su guardiana y su seguidora. Quería convertirme ante él en un ser especial. Según la fiera se nos aproximaba, me iba preparando, ansiosa por entrar en acción, con los sentidos alerta y los músculos dispuestos. ¡Iba a ser una lucha a muerte! tenía que salir victoriosa más por él que por mí: su objetivo nos trascendía.
Cuando el tigre ya estuvo tan próximo como para que los ojos del hombre y los del felino se hubieran encontrado frente a frente -si aquel se hubiera dignado a abrirlos- dejó de olerme a hambre y muerte. ¿Qué estaba pasando? Sorprendentemente el gran tigre se había tendido a sus pies, con la misma docilidad que el gato de un príncipe de Persia. Como yo misma, el felino había sido subyugado por la fuerza de la mente de aquel extraño ser. Comprendí que se quedaría también para velar su meditación. Me invadió entonces un sentimiento de ira y de rabia: había perdido una ocasión magnífica de presentarme como un ser especial, llena de fuerza y valor. Tuve esa terrible emoción que contamina y destruye la paz de los hombres: la envidia y los celos. No iba a ser yo pues la elegida, el único ser unido al hombre, su búsqueda y su hallazgo. No sé lo mucho o poco que duraría en el tiempo aquella mala semilla que intentaba enraizar en mi mente, pero sí sé que no lo logró. Estoy cierta en que fue una vez más él quien me compadeció y nos salvó a los dos de un enfrentamiento fatal, porque con un resplandor indescriptible mi mente y la de la fiera se unieron en un abrazo de identificación total, nos fundimos y nos mezclamos, con un objetivo desconocido y claro a la vez. Ambos velaríamos por él, participaríamos de su descubrimiento y protegeríamos a aquel que, sin duda, no necesitaba de nuestra protección.
Otro hecho extraño es que, iban pasando los días con sus noches y ninguno comíamos ni bebíamos. Al principio tuve hambre y volví a temer por mis crías, pero, si el hombre podía mantenerse así sin más, yo también. El día que la fiera se nos unió mi zozobra por las pequeñas cobras ya había pasado. Mi ansiedad por el hambre había desaparecido y, además, poco a poco, ellas se habían ido deslizando fuera del nido, buscando por instinto su propio sustento. En cuanto a la fiera, supongo que pasaría por lo mismo que yo, pero nada hizo. Formábamos un raro grupo irracional y armonioso, más allá de la comprensión mundana.
¿Cómo nos mantuvimos tantos días? Aún no lo sé, porque, pasado aquel momento, al menos yo, tuve que volver a sustentar mi cuerpo con el alimento diario, aunque este ya no volvió a ser ni tanto ni el mismo. Pasado aquel tiempo, nunca más cacé para comer. Cuando no había otra cosa, me mantenía de raíces, hojas, frutos, troncos y, en ocasiones, con los restos de algún otro ser que hubiera desechado cualquier depredador. Tengo que reconocer que aquella dieta, aunque era la que mi mente quería, al principio debilitó mi cuerpo. En todo caso, mi instinto cazador se había apagado por completo, pero no importó porque algunos hombres, los seguidores de aquel al que yo sigo, empezaron a venerarme y a hacerme ofrecimientos, especialmente de comida, cada vez más sustanciosa. Supongo que se fueron dando cuenta de que, aún para ser una cobra, estaba demasiado delgada. Entre las ofrendas a veces había restos de otros seres, que comía, y como, aunque este alimento necesario, me repugna. También he de confesar que, desde que los humanos empezaron a procurarme sustento, probé manjares exóticos y complejos, que me llenan de placer. Los pasteles de miel y anacardos, los arroces hervidos con mantequilla y cardamomo, la leche de vaca cuajada con canela, tantas y tantas cosas que compensan con mucho la energía vital de la sangre y las vísceras de la víctima recién cazada.
Solo soy una vieja. Qué fácilmente me enredo en detalles nimios que asaltan la memoria. No quiero seguir por ese camino y desviarme de la historia de aquel gran momento. Como saben los que me recuerdan falta el episodio que hizo patente mi presencia. Cuando yo había perdido ya todo interés personal, cuando no sentía apego por mi propia imagen y no precisaba sentirme especial y valorada, surgieron las causas y las condiciones para que hoy sea Mucalinda. Hasta ahora, en mi relato no hay más que un hombre que busca tenazmente cómo destruir las cadenas que le atan al sufrimiento, un tigre que le guarda a sus pies y una cobra real que le vigila a sus espaldas. Pero, que tal cobra sea Mucalinda se debe a que, la tarde de un día de terrible calor el cielo se derramó en una tormenta como un torrente. Empezó a llover e instantáneamente me invadió una profunda compasión hacia el hombre. Me deslicé rápida, por primera vez no para atacar o para defenderme, sino para envolver con mi cuerpo el del hombre y extendí el cuello para cubrir su cabeza. Mis vértebras curvadas y planas, tantas veces desplegadas en ataque mortal, se convirtieron en un capuchón elástico, en una protección en vez de en una amenaza. Permanecimos ahí mucho tiempo, formando una hermosa y rara estampa: el hombre, el tigre y yo. Esto y sólo esto ha sido lo que más ha llamado la atención de los hombres, pero no es lo más importante. Fue un momento indefinido que podría haberse quedado en nada más, si nadie más lo hubiese presenciado. Tal vez eso hubiera sido lo mejor, que nadie nos hubiera visto entonces y seguir con mi existencia trasmutada y anónima, pero no fue posible.
Pensándolo bien, no estábamos tan lejos de los campos de cultivo. Yo procuraba siempre mantenerme a buena distancia de las zonas habitadas por los seres humanos, pero la tentación de poder atrapar fácilmente las serpientes ratoneras casi a la vez que a sus víctimas, era demasiado fuerte para mi instinto. Conque, cuando ya la lluvia fue más débil, mezclado al olor de la tierra mojada, me llegó el aroma dulce y fresco de un tierno humano. Cuando estuvo más cerca, pude darme cuenta de que se trataba de una joven, envuelta en telas de vivos colores amarillos y dorados, aún húmedas, que cubrían su figura pequeña y delicada. Nos miraba con curiosidad, pero sin miedo alguno. Eso me extrañó, porque ni los tigres ni las cobras suelen dejar impasibles a los humanos. Sus ojos eran extraños, refulgían con rayos verdes como los de un felino alerta, lo que me hizo recordar que el tigre también estaba allí y, en cualquier momento, podría recuperar su naturaleza de depredador y asaltar a la muchacha. ¿No podría suceder que yo también lo hiciera? No. no. Yo no era una cazadora de humanos, solo les atacaría si me viera obligada y, ahora, tal vez ni eso…
… ¿Pero dónde estaba el tigre? En aquel momento de confusión había desaparecido. ¿Se habría apartado de su presa para no devorarla? No he sabido de cierto lo que sucedió, y quizá no deba yo verter aquí mis suposiciones, como una vieja chismosa. Guardaré silencio, pues no es mi historia, sino la de aquel misterioso compañero. Sólo diré que la muchacha de raros ojos de felino y cuerpo de gacela seguro que no hubiera corrido ningún riesgo a su lado… Creo que compartían muchos rasgos la una con el otro. En todo caso, son cosas que la mente de una vieja cobra no se puede explicar.
Siento un profundo apremio. Tengo que terminar mi testimonio enseguida. Me voy dando cuenta de que me queda poco tiempo aquí, con esta mente y con esta forma, ya tan gastada. Pero no, el final no puede ser aún. El Despierto confiaba en mi plena iluminación, en que, como él, lo lograría. ¿Será antes de dejar esta piel para siempre? Si él estuviera aquí… Si pudiera guiarme en este momento final… Pero debo confiar en que no hay separación posible: aquel lejano día de la tormenta, ambos nos fundimos en un solo ser…
¡No, no, vieja tonta! No te enredes en tu propia cola. No vuelvas a atraparte en tu propio ego. ¿Es que no aprenderé nunca?
La experiencia inefable que nos traspasó a todos los que permanecimos allí desbordando infinitud, era mucho más que una “fusión” de individualidades, fue la comprensión perfecta de la no existencia de separación alguna. Y, para esta pobre mente, supuso un relámpago de sabiduría suprema. Lo triste es que no pude mantenerlo y mucho menos reproducirlo. No obstante, con la esperanza de lograrlo, desde ese día no me separé nunca más de él. Me deslizaba siempre en su entorno, escuchándole y deleitándome con su presencia, aspirando a impregnarme cada instante de Sabiduría y Compasión.
No sé por qué, pero me asaltan ahora los destellos verdes de los ojos de la muchacha. Vuelven ahora a mi memoria como si fuese hoy, relampagueando en su rostro, mientras permanece sentada elegantemente frente a nosotros, esperando. Y, cesada la lluvia, cuando los colores y los aromas del aire se vivifican, suavemente empiezo a recogerme, a dejarle cuidadosamente libre de mi abrazo protector. Él abre infinitamente los ojos, como nadie los ha abierto nunca antes y ya es para siempre el Despierto. No me hizo falta entonces ver su rostro para saberlo: sus ojos se habían convertido en el faro de su mente y ella iluminaba a todos los que estábamos cerca, inevitablemente, marcando el camino para la cesación completa y última del sufrimiento.
Yo estaba traspasada, aturdida, pero la muchacha dorada, de ojos de tigre y cuerpo de gacela parecía saber muy bien qué había que hacer. Sacó de una cesta un cuenco de leche y se lo colocó a él respetuosamente en las manos, con una sonrisa amplia, pura, endulzando el momento con una ternura infinita.
Y, enseguida, ante mi sorpresa, sin miedo ni reserva alguna, sacó otro cuenco de leche y me lo puso delante a mí también con la misma sonrisa compasiva y amable. Esa fue la primera vez que un humano me alimentó y, tras esa, vinieron muchas más, pero creo que nunca sentí tanta calidez y tanta dulzura en un ofrecimiento como frente aquel cuenco de leche y miel.
Y ahora muchos al leer esto dirán que no fue así, que en tal o cual sitio, en tales o cuales escrituras, tal o cual maestro dijo esto o aquello, pero no me importa. Yo estuve allí, viví lo que pasó y lo sentí en el cuerpo y en la mente, y sembró en mí la semilla del despertar.
Cuando ya hubimos nutrido nuestros cuerpos, la sigilosa muchacha recogió los cuencos, los guardó en la cesta, se levantó y se alejó sin hacer ruido, después de haber inclinado la cabeza en señal de respeto ante él y, lo que fue más sorprendente, ante mí. Han pasado muchos años, he recorrido tras el Despierto muchos caminos; he permanecido con él en retiros silenciosos, en ruidosas concentraciones de seguidores y curiosos; bien oculta, bien a la vista de todos, y jamás me han dejado, ni velando, ni soñando, los ojos verdes de la muchacha tigre.
Me vence el cansancio, por hoy me vence. Es extraño, siento una presencia conocida…
¿Tigre, estás ahí? ¿Has venido?…
Cómo me engañan los sentidos. Soy una vieja cobra perdida entre sus recuerdos. Si mañana sigo siendo la vieja Mucalinda seguiré soñando esta existencia, meditando…

******

Acaba de amanecer y ya comienzan las obligaciones. La muchacha se despereza, estira sus piernas flexibles, se envuelve en el chal amarillo dorado y sale a contemplar la aurora. Las tareas están establecidas desde hace años. Su abuela le había enseñado bien todo lo que había que hacer. No era mucho, pero era inexcusable seguir las instruciones todos los días paso a paso.
A pesar de lo extraña que había sido la noche, se sentía descansada. Había soñado con el naga que estaba a su cuidado. No recordaba bien, pero en el sueño no era un macho de cobra real, sino una hembra. ¿Cosas de los sueños? Mucalinda era nombre de varón, y ella sabía que el naga era eso, un naga, no “una naga”. Qué cosas tan extrañas se le estaban ocurriendo…
La abuela insistía tanto en que había que cuidar bien a la vieja cobra, tan dulce e inofensiva, que la muchacha, antes que el peso de la responsabilidad, sentía un cariño profundo, una genuina compasión, hacia aquel ser ya tan viejo, que apenas mantenía un hilo de vida. Mucalinda se estaba apagando poco a poco y la muchacha se daba cuenta. La cuidaba con mimo y observaba cualquier pequeño cambio en su aspecto que pudiera significar un paso más en su camino hacia otra encarnación.
Con la abuela fue diferente. Habían estado siempre juntas y siempre la había visto igual: pequeña, enérgica y bondadosa. Ambas se reconocían en sus miradas verdes y felinas, raras para todo el mundo y para ellas mismas. Nadie más compartía ese rasgo. La abuela le contó que su madre no era igual que ellas. Pertenecía a la vida mundana y por eso se fue tan pronto. Sus ojos eran negros y profundos, como los del abuelo, que también la había dejado, antes aún de que naciera la hija que esperaba. Eso la abuela lo contaba con una amplia sonrisa, porque desde que conoció al Despierto se había liberado del aferramiento y la aversión, y nunca sintió como “suyo” al padre de la hija que nació de su vientre.
Ellas dos se sabían diferentes, mujeres tigre que vigilaban los preciados tesoros de sabiduría que les fueran encomendados y custodiaban y mimaban a Mucalinda. Esa era su función externa. La interna era otra cuestión, sus prácticas y meditaciones eran secretas y profundas, transmitidas en susurros y realizadas en soledad.
La abuela murió de pronto, pero no tanto como para que no le diera tiempo a prepararse. Un atardecer llamó a su nieta y le explicó que se quedaría sola, a cargo de todo. Ya podía y sabía hacerlo y su tiempo en esa forma humana se estaba terminando. La abrazó, le sonrió y se sentó en meditación a esperar…
De eso hacía ya más de dos otoños, y aún la echaba mucho de menos. No había perfeccionado tanto como quisiera el desapego y buscaba a cada paso algo que le mostrase una chispa del fluir de conciencia de la abuela en otra nueva vida.
Tomó el cuenco de la ofrenda diaria, lo llenó de leche, la espolvoreó con canela y la endulzó con miel. Se sentía extraña. Había algo diferente en el mundo que la rodeaba y en su interior. Tantos años de meditación y de retiro habían agudizado sus percepciones y ya notaba que ese estado mental no eran las secuelas de un sueño.
fSe acercó a la estancia donde reposaba Mucalinda. Era un lugar fresco y perfumado de incienso. La luz era tenue, pero, aún así, se dio cuenta de que el cuerpo de Mucalinda estaba más desmadejado todavía que el pasado atardecer. Se acercó muy despacio, sin ganas de ver lo que le esperaba, y comprobó que la cobra yacía sin vida. Se sintió de pronto tan sola, tan abatida. Parecía que todas las enseñanzas recibidas no habían servido para nada. Resonó en su mente lo que la abuela le repetía:
–El Despierto nos decía: “El dolor es inevitable, pero el sufrimiento no lo es. Es opcional. Podemos liberarnos del sufrimiento y liberar a los otros seres también”.
Sería cierto, pero ella ahora sentía una pena tan profunda…
Mientras tocaba suavemente la coronilla de Mucalinda comenzó a recitar entre lágrimas: “tayata om bekandse bekandse maha bekandse randsa samud gate soha. Tayata om bekandse…”.
Permaneció repitiendo el mantra y llorando en silencio casi todo el día. Al atardecer, transida de pena, se levantó y se dispuso a salir. Al darse la vuelta, de repente, se encontró con unos ojos pequeños y verdes que la observaban desde un rincón. Surgió un relámpago refulgente que invadió su conciencia. Con un destello reconoció a la abuela, al tigre, a Mucalinda, a… a ella misma. La Sabiduría y la Compasión la habían alcanzado. Sus ojos se abrieron a lo infinito, a lo inefable. Todo era igual, y todo había cambiado para siempre.
Se acercó unos pasos, se agachó y tomó al gatito dorado entre sus brazos.

Para Prema, que se empeña en buscarle la magia a todo, mientras yo juego a escondérsela.
Para mi madre, que siempre quiso que escribiese y a la que estoy segura de que este cuento le hubiese encantado.

Koan del recuerdo (Tanka)


Koan del recuerdo:

“¿Cómo se siente el beso

si ya no hay labios?”…

 

De las canciones vuelve

en ecos la respuesta.

 

Aquel famoso y verdadero koan, “¿Cómo suena el aplauso de una sola mano?”, Propone uno de esos acertijos que los maestros zen endosaban a sus discípulos para ayudarles a alcanzar el Despertar.

A la hora de la siesta, un domingo por la tarde, precisamente no es la hora del despertar, así que este falso koan solo pretende hacer un guiño, ser un homenaje a todas esas canciones que son la banda sonora de la vida y devuelven sentimientos y sensaciones, a veces queriendo, a veces sin querer.

las canciones son como olas, que arrastran hasta la playa los pequeños indicios de aquellos tesoros que hemos querido guardar en el fondo del océano de la mente, y que las mareas profundas nunca permiten que se oculten del todo.

Dejan en la arena, bien una concha suave y tornasolada, bien un trozo de cuarzo blanco, brillante y luminoso, pero lleno de aristas.

En realidad no hay sorpresas. Solo pueden traer lo que hemos guardado y, tantas veces, lo que hemos querido esconder…

Las canciones de la vida son un código privado e íntimo, tan misterioso como un verdadero koan.

 

Corazón de cactus 💚 (Haiku)


Apuesta el cactus

toda su primavera

a una sola flor.

 

En una esquina del balcón hay una macetita donde vive un cactus pequeño. No es especialmente hermoso. No llama la atención por nada. Casi se diría que está siempre igual, tanto ante los fríos del invierno como bajo los soles del verano, que, en Madrid, en una fachada orientada al sur no son poca cosa.

Este humilde cactus, de aspecto anodino, encierra en su verde corazón una flor singular, estilizada y hermosa, que cada primavera se convierte en el estandarte de su oculta grandeza.

 

Domingo de Ramos (Haiku)

“¡A la voluntá

hay romero y olivo!”

Ramitas rotas.

 

HOSANNA HEY, …SANNA…SANNA… SANNA HO SANNA HEY….SANNA… HOSANNA
Hoy es Domingo de Ramos. Mañana soleada y desbordante de primavera. Pagan el pato el romero y el olivo, que desmembran las gitanas en ramas torturadas y rotas, condenadas a la muerte como el Mesías al que supuestamente saludan.
Aquí, cerca de la iglesia que da nombre a la estación de metro, a pocos pasos de la entrada y a unos cuantos metros sobre sus cabezas, escucho a esas gitanas gritar su mercancía de hoy.
Me dan pena las ramitas rotas y me da alegría oírlas vocear a ellas. Confieso que es una alegría envidiosa, porque pueden hacerlo. Ellas pueden gritar en mitad de la calle, a pleno pulmón, sin vergüenza ni discreción. Como les da la santa gana, dicho sea hoy de manera más apropiada que nunca.
Parece casi una sesión de terapia de grupo con la voz. Mujeres y niños gritando a cuál más y con más fuerza. Da la impresión de que sueltan nudos y se limpian ahogos.
Aquí arriba, asomada al balcón pienso que no podría… Sé que yo no podría de ningún modo hacerlo, pero qué bien me sentaría…

Rigpa (“La naturaleza de la Mente”. Tanka)

Espadas y rosas

flotan superficiales

en el espejo.

Fantasmas sobre el vídrio

Resaltan su pureza.

haru no yuki (“Nieve de primavera”, tanka)

muy dulcemente,

en lágrimas de hielo

el triste Invierno

derrite su nostalgia…

Nieve de Primavera.

 

“De qué callada manera” (Tanka)

Aún no se ha ido.

Con su gabán oscuro,

soplando vientos,

resiste a las sonrisas

y a los vuelos de flores.

 

Adusto Invierno,

cada marzo rendido,

al primer beso

y a la promesa incierta

de una tal Primavera.

 

 

Se ponga como se ponga, el invierno está ya vencido.

No le valdrá ponerse serio ni mirar hacia otra parte, la Primavera, sonriente y coqueta, se le impondrá y le derretirá el corazón como lo hace cada año, sin esfuerzo ni violencia. Ya le lanzó un leve beso hace pocos días y ya agitó ante él su dorada cabellera teñida de soles.

¡Ay, pobre Invierno! Se resiste y refunfuña en vano, y lo sabe.

Hoy está resoplando. Resoplando tanto que se nota que se sabe ya perdido, enamorado de la joven Primavera. Esa que le ha fundido y le fundirá una y mil veces el corazón de hielo, una y mil veces derramado en lluvias y torrentes sobre la tierra.

 

 

En otra primavera:

https://marymer.wordpress.com/2016/03/24/samatha-de-la-ardilla-haiku/